Los marzos de Walsh

44 años se cumplen del martirio y desaparición de un personaje singular, periodista, escritor de primera y combatiente revolucionario de más acción que palabra. Las circunstancias de su vida y obra son otro episodio silenciado y semioculto

Por José Roberto Duque@JRobertoDuque / Ilustración Daniel Pérez

Entre otros aportes a la comunicación, desde el pueblo y para el pueblo, se le pudiera atribuir a Rodolfo Walsh un claro método y propuesta organizada de lo que, más de 30 años más tarde, llamaríamos por aquí “guerrilla comunicacional”. Justo después del golpe militar e instauración de una de las más sangrientas dictaduras de América (Argentina, 24 de marzo de 1976) armó, con compañeros militantes y amigos periodistas, una estructura que se llamó Ancla (Agencia de Noticias Clandestina), que en la práctica no era sino la difusión de informaciones y análisis en panfletos autodenominados “cables”, según la terminología de las agencias internacionales de noticias.

Tal como los papelitos que circularon de mano en mano en abril de 2002 en Caracas, anunciando que Chávez no había renunciado. Estos panfletos incluían esta indicación: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”. Era el Twitter de la militancia. El insólito Facebook que fluye y se desparrama como el agua en tiempos de opresión.

También fundó, junto con Gabriel García Márquez y otros aventureros de la palabra, la agencia de noticias Prensa Latina, en Cuba. Pero Rodolfo Walsh hizo algo más que periodismo, más que literatura y mucho más que morir de muerte heroica.

Siempre en marzo

Curioso y obsesivo con las que suponía eran sus historias primordiales, ésas que el escriba o cronicante auténtico no deja escapar por nada, en 1956 investigó el caso de un fusilamiento múltiple durante el golpe y exterminio de activistas que significaron el derrocamiento de Juan Domingo Perón. Apartado de la gran noticia nacional del momento, se concentró en el extraño y marginal evento en el que nueve personas fueron capturadas y fusiladas por el Ejército en La Plata durante violentos enfrentamientos callejeros. Walsh se enteró de que había uno o más sobrevivientes de ese crimen, fue tras su rastro y, a partir de testimonios directos, realizó una reconstrucción de lo que es, o debería ser, un clásico del periodismo de investigación al servicio de la justicia: “Operación Masacre”.

Nadie quería publicar el producto de ese sorprendente ejercicio, pero llegó marzo de 1957 (a sus 30 años de edad) y aparecieron unos editores marginales y valientes: al periódico Revolución Nacional se debe la publicación por entregas de “Operación Masacre”. En sucesivas ediciones, ya como libro, el periodista fue agregando datos e informaciones. El libro fue una construcción permanente, no un asunto que se terminó cuando apareció publicado por primera vez. Busquen el libro. Es imperdonable que en Venezuela exista gente que no lo conozca.

Luego de un viaje a Cuba —y una amplia seguidilla de investigaciones y trabajos más, dentro de los cuales se incluye la intercepción de comunicaciones en clave del embajador de Estados Unidos en Guatemala, en la que descubre los preparativos de la invasión a Cuba por Playa Girón—, regresa a Argentina y comienza la fase de su vida en que la militancia se convierte en el objetivo del periodismo y la escritura, oficios que no abandonó, pero ya considerados no como fines en sí mismos: se escribe a favor o en contra de algo, no con el puro objeto de escribir pajas que suenen bonito. En 1970 comenzó a militar en el movimiento, organización o corriente conocida como Montoneros. A este paso Rodolfo Walsh se va convirtiendo en la noticia, en la historia y, más tarde, en la leyenda.

En otro marzo crucial (1976) se produce en su país otro golpe de Estado, esta vez contra Estela Martínez, mejor conocida como Isabel Perón. Los militantes de su agrupación comienzan a ser capturados, torturados, asesinados y desaparecidos, en lo que fue una política de varias dictaduras del Cono Sur justo en esa época. Es el momento en que decide crear el concepto-acción informativa llamada Ancla. El año lo invirtió en escabullírse del aparato represivo, en bombardearlo desde su trinchera comunicacional y en debatir con los Montoneros la dramática decisión de convertirse en movimiento armado clandestino.

En septiembre, su hija Victoria, también militante de la agrupación guerrillera, participa en un recordado enfrentamiento con el Ejército: el Combate de Calle Corro. Los militares rodearon y atacaron una casa en la que había militantes montoneros, entre ellos Victoria, quien llevaba consigo a su hija de un 1 de edad. Resguardada la hija, la muchacha y sus compañeros decidieron enfrentar al Ejército a plomo. A sus 26 años de edad, y llegado el momento en que ya no había forma de resistir más el ataque, la muchacha y un camarada de nombre Alberto Molinas se suicidaron después de gritarles a los soldados: “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”.

Su padre le dedicó una carta más contundente que adolorida, la cual termina así: “Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella”. Y renació ese padre herido, Rodolfo, en el marzo siguiente.

Un día después de enviar por correo a varios medios y agencias su última proclama y alegato contra la dictadura (“Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”), fue abordado por un escuadrón militar en una calle de Buenos Aires. Walsh sacó una pequeña pistola y disparó; su último acto con vida fue quitarle la vida a uno de los militares. Reducido por una ráfaga de ametralladora, fue llevado aún con vida y su cuerpo no apareció jamás, como tantos miles de argentinos, de chilenos, de paraguayos, de uruguayos, de colombianos, de venezolanos, quienes se empecinaban en soñar y construir otro mundo.

ÉPALE 366