ÉPALE 228 CARACAS

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN  HENRY ROJAS

“Soy un combatiente pacífico (!) pero valiente, enfrentado a una dictadura que me ataca con metralla y gases tóxicos”, dicen los delincuentes que salen a destruir y asesinar para culpar al Gobierno y levantarles los puntos a sus putrefactos jefes. A todo el mundo le gusta echar el cuento de cómo fue que me enfrenté a cinco tipos más grandes que yo y pum-pum-pum, los coñacié a todos. Pero ni de vaina me pongo a contar la vez que llegué borracho a la casa y le pegué a la viejita, o la vez que estafé, huí, mentí o temí. No señor: mi vida nunca será como la de los paladines que admiro, entonces tengo que difundir episodios de la mía que, al menos, se le parezcan.

Así se ha fabricado, desde siempre, todo tipo de leyendas históricas y domésticas: con tal de recibir financiamiento, en primer lugar, y en segundo lugar el reconocimiento de un público ávido de epopeyas peliculeras, soy capaz de construirme un mito o fábula que, de pronto, gracias a su divulgación irresponsable, queda registrada como historia. La conquista de América fue posible gracias al asombro y el hambre de riquezas de unos aristócratas que se creían todo cuanto los malandros que enviaron para acá les contaban: marico, necesito más dinero y recursos, mira que para poder ponerte a tus pies El Dorado me ha tocado enfrentar a monstruos marinos, a cíclopes gigantes, a sirenas y amazonas asesinas; a tribus de caníbales que disparan dardos venenosos; me toca enfrentar a un señor Guaicaipuro de 2 metros de estatura y a su ejército “de 20.000 a 40.000 guerreros” (así mismo, con ese pequeño margen de error, lo reseñaron los cronistas de Indias). Si aquellos informes no hubieran sido tan aterradores y prometedores, los reyes europeos no se hubiesen esmerado en mandar para acá todo cuanto mandaron para financiar la aventura.

Y nosotros (mejor dicho, nuestros historiadores) venimos y nos enamoramos de esas fábulas, nomás porque es de pinga creer que teníamos un ancestro así de europeamente glorioso. Un indígena con estampa de superhéroe, líder de 40.000 soldados. No hay evidencias en el Caribe, la selva amazónica y Los Andes de ningún pueblo indígena con sujetos de esa estatura, en ninguna época. Tres siglos después, Bolívar activó a 10.000 combatientes en su batalla más grande: Carabobo (ya va: eso les dijo él a sus financistas ingleses). Gracias al nostálgico agradecimiento de Chávez, el componente Ejército de la Fuerza Armada venezolana elevó su tropa a 42.000 efectivos en el año 2001. Dime tú con qué estructura y modo de producción podía un pueblo nómada, cinco siglos antes, sin una población suficiente ni una organización social o militar industriales sostener a 40.000.

Esa leyenda, convertida en historia por ellos y nosotros, le convenía al invasor español: muy feo les hubiera quedado informarles a sus jefes-financistas que quien los mantenía en jaque era un indiecito de metro y medio de estatura y una turba de 500 o 600 hombrecitos pequeños como él, asustados como él, inermes como él. Deberíamos intentar honrar al Guaicaipuro probable (no al “real” porque, francamente, no sabemos si existía un jefe en esa cultura sin jerarquías), que ni cultural ni genéticamente podía ser dictador, asesino o físico-culturista.

 

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