Los juguetes no tienen sexo

POR MARIELIS FUENTES • @MARIELISFU / @MARDALUNAR • ILUSTRACIÓN SOL ROCCOCUCHI •@OCSENEBA

Vamos a jugar sin géneros. Te pido que cierres los ojos por un instante e imagina un mundo en donde las niñas pueden jugar a ser arquitectas o ingenieras, usan vehículos a control remoto y se trepan a los árboles a buscar los mangos más sabrosos de sus copas, sin que nadie pueda juzgarlas de brinconas o mal portadas. Sigamos jugando: ahora imagínate en ese mismo mundo a los niños jugando a lavar la ropa, tender la cama, hacer la comida y cuidar a un bebé.

Es posible que un mundo así nos parezca extraño, inapropiado y, hasta en algunos casos, peligroso. Pero la verdad es que el mundo que tenemos, tal cual ahora, depende en mucho de la manera en la que nos han criado a todos y todas. Y los juegos, por más inofensivos que nos llegan a parecer, son los responsables de muchas de las conductas aprehendidas que luego, en la adultez, normalizamos creyendo que son parte de nuestra naturaleza, como la violencia contra mujeres, contra la adultez mayor, contra las personas dependientes o contra la infancia. Cuando la verdad es que, a fuerza de educación formal y no formal, nos han calcado a imagen y semejanza de los sistemas de exclusión y dominación.

¿Qué hacemos cuando jugamos?, aprehendemos el mundo y lo llevamos a nuestro interior. El juego es una de las formas más antiguas de enseñanza, no sólo de la humanidad, sino de los animales, quienes también adquieren sus primeras experiencias de vida a través del juego. Es común observar a los cachorros y cachorras de varias especies simular una caza o una pelea, de esa manera se están adiestrando para el futuro.

En nosotros y nosotras pasa igual, con notables diferencias, nuestros juegos tienen género. Tenemos juegos diferenciados para niñas, siempre rosados hasta la náusea, nada de riesgo y acción, siempre jugar a ser mamá, a dar pecho, un entrenamiento casi dictatorial para convertirnos en legiones de perfectas amas de casa o, a lo sumo, esbeltas modelos de cinturas escuálidas.

Si naciste varón, tu destino es otro. Tendrás el privilegio de jugar con todo aquello que se mueva, ruja, vibre, haga ruido y se deba usar en la calle. Tus juegos siempre te invitarán a moverte, ser libre, demostrar fuerza, capacidad y valentía. Eso sí, jamás, bajo ningún concepto y por ningún motivo, deberás acercarte ni tan siquiera a medio paso de una muñeca o un tetero, ¡no!, eso está completamente prohibido para todos los de tu clan pues, según cuenta el padre de la cultura, macho que se respecta desde muy pequeño debe aprender a no jugar con cosas de niñas y a no llorar ni expresar emociones.

Así, nos vamos convirtiendo en lo que luego somos. En el caso de las mujeres, sobre nosotras recae, como una responsabilidad vitalicia, ser las únicas responsables de cuidar a la familia y al hogar, incluso a costa de nuestra propia vida, que casi siempre queda en segundo, tercer o cuarto lugar en relación a la atención que damos a la de los y las demás.

Ahora, si eres varón es muy fácil. Sólo debes encargarte de ser todo lo contrario a ser mujer, esto implica ser analfabeta emocional, un padre desapegado o que sólo aparece cuando hay que disciplinar; totalmente disfuncional a la hora de tocar una sartén o una escoba, un completo dependiente del cuidado de una mujer, lo cual —en un momento como éste, donde se necesita que cada persona sea responsable de su autocuidado y del cuidado de los y las demás— es completamente obsoleto e improductivo.

¿Qué pasaría si dejamos que nuestros niños jueguen con muñecas y nuestras niñas con carritos?, pues la verdad que un simple detalle como ése podría cambiarnos la vida. Muy a pesar de lo que algunas personas piensan sobre si se les está induciendo a una sexualidad homosexual o lésbica, hay varias cosas que debemos tener en cuenta. Lo primero es que la orientación sexual de una persona no depende únicamente de la crianza: la gran mayoría de quienes somos homosexuales o lesbianas fuimos criados tal como dictan las normas sociales; es más, en hogares en extremo conservadores. Por otra parte, si un niño juega con una muñeca ¿a qué estará jugando?, muy fácil: está jugando a ser papá y aprehendiendo a cuidar de otro y de otra; es muy probable que cuando crezca se convierta en un padre amoroso, responsable de su paternidad y orgulloso de sus sentimientos, sin temor a expresarlos tal cual los siente.

En el caso de las niñas, pues de seguro tendríamos más y mejores mujeres ingenieras, albañiles, conductoras, plomeras y por allí va la lista: mujeres audaces, con mayor autonomía, arriesgadas y felices.

Creo que, sobre todo lo último, vale para ambos géneros. Si los juegos no tuvieran sexo, sin duda seríamos un pueblo más feliz y, por supuesto, libre.