Los hacedores de historias y noticias

Concluida la hora del periodista intocable que debe ser respetado tan sólo por mostrar el título, haga lo que haga y diga lo que diga, ha llegado y transcurre hace rato el momento del pueblo comunicador: hoy, Día del Periodista, hay que honrar a quien ya no puede ser estafado con cuentos, porque es el fabricante de la historia

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Daniel Pérez

Menos de un siglo duró en Venezuela la ilusión del periodismo imparcial, ese mito reproducido, según el cual la gente que estudia en las escuelas de Comunicación Social salen dueñas de una ética y un sentido de la responsabilidad superiores a las de los demás mortales. Desde su origen colonial, la academia ha sido utilizada como herramienta para la igualación social, y los procedimientos, por lo general, han sido grotescos y evidentes. Muchos pardos lograron “blanquearse” o quitarle al apellido la indignidad del origen esclavo mediante el simple trámite de bajarse de la mula: al que podía pagar se les otorgaba una carta o fe de “gracias al sacar”, y con ello podían acceder a algunos privilegios reservados a blancos peninsulares o criollos. Luego, las “gracias al sacar” por excelencia fueron los estudios universitarios, y ya no es necesario explicar el chiste de la gente que se siente superior a sus viejos obreros por haberse graduado de algo.

De licenciados está llena la sociedad, y entre ellos los hay malos y mediocres. Hay licenciados en Comunicación Social que resultaron ser señores y señoras periodistas en toda la extensión de la palabra y del concepto, también hay otros que son evidentemente ratas con licencia. Gente que lo único que sabe de ética es lo que medio recuerdan del examen en que debieron citar al caletre el librito de Fernando Savater, y exigen ser tratados como seres especiales nomás porque son dueños de un pergamino donde consta que pasaron cinco años “quemándose las pestañas”. Como si quemarse todo el cuerpo en labores de obreros o campesinos doliera menos.

El cronista desatado

Así que ya no es el tiempo de ponerse a aventurar tesis o teorías acerca de si son mejores los periodistas formados y forjados en la calle y en los caminos, o si los que aprendieron a punta de libros y clases en el claustro les llevan alguna morena o catira. Ya resultan inútiles los argumentos a favor y en contra; ya no sorprende a nadie la retórica complicada del encorbatado que exige un tratamiento especial porque escribió un libro o salió en televisión, también la manida “chapa” de recordar que García Márquez nunca fue a la universidad y no era académico sino taxista. Ya esa discusión pasó, se agotó, a nadie le importa. Lo sustantivo y radical en Venezuela, desde ya hace más de una década, queda resumido en los siguientes puntos:

A) Es mentira que un periodista es un ser cuyo título demuestra que es incapaz de mentir o de arrimar su palabra a la de la corporación, sujeto o entidad que le paga;

B) es mentira, también, que todos los periodistas sean unos vendidos;

C) hay una variante o versión del trabajo periodístico que lleva por nombre “propaganda”, y ser propagandista no es ni tiene por qué ser motivo de vergüenza (dependiendo, claro está, de qué potencia o facción financie la propaganda y con qué fines la usa);

D) muerto el mito del periodista imparcial —que elabora las noticias limpiamente por encima (o en el centro, equidistante) de todo conflicto, porque su enorme pureza lo hace incapaz de tomar partido por algún bando—, surge el verdadero comunicador y difusor de noticias de este tiempo: el pueblo comunicador.

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Estamos en un tiempo en que el dinámico estallido de las informaciones y fake news sólo pueden ser contrarrestados, organizados y analizados por un sujeto colectivo. Ese sujeto colectivo ya no puede ser el equipo de algún medio tradicional de información (impreso, digital, radial o televisivo), porque en esos bichos cada quien arrima para su bando. Ahora el único comunicador capaz de rastrear la noticia que ocurre al momento, de confirmarla o desmentirla, es el protagonista de la noticia o un testigo directo muy cercano.

En el esquema de la comunicación hecha trabajo periodístico al que nos acostumbraron, al periodista había que creerle por el sólo hecho de ser periodista, así el bicho no estuviera en el lugar de la noticia. A veces lo estaba: al narrador que presenciaba el jonrón en el estadio, y lo comunicaba con un largo grito a través de la radio, nadie le iba a exigir que demostrara la veracidad de su anuncio. Pero cuando el receptor de noticias tiene por fuerza que creerle a una Nitu Pérez, a un Nelson Bocaranda o a una Pacheco y a sus fuentes, la confianza en el periodismo se va por las cloacas.

Lo mismo dirán ellos de uno: cómo creerle a un chavista, una especie que favorece al Gobierno o al chavismo. En un estado de necesaria duda e incredulidad surge el pueblo como el único comunicador capaz de comunicarle al pueblo, sin vergüenza o reparos en fijar posición o tomar partido a favor del pueblo.

Honores, entonces, a la memoria y el esfuerzo de los que convirtieron al periodismo en profesión con el mínimo de pulcritud; pero también, y sobre todo, a la comprobación colectiva de que sin pueblo no hay verdad ni hay noticia: la gente en la calle que debate y narra con el poder de radio bemba lo que los “profesionales” seguirán manipulando y deformando, para beneficio de los dueños de medios y demás telarañas de la comunicación.

ÉPALE 378