ÉPALE279-MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE

Yo sí: en mi adolescencia me masturbaba en el santísimo nombre del culo de Tatiana Capote y, más muchacho aún, me enamoré de la sonrisa y la actitud serena de Caridad Canelón. Esas tipas estaban buenas, hermano, y además venían recubiertas de cierto halo de propiedades mágicas: eran figuras de televisión.

Así como a mí me fascinaban esos seres irreales a mis hermanas mayores les fascinaban otros: a ellas las vi suspirar por Nino Bravo, más de un Elvis Presley y docenas de Sandros, Rafaeles y hasta un Trino Mora (pagaría por verlas suspirando por ESO en este momento). Por supuesto que el fenómeno no era exclusivo de mi familia sino que tenía alcance nacional, y seguramente mundial.

Sucede que esos personajes de vez en cuando se aparecían en el mundo real y la cosa podía convertirse en motín, porque apenas se dejaban ver en una calle, playa o centro comercial la gente se arremolinaba para verlos o hablarles y era más o menos normal que las chicas se fueran en sangre y comenzaran a gritar, histéricas, nomás porque Guillermo Dávila se dignó tocarlas, besarlas o saludarlas. Otras simplemente se desmayaban, pasando o sin pasar por la etapa del orgasmo y la locura.

Tatiana Capote real y su real culo en realidad existieron; una amiga mía estudió con ella en bachillerato. Nunca la vi en persona, pero en los años 80, cuando me mudé a Caracas, se me empezaron a aparecer figuras de ese mundo irreal en la calle. Un día, a mediados de los años 90, andaba por la actual sede de Uneartes (antes Ateneo de Caracas) y se me acercó un hombre en evidente situación de indigencia, ofreciéndome leerme el tarot a cambio de algo de plata. Era alguien demasiado conocido como para no sobresaltarme: era aquel actor de teatro, cine y televisión (película Sicario, y otras) de nombre Hugo Márquez: cabeza rapada, grandes bigotes, acento uruguayo como su nacionalidad. Así que los actores tienen una vida, y puede ser esta clase de vida. Carlos Mata tal vez nunca se pegó en la vida real a Tatiana, pero había que tenerle envidia a ese coñoemadre, a quien le pagaban por zamparle esos tremendos lengüetazos y manoseos a la diva, de lunes a viernes a las 9 de la noche por su erre ce te ve.

En el año 2002, cuando la burguesía en pleno decidió acabar con el gobierno de Hugo Chávez, las figuras mediáticas fueron utilizadas (no: se prestaron decidida y conscientemente) para difundir mensajes que llamaban a derrocar al rrrégimen. Volvió a ocurrir en 2007, cuando el Gobierno decidió despojar a las empresas 1BC de la señal abierta que utilizaba para difundir mensajes de guerra y desprecio al pueblo pobre y a su presidente. El lanzacohetes RCTV empleó sus últimos meses de transmisión en tratar de convencernos de que atacar a Marcel Granier era atacarlos a ellos, los ídolos de nuestra infancia, los personajes que nos formaron sentimentalmente en masa a los venezolanos.

Mucha gente cedió al violento y muy eficaz chantaje emocional. Yo vi a Caridad Canelón (quien de paso lleva mi apellido materno) y a Tatiana Capote llamar a la gente a alzarse contra el Gobierno, casi entre lágrimas, con la misma actitud que me enamoraron o me erotizaron en los años 70 y 80. Aquello era una pelea monumental y decisiva entre nuestros afectos remotos y nuestra conciencia de la Historia: era el país irreal enfrentado al país real para exterminarlo, para aplastarlo y volver al reino del dandi que dejaba a su mujer sifrina para cogerse a la cachifa con suerte y buen culo. Por supuesto, y evidentemente, que ganó Chávez y ganó la Historia. Este país ya no se hace la paja ni se enamora de ilusiones.

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