Los demonios de la cuarentena

Por María Eugenia Acero Colomine@andesenfrungen / Ilustración Erasmo Sánchez

En la película El ángel exterminador, un grupo de alta sociedad que había celebrado una suntuosa cena se queda misteriosamente atrapado en el comedor por tiempo indeterminado. La imposibilidad de salir hace que poco a poco cada personaje se vaya desprendiendo de sus máscaras de alcurnia y develen sus secretos más oscuros y casi animales. Solo cuando quedan totalmente expuestos en sus miserias es que la prisión invisible desaparece y pueden salir a la luz.

Algo similar pareciera estarse suscitando en nuestra realidad actual. Así, la degradación de colores de los comportamientos humanos en esta pandemia pasa desde las actitudes más aparentemente inocentes hasta ataques fatales. Bien se pudiera decir que la espera por un desenlace positivo está sacando a flote numerosos demonios y sombras que en la cotidianidad normal se esconden, o no suelen percibirse tan nítidamente.

En los niveles más inocuos se puede ver que la pereza y la gula se han apoderado de más de uno, y la barriga ha empezado a crecer al mismo ritmo de los reportes diarios de contagiados que transmite Jorge Rodríguez. El encierro ha generado a muchos no solo depresión, sino incluso ideas suicidas por causa de la incertidumbre, las angustias económicas y la posibilidad de perder el trabajo. Por otra parte, el exceso de convivencia está causando roces en las familias que no están acostumbradas a verse la cara todo el tiempo. No es raro que entre parientes aparezcan rencillas viejas que no se han resuelto, y que reproches pendientes afloren entre parejas, parientes y familiares. El tendedero para colgar los trapitos al sol en estos días está más abarrotado que de costumbre. Por otro lado, existen quejas por parte de padres y de niños por el exceso de tareas.  El terror a enfermarse es otro sello distintivo de estos tiempos actuales. Así, más de uno entra en pánico al más mínimo estornudo, y se ha trastornado con la sola idea de contagiarse. La hipocondriasis ha hecho que muchos se hayan quedado presos en sus casas y que apliquen medidas extremas de desinfección para no pescar el virus.

Los comportamientos erráticos no solo se están suscitando a puertas cerradas en los hogares venezolanos. Las calles solitarias han dado pie a que la codicia, la desidia y la crueldad muestren su rostro. Los comerciantes que aún se mantienen activos, especialmente los vendedores de comida, no han escatimado en aumentar de manera exagerada los precios, aprovechándose de que la gente no puede movilizarse libremente por la ciudad a buscar buenos precios. Por otro lado, la vigilancia de los accesos a las estaciones del Metro de Caracas ya no es tan estricta como al principio, y los vagones poco a poco se han empezado a abarrotar de nuevo. En las calles solas y sin gente se destacan aquellos que llaman invisibles”, las personas que están en los niveles más bajos de miseria, quienes deambulan libremente buscando entre la basura, vendiendo miriñaques por los alrededores de la Avenida Baralt o haciendo expediciones en el río Guaire sin ningún tipo de protección. No solo los indigentes se han apoderado de la ciudad, sino también el hampa que aprovecha la falta de vigilancia policial. Las bandas delictivas están aprovechando de merodear por las urbanizaciones, escalando en los edificios. En días recientes la violencia cobró una víctima fatal por los alrededores del Metro La Hoyada. El joven artista cirquense  Norgihann José Rondón Dávila, mejor conocido como “Espaghetti”, apareció apuñaleado la madrugada del 19 de abril para desgracia de sus seres queridos. Este evento pone en alerta a quienes debemos cumplir responsabilidades en la calle y debemos mantenernos fuera, ya que el resguardo colectivo que estamos viviendo no nos está previniendo del mortal virus del capitalismo y sus numerosos síntomas fatales. Se hace así imprescindible protegernos de los demonios que han salido a flote desde que la caja de pandora del coronavirus se abrió.

ÉPALE 369