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Mercado de los corotos, Santa Mónica

DOS DÍAS, DOS MERCADOS DE LOS COROTOS Y DOS VISITAS: EL MERCADO GENTE EXITOSA, EN SANTA MÓNICA, Y EL MERCADO DE LOS COROTOS DE LOS CHAGUARAMOS. AMBOS OFRECEN SUS SERVICIOS LOS FINES DE SEMANA PARA QUE SE VENDAN LOS OBJETOS DE SEGUNDA MANO. AMBAS SON EXPERIENCIAS DISTINTAS E INTENSAS

POR ANDER DE TEJADA • @EPALECCS / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

SANTA MÓNICA, DÍA 1

12 del mediodía con treinta y tantos grados centígrados y una rotonda, más bien cuadrada, que le da la vuelta a una antigua estructura. Si se despojara de sus alrededores, del paisaje comprimido de cornetas, edificios y palomas alborotándose en sus rejas, podríamos sentir que nos encontramos en medio de una carretera desolada y que ese sitio es nuestra única conexión con los demás: la gasolina, la comida, el agua. Pero si el paisaje desértico cambiara y de pronto lo vieras de cerca y te fijaras que solo queda el concreto, el esqueleto, te darías cuenta de que aquello se asemeja más a una película de horror sobre un sujeto sanguinario que mutila quinceañeros en Texas.

Nada que ver. De hecho, lo contrario: somos incapaces de separarnos del entorno tan nuestro. Tanto así que a pesar de mirar al cielo y encontrarlo tan tapado entre la indiscriminada cantidad de viviendas, sentimos que estamos más vivos que nunca y que esa ciudad, en cierto modo, nos dota de aire. Ahí estamos, en medio del bullicio de un sábado cualquiera, con el sudor impregnando nuestras frentes y volviendo adhesivas nuestras entrepiernas, acercándonos a la antigua bomba en donde hoy no hay combustible; viendo a la gente abarrotada, como se abarrota cuando aparece algo mágico —por el lado positivo— o cuando hay un crimen en la calle —por el lado negativo. Pero eso que tenemos ahí sin duda es positivo. Y si no se quiere juzgar las cosas bajo evaluaciones binarias entonces se le puede atribuir a la situación venezolana. Sea como sea, es bonito, es distinto, reconforta, distrae y en ocasiones hace reír.

Tanto así que Michael empuñó la cámara y no le mencionó a nadie sobre sus labores fotográficas sino que envolvió todo bajo el lema del trabajo personal. Yo lo hice en nombre del sistema educativo venezolano y así, de esa forma, empezamos a preguntar. Cuando nos agachamos para revisar uno de los puestos, el sujeto que vendía aprovechó para retar a Michael. De pronto el ambiente de la compra y venta se convirtió en una planicie árida. Los dos contendores se miraron fijamente, frente a frente, y el vendedor alzó la cámara que ofrecía  a unos cuantos miles de bolívares hacia el aire.

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Frente a frente

—Ajá, yo también tengo una —dijo.

Michael se agachó mientras algo se le asomaba en la boca. Sonó el clic perfecto. El vendedor quitó su pose escultural de fotógrafo. Mata se levantó. Lo que se asomaba anteriormente se terminó convirtiendo en un risa tremenda. El entorno nos invadió: estábamos en Caracas, no en Texas. No necesitábamos contiendas de vaqueros. Solo necesitábamos ser panas. Panas mientras trabajábamos. Panas mientras mirábamos las cosas. Panas mientras preguntábamos por un pulidor de mármol o por un serrucho centenario. Panas mientras Michael se decidía por los ramplús de mariposa y panas mientras yo me lamentaba el saber tan poco de las tareas del hogar.

—¡Vamos a pasar la tarjeta! —dijo.

Vaya forma efectiva de comenzar la amistad.

LOS CHAGUARAMOS, DÍA 2

En Los Chaguaramos había otra cosa, un poco similar, que surgió gracias a la iniciativa de una joven muchacha junto con el apoyo del Consejo Comunal de Los Chaguaramos. En la avenida La Facultad hay unas canchas que parecen el último lugar que un mortal frecuentaría pero que, bajo el adorno de un fin de semana, se ven muy bien. La gente las caminaba. Algunos niños jugaban fútbol con un balón desinflado. Los carros pasaban lentamente y las miradas se clavaban ahí, en esa cancha en específico, donde todo lo nuevo del reguetón comercial se fusionaba mágica, plural y democráticamente con lo más significativo de la salsa antigua. La música era el lenguaje más allá de la mezcla de las notas y la armonía. El mensaje estaba más bien en la forma en que alternaban las canciones. En cómo se ordenaban. En cómo no importaba mucho si el hit fuera de hace 30 años o que hubiera salido ayer bajo la mala decisión de un sujeto apodado Nacho. Ahí todo el mundo estaba invitado. Bastaba con oír.

Sabemos las dimensiones de una cancha de básquet aunque sea por el recuerdo de los años escolares. Sabemos que ahí, por ende, no cabe mucha gente. La organización del espacio era capaz de darse gracias a la distribución del lugar. Las paredes eran las ropas. Las separaciones entre pasillos eran los otros productos. Me acerqué rápidamente a un estuche del tamaño de un ejemplar de Guinness World Records guardando 90 discos dentro de sí con música variada. Otra vez, la música hablaba. Esta vez, había un producto versátil, para todo el mundo.

—35.000 —dijo la señora.

Yo comencé a hacer la suma: kilo y medio de tomates, menos de un kilo de queso. Mejor no, pero lo pensamos riéndonos porque en la corneta sonaba algo que remitía a la pachanga.

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Frente a frente

Michael se quedó pensativo cuando vio un bastón de trekking, que es aquel que usan los alpinistas para apoyarse en el camino, sobre los terrenos desiguales. Costaba 50.000 bolívares, cosa que no supe cómo juzgar pero que hizo que Michael levantara las manos y se sujetara la cabeza, lo que en principio no supe por qué. Estuve a punto de encarnar el papel de funcionario de la Sundde o de joven desgreñado para decir, a todo pulmón, a todo gañote:

—¡Especuladora!

Pero Michael se desinfló con su sonrisa facilitadora de fotos para exclamar suavemente:

—¡Qué barato!

Y yo me reí y seguí caminando mientras entendía que me hace falta hacer ejercicio y salir más.

Más adelante hubo otras sorpresas. Había anuncios de ofertas —algo desaparecido de nuestros radares— que decían “todo a 5.000’’ o, incluso, todo a “1.000’’; había artículos de cocina como hornitos, calentadores de agua, cuchillos y tablas para picar; había mesas, sillas, balones, juguetes, gente sentada en sus puestos, pero poca gente comprando; había un ambiente a nuevo; había un buen recibimiento; había apertura, pero sobre todo había unas tarjetas postales que presumimos de los años 90 y que nos dejaron anonadados: la de Urbe hizo que Michael recordara sus días de coleccionista y de sujeto embelesado con las movidas juveniles de la Caracas de entonces. Yo vi a James Hetfield, el vocalista de Metallica, junto a sus compañeros Kirk

Hammett, Lars Ulrich y Jason Newsted. Recordé de pronto las edades del descubrimiento de aquello que para entonces llamaba un “criterio propio’’ en torno a la música. Recordé los solos. Me sentí bien. Me quedé viendo el pasado que no viví y que definitivamente es el pasado que más se anhela. Pues no hay nada más bello que lo que nunca he tenido / nada más amado que lo que perdí.

Mezcla rara, ¿no?: Gilberto Santa Rosa, Nacho y Héctor Lavoe destrozando las cornetas junto a los intros suaves de Metallica y, detrás, en el fondo, el catalán mayor, el caballero Serrat, cantando una de las canciones más bellas del mundo.

Definitivamente, el sitio sí es para todo el mundo.

SANTA MÓNICA, DÍA 2

Después del festival de música volvimos a la estación de servicio que hoy le sirve al mercado de los corotos del grupo Gente Exitosa. Nombre bastante sugerente para las expectativas del sitio. En efecto, como ya dijimos, estaba abarrotado de gente.

—¿Cómo hago si quiero vender aquí? —preguntamos.

—Bueno, tienes que dar tus datos y anotarte en una lista de espera, pero te recomiendo que vayas a nuestro otro mercado, en Montalbán —dijo ella, una de las organizadoras.

—¿Tanta gente hay? —pregunté.

—Sí, tenemos lista de espera para dos meses.

DESDE ROPA HASTA PATINES. DESDE PATINES HASTA REPUESTOS DE CARRO. DESDE REPUESTOS PEQUEÑOS HASTA CAUCHOS. DESDE CAUCHOS, OTRA VEZ, HASTA DISCOS DE JOAN MANUEL SERRAT

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La cuestión es que los puestos bien establecidos tienen la posibilidad de quedarse, de algún modo, como fijos. Por ende, las rotaciones no son continuas. El proceso, sin embargo, consiste en llenar un formulario, enviar unos correos y anotarse en la lista. El mercado Gente Exitosa cuenta con decenas de puestos, cada uno con variedad de productos usados. Desde bombas de agua hasta yesqueros Zippo, desde productos de ferretería hasta de maquillaje, desde verduras hasta tequeños. Desde bollitos hasta asopado de mariscos —a ver si se atreven, pichones. Desde jugos de naranja recién exprimidos hasta una barra moderna con licuadoras sofisticadas haciendo batidos. Desde ropa hasta patines. Desde patines hasta repuestos de carro. Desde repuestos pequeños hasta cauchos. Desde cauchos, otra vez, hasta discos de Joan Manuel Serrat.

En el sitio no había música. Más bien hubiera sido incontrolable debido a los cuatro frentes que presenta el espacio rectangular de la antigua bomba. Se escucha, reitero, el entorno: la ciudad, los carros, los perros y los gritos. Sin embargo, otra vez aparecen los recuerdos culturales del extranjero como lo más normal del mundo, dado que somos hijos culturales, en cierto modo, de las potencias occidentales: parada ahí, preciosa, brillante y cómodamente apoyada en la acolchada silla que lleva por estuche, una armónica Hohner de 30 centímetros de largo.

—Especial para tocar música country, chamo.

De nuevo, el entorno desaparecía y ya no estaba el ruido loco sino un paisaje de Alabama y un sujeto en braga mascando una rama de trigo. Pero basta de estereotipos. De vuelta a la realidad:

—200.000 bolos.

La música no nos unió esa vez. Nos separó y nos hizo mirarnos, entre la gente y el calor, como si no hubiera esperanza.

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“¡La pico ’e loro!”

Pasamos por un puesto con dispensadores de jabón y con unos patines de cuatro ruedas que había visto solo en películas. Michael se perdió al poco tiempo. Estaba sin panas, de pronto, solo entre lo desconocido, moviéndome como un sujeto en el desierto. Los sorbos de un jugo de naranja me calmaron el posible desmayo y seguí por entre los zapatos hasta llegar a la zona de la sombra. Ahí caminé bajo el refugio de los árboles, entre los útiles escolares, hasta llegar a una enorme carpa. Los ojos se me abrieron. El pecho me avisó. La carpa protegida se hizo enorme y dentro de ella todo estuvo precioso. Las antigüedades me volvieron invisible, líquido, hueco, por meterme en los conflictos del tiempo. Un camión metálico de juguete hacía juego con otro, que a su vez remolcaba una jaula con un tigre plástico adentro y que remataba todo con unas letras amarillísimas que decían “Safari’’. Las tazas, los yesqueros, las copas, el metal para todo, el plástico para nada. La calidad como punto de encuentro. El peso correcto, la eternidad en las manos. De pronto, frente a mis ojos, todo lo que busca un ser como yo para sentirse verdaderamente útil. Su sable curvado, su mango pulido y marrón, sus uniones imperceptibles, su doble filo: peligro y protección. Aunque, a pesar de todo, utilidad. Me la presentaron:

—La pico ’e loro, chamo.

Yo abrí los ojos como si habitara en una caricatura. Mi boca de cilindro, mi pico ’e serpiente repitió con asombro la gran palabra:

—¡La pico ’e loro!

Y salí corriendo por los entre los mismos sopores de los minutos anteriores, mientras recordaba las palabras del simpático vendedor que nos mostró la hermosa navaja:

—La pico ’e loro funciona para todas las labores que requieran un movimiento hacia adentro, hacia ti mismo, como cortar una fruta, y también es excelente para pelar un cable o sacarle punta a un lápiz. Los malandros, en cambio, la utilizan por su efectividad a la hora de destripar: se te engancha en la piel y te abre por completo.

Y me moví en zigzag sin pensar en el desmayo. Todavía cargaba el cuaderno, todavía escuchaba el precio, todavía sudaba como un caballo, todavía me paseaba entre mis suelos caraqueños y mi mente intoxicada de imaginarios extranjeros; todavía sufría en cierto modo y deseaba volver a escuchar “Lucía”, o incluso la voz del ridículo de Nacho repitiendo la palabra happy, que del inglés se traduce como “feliz”.

De pronto lo vi, caminando por ahí.

—Tienes que venir a tomar una foto —le dije.

—¿A qué? —me preguntó.

Le conté todo sobre el mango, sobre su sable, sobre su doble filo, sobre su efecto para alimentar y para asesinar. Después preparé los labios y lo pronuncié como si fuera el nombre de un monje tibetano o de un profeta del islam, o de un sujeto cuya admiración fuera, pues, impronunciable. Pero Michael me interrumpió antes de que el nombre saliera de mi boca:

—La pico ’e loro —dijo.

—La pico ’e loro —dije yo, pensando en que definitivamente sabía muy poco pero esperanzado porque, al parecer, queda bastante tiempo.

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