MENDOCITA ENTREVISTA 212

MENDOCITA YA PASÓ LOS 70 AÑOS Y LUCE DE 45. FUE UNO DE LOS MEJORES JUGADORES DE LA VINOTINTO Y ES UN PROFUNDO CONOCEDOR DEL DEPORTE NACIONAL.¿DÓNDE ESTÁ LA FUENTE DE LA JUVENTUD? PUES EN EL FÚTBOL

POR ANDER DE TEJADA ⁄ FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

El exjugador vinotinto no solo era un maes-tro del juego sino de esos constructos que llaman valores: fue un jugador que apostó siempre por lo nacional y por el fútbol ju-gado con amor.

Hay un rumor que corre entre los círculos venezolanos de los exjugadores de fútbol y sus allegados veteranos. De hecho, hay que ser bien veterano para afirmarlo. Sin em-bargo se escucha, en medio de las canchas o en las discusiones cerradas, que Luis Men-doza, o Mendocita, fue el mejor jugador de la historia de la Vinotinto. Cuando estamos en medio de ese ambiente oscuro que es su casa, repleto por doquier de imágenes del pasado y símbolos de la izquierda interna-cional, y él escucha lo mencionado arriba, la forma en que figura su nombre en la his-toria del fútbol nacional, solamente se ríe y dice que no, que no fue así.

Mendocita demuestra que al balón se le trata con cariño sin importar el entorno

Mendocita demuestra que al balón se le trata con cariño sin importar el entorno

Todo comenzó cuando lo pusieron de mascota del equipo Unión, a los 2 años, es decir, inició desde el punto más bajo del deporte. Tras esto ingresó en el Cole-gio Dos Caminos. A los 10, su papá se lo llevó del país, rumbo a Italia, debido a un exilio político. A pesar de que su segundo apellido es Benedetto, su papá se rehusó a nacionalizarlo italiano y lo puso, casi obli-gatoriamente, a leer Doña Bárbara, para lo que él denomina como la preservación de su venezolanidad, el exaltamiento de su criollismo. Allá jugó lo que en el argot po-pular son las caimaneras, un juego sin cor-tes ni jueces, en donde la imparcialidad se diluye en un nuevo sentido de democracia de calle. Desde ahí la pasión fue manifies-ta: cuando esa energía indefinible bulle, se tienen que dejar para después otras cosas que, a veces, son importantes. Luis se ju-bilaba del colegio continuamente —y no le importaba hacerlo— para medirse en el deporte con tipos pasados de la pubertad que él todavía transitaba. La brújula futbo-lística es una de las más optimistas: siem-pre indica su norte y a veces no repara en obstáculos. Después de vivir en Genoa se fueron a Parma, donde su papá se graduó de economista.

Volvió a Venezuela a los 15. “En barco’’, in-dica. Se inscribió en el Instituto San Pablo, en La Pastora. Un día se encontraba jugan-do una caimanera en las canchas que se ubi-caban donde hoy día queda la estación del Metro La Paz. Clemente Ortega, un entre-nador uruguayo, por causalidad fue a ob-servar la mina de oro que generalmente son los espacios informales del fútbol. Quedó sorprendido, entonces, cuando vio el des-pliegue de Luis y la forma en que funcio-naba como un cerebro con pies, como debe funcionar, pues, todo volante, todo creador, todo el que vista con orgullo el número más pesado del fútbol: el 10. Se lo llevó a jugar al Banco Agrícola y Pecuario, en donde figu-raba Alí “El Cholo’’ Tovar, uno de sus ídolos del momento.

“También jugaba el mulato Elio, a quien lo ficha el Nápoles, cuando fue con el Botafo-go. Jugaba con Garrincha, ¡imagínate!, pero no le gustaban los aviones y éramos más mujereros que el carrizo!’’, señala.

Es importante indicar la situación futbolís-tica de entonces. No era como ahora, con un mediano avance en la cantidad de equi-pos que conforman la competición y la ins-titucionalización del deporte. En esa época, por poco existía una federación que sostu-viera adecuadamente la práctica del fútbol. “Todo era beisbol’’, indica Luis, quien agre-ga, además, que siempre se posarán sobre nosotros, en forma de perjuicio, los 50 años de atraso que tenemos en materia de fútbol por haber entrado tarde a competir inter-nacionalmente, con los equipos del país, en competencias como la Copa Libertadores o la Copa Sudamericana, que ya estaban sien-do disputadas por países vecinos. Solo con-tábamos, en la época que jugó Luis Men-doza, con cinco o seis equipos en primera división.

Luis, iniciando la década de los 60, ape-nas contaba con 15 o 16 años. Se debatía, entonces, en un dilema común cuando la grandeza llega temprano: el cuerpo de un adulto versus la mente de un chamín intro-duciéndose en un mundo nuevo y a veces bastante depredador. Sin embargo, si nos remontamos a la época, siendo el fútbol to-davía un deporte sin el sostén publicitario del tiempo contemporáneo, el flujo absurdo de dinero entre sus mares no era tan des-enfrenado: “Ganaba 300 bolívares al mes. Era el muchacho más rico del salón’’, indica entre risas. Su carrera apenas comenzaba a despegar y no se detuvo en el tránsito largo por su pasión. Después de jugar en el Banco Agrícola y Pecuario se fue al Deportivo Ita-lia, de ahí pasó al Galicia, a Estudiantes de Mérida, al Portuguesa, de nuevo al Galicia y terminó su carrera en el Caracas Fútbol Club, con 41 años de edad.

“El fútbol es mi vida’’, dice varias veces. Cuando habla del deporte, siempre lo hace con una sonrisa amplia y mirando hacia abajo, como si fuera demasiada la alegría y hubiera que esconderla un poco debido al desborde inminente. Su vida es el fútbol, pero también son sus hijos. Dos varones y una hembra que, debido a la admiración, devino tocaya de Diego Armando Marado-na. Así se llama Vanessa Maradona Mendo-za. En su casa, oscura, futbolística, camina su esposa de un lado a otro. Luis indica su edad, que es un dato importante pero que se olvida al ver su vitalidad, su pelo negro y sus bíceps de adolescente. Tiene 71 años.

Como ya sabemos, vistió la camisa vino-tinto en Copa América y torneos surame-ricanos: “El fútbol ha sido toda mi vida. Y representar al país y defender al fútbol ve-nezolano es siempre mi meta. A diferencia de ahora, cuando el futbolista exige miles de dólares por representar al país, a veces nosotros íbamos gratis, con problemas de uniformes. En Uruguay, en la primera Copa América que fuimos, nos tocó cambiar de

franelas. Teníamos una con botones que a los tres partidos tenía remiendos y se sos-tenía de alfileres, aunque esos alfileres des-pués sirvieron para puyar a la gente en los tiros de esquinas’’, comenta Luis en medio de una carcajada, mientras mira por la pe-queña ventana de la sala como si viera refle-jado todo ahí.

No se puede saber si en él hay nostalgia o alegría desmedida al hablar del fútbol. La verdad es que es un hombre difícil de desci-frar, pero con un verbo honesto. Cuando le toca hablar de la Vinotinto contemporánea, por ejemplo, lo hace sin problemas, indi-cando los inconvenientes con un tremen-do diagnóstico. Señala la era Richard Páez como la mejor del fútbol nacional y se de-clara enamorado del fútbol como si la vida fuera una narración épica y hubiera que declararse así, de la forma antigua, sin im-portar la apariencia y el desapego new age. Admitir el amor de tal forma es algo impor-tante, es algo valiente, más bien. Admitirlo así, de cierta forma, diciendo también que no se ama a más nada por encima de eso, es simplemente hermoso.

Cuando se le interroga sobre la parte amarga del fútbol, que vendría a ser, en este caso, el retiro, cuando el cuerpo no da más, Mendocita vuelve a reír y dice que eso no se acaba. “Él fútbol no termina; el fútbol profesional sí’’. Tras esto, se dirige con paso acelerado a su habitación y saca una taquera. La abre y muestra al aire sus vendas brasileras y sus tacos. “Sigo jugan-do —dice—. Imagínate: me toca jugar el sábado y ya tengo listo el bolso’’. Se ríe. Todo el ambiente ríe, a decir verdad. Des-pués hablamos de la muerte. Ese álgido tema fue alcanzado por la evocación sobre el fin del fútbol. Primero nos lo dice im-plícitamente. Después, sin embargo, asu-miendo lo que es quizás su mayor deseo, sentencia: “Seguiré jugando hasta que no pueda más. Si me va a pasar, pido que sea ahí, en el campo de fútbol”.

ÉPALE 212

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