Los golpes de la memoria

Los relatos oficiales desechan, por lo general, las hazañas particulares que se construyen sobre los hechos históricos. El golpe del 92 también vivió historias mínimas, menos heroicas quizás, pero siempre intensas

                                           Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                          Fotografías Mairelys González@mairelysg27

Amanda Pedrosa, es su nombre artístico o su apodo vecinal o quién sabe. En verdad se llama Bernarda, pero hasta el mismo Chávez la nombraba por su a.k.a como el día en que mandó a detener un acto oficial y llamó a cadena conjunta de radio y televisión para cantarle, muy cerca al oído, “O quizás simplemente / te regale una rosa” de Leonardo Favio.

Fue famosa desde el día en que narró un episodio surrealista de su autobiografía autorizada: la vez que cruzó miradas con un joven teniente coronel mientras comandaba a un pelotón de jóvenes militares al tomar las instalaciones del Cuartel de la Montaña. Transcurría el 4 de febrero de 1992.

El movimiento cívico-militar señalaba los altos niveles de corrupción del Gobierno

La madrugada de ese martes se levantó pasadas las tres de la mañana, como siempre, a trajinar. Su rutina giraba en torno a estirar la manguera para llenar el tanque de la platabanda, colar café, amasar las arepas, barrer el patio, hablar con sus malamadre y sus astromelias, y detenerse a respirar el amanecer desde la Calle Real de la Planicie en Monte Piedad.

Esa vez no le pareció demasiado extraño ver llegar un autobús cargado de soldaditos de boinas rojas que luego se regaron por el piso, distribuidos en lo que parecía parte de un ejercicio castrense en el Museo Histórico Militar. Al fondo distinguió al “tenientico” de aspecto marcial dirigiendo las operaciones. Anclado al lado de un Jeep, miraba aprensivo el paisaje a través de unos binoculares que lucían inmensos.

Amanda cuenta que no le dio largas al asunto y se empotró al interior de su vivienda, contigua al Cuartel, a seguir las batallas del hogar. Su sorpresa fue gigante cuando a mediodía, rendida de agotamiento e instalada frente al televisor, descubrió al mismo joven oficial que comandaba al piquete de la madrugada, asumiendo ante los medios la responsabilidad de un intento de golpe de Estado. Ella jura que ese día no escuchó ni siquiera un fosforito.

Afirma que Chávez, cada vez que pasaba por el Cuartel a encabezar algún evento conmemorativo, se brincaba el protocolo y se lanzaba hasta su casa con un enjambre de cámaras y periodistas y le rogaba, como un carajito mingón, que contara la anécdota de la vez que se tropezaron sus miradas: “di vieja, di. Cuenta lo de aquella vez” le suplicaba.

El Museo Histórico Militar fue el epicentro que decidió Chávez por estratégico

Extrañas criaturas

En febrero de 1992 las carteleras cinematográficas, igual que hoy, rebosaban del imaginario impuesto por la poderosa industria cultural norteamericana. Las salas caraqueñas proyectaban por entonces Thelma y Louise, pretendido lance en favor de las causas feministas. La muerte de Freddy, para honrar el terror que siembra su aparataje armado. Depredador del futuro, como una alegoría a propósito del devenir distópico. Extrañas criaturas 3, quizás aludiendo a los otros, los que no se arropan con la manta de la supremacía racial.

En esos días un paquete turístico a Orlando (Florida) costaba 85 dólares diarios; unos zapatos de piel legítima 3.395 bolívares, un colchón semiortopédico desde 5.000 bolos, un televisor de 25 pulgadas 40.000, Boris Izaguirre era columnista de El Diario de Caracas, y Pedro Pablo Aguilar de El Globo.

Como hoy día, los estrenos de cine eran dictados por la industria de Hollywood

Un dólar costaba 64,03 bolívares, pues había desaparecido el famoso dólar a 4,30 (el del “ta’ barato, dame dos” de la Venezuela saudita) para darle paso a la unificación en el marco del “libre mercado”. En realidad, en aquellos días lo que más afectaba a la familia promedio era el acaparamiento de los productos de la llamada dieta básica, para someterlos a repentinos y oportunos incrementos según se fuera moviendo la moneda extranjera, lo que generaba escasez y una inflación de hasta el 81%, con sus consecuentes escalas de pobreza y malnutrición.

El país estaba en bancarrota. Durante el segundo período del mandatario adeco Carlos Andrés Pérez, nuestros recursos fueron entregados a la poderosa mano financiera transnacional, lo que sumió a la economía venezolana en una profunda depresión que se tradujo en presión social, palpable en todos los espacios ciudadanos, pero también en los cuarteles.

Uno de los argumentos de los “golpistas” era el descaro con que se ejercía la corrupción en la administración pública, y el entreguismo antipatriota que se verificó con el paquete de medidas neoliberales confrontadas desde los días de la insurrección popular del 27 de febrero de 1989.

Pasaron muchas cosas, pero en realidad lo que a mí me jodió más fue la disolución —en el 92— de Sentimiento Muerto, una banda icónica del rock nacional que unos años antes interpretaba una pieza cargada de alegorías, llamada Miraflores, que una juventud traviesa y desconectada con el país político, coreaba a todo gañote como expresión de su propia identidad:

“Quiero trabajar en el gobierno

Para tener una casa gigante

Para que nadie a mí me aguante

Para no sufrir la escasez

Para que me besen los pies

Para tener ocho choferes

Para tener cinco mujeres

Para ser parte de la corrupción

Para demostrar que soy un buen ladrón.

Porque me voy a París, porque me voy a París, Ministro

Está muy ocupado,

Ministro ¿Qué?

¿Cuál es su trabajo?

Beber por obligación

Como parte de mi religión

Meter la coba y

Aparentar

Y en corto tiempo ganar más real”.

Chávez soltó el “Por ahora” como una bomba de tiempo

1.200 soldados

Nos sorprendió el sobrevuelo de un avión sobre la Universidad Central de Venezuela a eso de las seis de la mañana, mientras un inmenso autobús de transporte iba regando muchachos lagañosos de la periferia por toda la ciudad universitaria, fosilizada a esa hora por un frío glacial que calaba los huesos.

El ronroneo lejano, la desolación de la autopista Francisco Fajardo y la marcha en retroceso de los viandantes que normalmente colmaban las aceras a esas horas, hacían prever que algo se había desajustado de una rutina que, en el país, nunca ha sido realmente estable.

Anduvimos por varios kilómetros, perdidos y emocionados, soñando con la posibilidad remota de quedarnos extraviados en medio de la ciudad mientras ardía en sus costados y la espontaneidad del fin del mundo llegaba hasta nosotros sin hacernos daño. Puro aguaje, en el terminal de transporte suburbano de La Hoyada nos topamos con el último autobús en su último viaje hacia la calma chicha de una ciudad dormitorio, donde nos abandonamos frente al televisor, para divisar desde la cómoda distancia del control remoto el cambio de la historia del país gracias a un clic.

En la intentona participaron unos 1.200 soldados, liderados por Hugo Chávez y apoyados por vehículos blindados

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De pronto apareció ese milico al que temimos al principio, para afirmar públicamente que en esta primera vuelta no se habían logrado los objetivos, por ahora. Éramos veinteañeros, andábamos enamorados, confundidos y extraviados entre los espejismos de la juventud, y no supimos reconocer de una vez que ese hombre estaba marcando un camino que nos debía convocar desde ese instante.

En unas horas alcanzó los 17 muertos y 60 heridos de ambos bandos, así como un número desconocido de víctimas civiles

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En la intentona participaron unos 1.200 soldados liderados por Chávez, y unos pocos vehículos blindados y naves de la Fuerza Aérea que no lograron incidir. Lentamente fueron desfilando en las transmisiones de televisión hasta que vimos, perplejos, cómo unos jóvenes pintarrajeados intentaban penetrar al Palacio Presidencial y a La Casona a través del uso de la fuerza. Otra ristra de imágenes nos mostraba el rostro de jóvenes asustados, forcejeando por ingresar a la sede de Gobierno desde los flancos de las avenidas Baralt y Urdaneta, con más cara de asombro que de guerrillero heroico. Mientras, el presidente Carlos Andrés Pérez lograba escapar por un túnel y llegó a una estación de televisión, desde donde se reunió con tropas leales y fraguó un video donde desestimó la operación militar en su contra, con lo que desestimuló la intervención de más fuerzas militares y del sector civil.

Sin embargo, los combates sobre el terreno fueron feroces y en unas horas alcanzó los 17 muertos y 60 heridos de ambos bandos, así como un número desconocido de víctimas civiles.

Chávez finalmente se rindió y encaminó al país hacia el rumbo que ya forma parte de la historia.

El sobrevuelo rasante de aviones removió el silencio sepulcral de Caracas

ÉPALE 400