“Los Señores de los Anillos” se olvidaron de Coubertin

Por Gerardo Blanco@GerardoBlanco65 / Ilustración Justo Blanco

Los remilgos del Comité Olímpico Internacional (COI) para posponer los Juegos Olímpicos Tokio 2020 por la pandemia del coronavirus revelaron, de nuevo, uno de los principales valores que sostienen el entramado de esta entidad: el dinero. “Los Señores de los Anillos” olvidaron, hace mucho tiempo, que cuando el francés Pierre de Coubertin revivió los Juegos Olímpicos (JJOO), la idea que impulsaba al movimiento deportivo era promover la actividad física en el mundo como un camino para la formación integral del ser humano.

Recuperar del olvido las antiguas competiciones de los pueblos helénicos tenía para Coubertin un valor pedagógico, pacifista y universal. El filósofo y educador francés fue uno de los primeros en darle a la actividad física y al deporte un carácter universal. Saltar más alto, ser más rápido y fuerte no debía quedarse, exclusivamente, para los acomodados estudiantes de las escuelas y universidades de Francia, Inglaterra o Estados Unidos. Su máximo ideal era que atletas de cada rincón del planeta participaran en este festival deportivo, que formaba parte del intercambio social y cultural de las naciones. Pues no hay que olvidar que las primeras ediciones de los JJOO fueron apenas un apéndice de las exposiciones universales, organizadas para mostrar el progreso del hombre en el naciente siglo XX.

Pero los valores fundacionales del olimpismo han sido sustituidos por un mercantilismo despiadado de las competencias, a fin de exprimir hasta la última gota de sudor de los atletas y expoliar millones de dólares a las naciones que quieren ver luchar a sus campeones por las medallas olímpicas. Basta ver que para clasificar a esta cita deportiva las federaciones internacionales, con la bendición del COI, idearon sistemas de clasificación cada vez más onerosos para los atletas y sus patrocinantes. En el caso de Venezuela, estos sistemas de clasificación son subvencionados por el Gobierno Nacional a través de los aportes del Ministerio del Poder Popular para la Juventud y Deportes, y algún recurso menor que aporta el Comité Olímpico Venezolano (COV).

Pongamos por caso a Rubén Limardo, nuestro campeón olímpico en espada individual en los JJOO Londres 2012. Para asistir a Tokio, el espadista guayanés tuvo que sumar puntos en grandes premios, copas del mundo, campeonatos panamericanos y mundiales que se celebran en diversos rincones del planeta, los que le permitieron mantenerse ubicado entre los mejores del mundo, aquéllos que obtuvieron el boleto a Tokio. Esta situación se repite en la mayoría de los deportes. Los países están obligados, cada año, a aumentar su presupuesto en divisas para pagar la preparación, entrenamiento y las competencias de los centenares de atletas con posibilidades de clasificar a los JJOO.

Y una vez en la gran cita deportiva, el negocio lo hace el COI con sus millonarios contratos de patrocinio exclusivo, mercadeo de productos o por los fabulosos derechos de transmisión de los medios; fortunas mil millonarias de las que ningún atleta recibe un céntimo. En cambio, durante los días de los juegos la “familia olímpica” disfruta de un trato cinco estrellas en hoteles de lujo, mientras los verdaderos amos de las competencias —empresas como Adidas, Sony o NBC— se reparten las ganancias con los jerarcas del COI. Es lógico entender por qué “Los Señores de los Anillos” dieron tantas largas para mover los JJOO de Tokio para 2021: lo que les preocupaba no era el coronavirus ni la pandemia, sino sus bolsillos.

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