Los Miserables

POR RODOLFO PORRAS / ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

La historia de Europa está delineada por una sucesión escalofriante de invasiones, saqueos, robos, asesinatos, levantamientos internos, traiciones, aniquilaciones masivas, genocidios, acumulación de riquezas y de poder rayanas en lo absurdo; lo que implica el sometimiento de personas, porque no existen ricos sin pobres ni poderosos sin sometidos.

El mapa del poder y de la geografía europea se ha configurado muchas veces. Y cada nueva configuración ha significado millones de muertes y millones de personas empujadas a integrar un gigantesco ejército de miserables.

Eso que llaman “cultura y bellas artes” ha acompañado esta espelúznate cadena de sucesos de manera supeditada, con relación al devenir histórico. Es decir, primero ocurre la invasión, las violaciones, los asesinatos, el gran negocio, el nuevo ordenamiento; y, luego, se establece una estética, una filosofía y una sensibilidad como corolario del desastre.

Si esta afirmación parece un tanto tremendista echémosle un ojo a Homero, a Virgilio, a Shakespeare, a Moliere, a Tirso de Molina, a Víctor Hugo, a Goya, a Turner, a Degas, a Picasso y a cuanto movimiento intelectual, filosófico o artístico ha producido el continente europeo… trate de establecer cuál de ellos ha marcado o forjado un giro en la Historia. Alguien podría decir que Los Beatles y sería fantástico concederle razón, pero ellos son resultado del orden económico e industrial que se estableció  a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Víctor Hugo escribió una larguísima novela por entregas, que dibuja un mundo en donde la miseria y la avaricia de los poderosos genera, a punta de exclusión, la miseria en la clase dominada. La novela resultó un hito en la literatura mundial. Y hace unos años fue transformada en un musical que triunfó y se convirtió en un atractivo turístico de Broadway. Más adelante, el musical mutó en franquicia, dada sus espléndidas posibilidades económicas.

Hoy, el espectáculo se exhibe en nuestro buque insignia: el Teatro Teresa Carreño, un espacio más dado a la estética del concreto armado que a la funcionalidad, cuyo acceso en carro sólo puede hacerse desde el Este, y sólo hacia allá se sale…

El costo de la entrada es un significativo factor excluyente: nadie con un salario medio puede pensar en disfrutar la franquicia. Por ello me tocó mirar a Los Miserables solamente en el prefacio, es decir, en el momento en el cual la gente llega a los espacios abiertos perfumadita, con soberbios trajes y bonitos zapatos que desde hacía mucho tiempo no se lucían “en El Teresa”. Debo confesar que se veían cómodos no los zapatos, la gente. Se sentía como si hubiesen recobrado un territorio. La obra resultaba muy oportuna para este retorno. Es como si ciertas aguas volvieran a viejos cauces.

ÉPALE 348

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