ÉPALE246-ENTREVISTA

NUESTRO CRONISTA Y LECTOR, PEDRO DELGADO, NOMBRA, SIN PRISAS Y SIN PAUSAS, ESTOS NOMBRES: TÍBIRI TÁBARA, CAMELIA, EL TOVAR, VILLA LOURDES, LA MADAMA Y LA CUEVA DEL HUMO. SI USTED TIENE MÁS DE 60 AÑOS…

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO  ⁄  FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Pedro Delgado me confirmó lo que alguna vez escribió Cabrujas: “Siempre he pensado que Caracas es una ciudad donde no puede existir ningún recuerdo”. Insistí en buscar la Clínica Panamérica, donde nací, y me arrastró hacia sus restos, a una cuadra de la plaza Catia. Ya no hay ni vestigios de una instalación médica sino un edificio de fachada labrada con aires art déco del proyecto inicial de Nueva Caracas, con tiendas de pantaletas y bisutería con incrustaciones de perlas de juguete.

Él propone que iniciemos la entrevista con un fragmento de su poema “Rastro”, que asienta su memoria más antigua: “El ranchito donde nací desapareció entre los vapores de la fantasía, con su fondo marino y un pocotón de barquitos nadando en el azul, entre sus tablas y latas de zinc me cantaron el duérmete mi niño con la teta de mi tía dentro de la boca…”, canta como un bardo a la deriva.

No es que en Catia hubiera mar, aunque hubo un lago, sino que Pedro nació en La Guaira, de madre andina y padre desaparecido en acción, y ahí mismo se trasladó en procesión familiar hasta Caracas, donde anidó en El Cuartel, Brisas de Propatria, La Silsa, Ciudad Tablita, Plan de Manzano y Ruperto Lugo, donde habita actualmente junto a su mujer, un hijo, una nieta y una bisnieta.

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Catia simpre ha sido un tumultuoso punto de encuentro

Podríamos haber insistido en los efluvios melancólicos del pasado, pero que va, nos sentamos en un remanente de la plaza Pérez Bonalde, al lado de los borrachitos, que ahora beben un destilado con esencia de ron que llaman Caña Vieja, y me contó la historia de sus putas que, al contrario de las de García Márquez, fueron alegres, baratas y provincianas.

A las muchachas las traían del Guárico, del Táchira, del llano, en camiones de estaca y las iban repartiendo a lo largo de la geografía libidinosa de medio país, pero las más “cacherosas” las dejaban para la capital. Muchas llegaban a Catia, adonde migró la prostitución luego de la caída y mesa limpia del plan de asepsia arquitectónica de Villanueva en El Silencio, para dedicarse a atender a una nutrida clientela, variopinta y deseosa, que serpenteaba los dancing bar como el Tíbiri Tábara, donde se bailaba mambo y chachachá y se pactaban amores clandestinos.

Pedro recuerda eso, y todo lo demás, con una precisión prodigiosa. A veces lo vierte en textos que va tejiendo en filigrana a la vera de sus casi 70 años de vocación “catiense”. En eso va preparando un libro de cuentos: Amor de museo y otros cuentos, que va a editar desde Mérida, y una compilación de crónicas de los trabajos que publica en la revista Épale CCS y en el diario Últimas Noticias, en las que pone especial empeño en resaltar sus vivencias en los alrededores de El Cuartel de Catia, donde estuvo el Cuartel Urdaneta y la Cárcel Modelo, que fueron volados para darle paso a los talleres del Metro. “Todo el que vivía en Catia iba a jugar para allá, a volar papagayos, a vender arepitas, catalinas y conservas; a disfrutar de ese inmenso terreno que servía para todo”.

CURTIDO EN LA CALLE

Hacía más frío, había menos gente, pero Catia siempre ha sido un tumultuoso punto de encuentro donde la geografía colisiona como un flujo de mareas furiosas que, sin embargo, deja discurrir las aguas mansas del afecto: los poetas fundaron allí su olimpo de arrabal, los cantores hallaron inspiración a la sombra de los bares, las nacionalidades se fundieron en la confusión de la torre de Babel; y el mercado, obligatoria cita del avituallamiento urbano, decretó los olores de todo alrededor.

“Cabrujas vivió por aquí, Garmendia se venía para acá a hacer charlas, Jacobo Borges vivió en la calle Cuba”, recuerda.

Él mismo se moneaba sobre las ramas de las matas de la plaza Pérez Bonalde a agarrar mamones. “El mercado de Catia era un sitio de encuentro de los pobladores de la periferia. Venía gente de Propatria, de Lomas de Urdaneta, Alta Vista, Los Frailes, 23 de Enero, etcétera”.

Mira hacia un lado: “Aquella es la panadería Caracolillo, que tiene toda la vida… allá la ferretería La Casa Ramos, ‘La casa que tiene de todo’; allá atrás quedaba el cine Pérez Bonalde; ese de ahí, que dice bar Washington, se llamaba originalmente El Toro; y detrás, por la calle Argentina, quedaban dos burdeles: El Camelia y El Tovar, que nombro en algunas crónicas”. Memoria que se refina y actualiza en la gritería de los bachaqueros de la calle La Engracia, ofreciendo leche en polvo de a kilo, harina de maíz mexicano de la que traen las cajas CLAP, arroz, azúcar y toda clase de productos de la dieta básica, con los precios criminales, a los que la gente acude en procesión suicida.

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Su anecdotario está registrado en crónicas, poemas y cuentos

Pedro se curtió en las calles. Vendía las hallaquitas y las arepitas dulces que hacía su tía; le vendía los periódicos a un señor sin piernas y, desde muy carajito, se encompinchó con un motorizado que lo recogía tempranito para distribuir los panes entre las veredas de El Cuartel, recibiendo el premio de un golfeado a cambio “y la emoción de montarme en moto”. Con eso reunía los cobres para ir al cine: el Pérez Bonalde, el cine España, el cine México, el cine Catia, solo en el cuadrilátero de la avenida España, hoy bulevar impenitente.

“Uno se traía sus suplementos y los vendía o los cambiaba en la entrada del cine. Había suplementos de nombres significativos como El Santo: el enmascarado de plata; Memín, El Llanero Solitario… si uno vendía algunos coronaba, porque te quedaba para entrar a ver la película”.

Desempeñó casi todos los oficios, desde obrero hasta ayudante de imprenta. Una chamba fue fundamental para conocer el alma del caraqueño: trabajó a destajo como encuestador de Datos C. A. donde, por cinco años, tuvo que tocar puerta por puerta a preguntar cualquier cosa para sistematizar como investigación estadística. Se fue haciendo a sí mismo “avispado”, porque solo así podía sobrevivir entre las trochas del barrio y los pasadizos de la urbanización. Ya “pavo”, se distribuyó por igual entre la salsa y el rock, entre la guataca del barrio y una melena altiva y unas sandalias de Jesucristo que le sirvieron, sobre todo, para sacrificar carajitas en las pailas de los amores locos de la juventud.

Era la época en que las culebras de los chamos se zanjaban a trompadas, en grupo o individualmente, y se disfrutaban tanto o más que los carnavales, como el del cuatricentenario de Caracas en la plaza Diego Ibarra con Federico y su Combo, Tabaco con el Sexteto Juventud y Los Dementes, que estaban de moda. “Hasta que me dejé crecer el pelo y andaba en sandalias, me metía en las urbanizaciones, levantaba un culito y me lanzaba a la playa o a bailar salsa”.

CUANDO COSTABAN 5 BOLOS

Lejos de lo común, Pedro se inició en la liviandad de la carne no con su padre y sus hermanos sino de la mano de unos gochos que, un buen día, lo invitaron: “Véngase para que moje la chiva”. Tenía 17 años y aún era virgen.

Caño Amarillo era un reducto de prostíbulos, Monte Piedad, la avenida Sucre, hasta que llegaron a Catia y montaron cualquier cantidad de locales entre burdeles y bares.

HOY, SEGÚN EL INVENTARIO DE PEDRO, QUEDAN MUY POCOS PROSTÍBULOS, APENAS UN LOCAL EN LA CALLE PERÚ Y UNO QUE OTRO POR AHÍ, CASI CLANDESTINO

“Estaban, por ejemplo, el Tíbiri Tábara, en el que Garmendia se basó para ‘El inquieto Anacobero’ y hasta preso fue a parar su editor; el Villa Lourdes, que quedaba en Los Magallanes; La Madama en la Cortada de Catia; La Cueva del Humo, que fue uno de los primeros en la avenida Sucre, sitio adonde llegó la migración de las mujeres desplazadas desde El Silencio; y Ciudad Tablita, donde era más barato: 5 o 6 bolívares”.

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Su anecdotario está registrado en crónicas y poemas

Hoy, según el inventario de Pedro, quedan muy pocos prostíbulos, apenas un local en la calle Perú y uno que otro por ahí, casi clandestino. Algo de ese anecdotario forma parte de su acopio de crónicas, mientras se va cociendo en el fuego de la escritura a través de talleres con Eloi Yagüe y Antonio Trujillo, en la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y en el diplomado de Cronistas Comunales. “Uno escribe porque sabe escribir, pero hay que leer, como dice mi maestro Julián Márquez, profesor de Narrativa en la Casa de Bello”.

“En la calle Panamérica, cuando ya me solté el moño, andaba huyéndole a la recluta y trabajaba como repartidor en un abasto de La Florida. Me venía los lunes, porque sabía que estaban las muchachas fresquecitas. Me tomaba mi cervecita y pasaba pa’llá. ‘Hola mi amor, ¿cuánto es?’. ‘12 bolívares el rato’. Una vez una muchacha me quiso cobrar 15 y le pedí que me lo dejara en 12 bolívares. Me dijo que no, que eso no era así, hasta que me abrió la puerta una mujer bien vestida y arreglada, que me insistió en que pasara y me puso en el centro de un montón de mujeres y les dijo que eso no era así, que yo era un cliente y eso era un negocio para hablar, para negociar, no para correr a la gente. A todas estas le digo: ‘Y entonces, ¿nos vamos?’, pero me dijo: ‘¡No mijo!, escoja la que usted quiera’, porque resulta que era la dueña… así, mil historias”.

—¿EN ESA ÉPOCA YA EXISTÍAN LAS TOTONAS DEPILADAS?

—Noooooo, que va.

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