ÉPALE272-MACUTO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Estuve, muchas veces, en el Macuto anterior a la hecatombe de 1999. Desde los años 80 estuve visitando ese lugar. Era una playa serena como su comunidad sencilla de pescadores, aunque ya en esos años andaba viviendo su violenta transición hacia el carácter puramente comercial de la pesca y la recreación. Alguna vez me comí en esas playas las mejores empanadas de animales marinos, a precios escandalosamente ridículos. Éramos despilfarradores del piche sueldo y más o menos coñoemadres, por lo que en algún descuido terminaba uno aprovechándose de la generosidad de aquella gente sencilla y comiéndose gratis un par de empanadas, que de todas maneras eran casi gratis. Lo demás eran cervezas y música y tiempo perdido o invertido en sensaciones no renovables. Recuerdo la expresión “generación boba” y me llega de lejos una melodía de Yordano, junto con mis borracheras estériles de esos años.

Ocurre la desgracia de 1999. Fui a Macuto con la gente de la Coordinadora Simón Bolívar, con la misión de socorrer damnificados y montar insumos en un helicóptero para que los distribuyeran entre los centenares de seres atrapados en la costa. La devastación era monstruosa; costaba trabajo creer que aquello pudiera recuperarse. Un año después fui a verificar qué había sido de aquel muelle, y encontré una costa rutilante. El bulevar y sus balnearios no solo habían sido rehabilitados y reconstruidos (la playa estaba, o está, muchos metros más lejos de donde estaba antes), habían colocado unos reflectores que permitían el lujo de un baño nocturno. Y algo más: entre las piedras, a medio camuflarse o sin ninguna intención de camuflarse, dos o tres parejas de desenfrenados echaban sendos polvos públicos. Tambores en el bulevar, sexo bravo en el malecón: así despertaba y renacía Macuto después de un evento que se llevó muchas vidas. La muerte hizo un trabajo espantoso y ahora la lujuria hacía las reparaciones. La especie multiplicando lo que el cataclismo quiso borrar.

Estuve otra vez por allí el 12 de abril, justo después del golpe. Despechados y más o menos desorientados fui con Jesús, Gabriela y una Camila Miranda que les crecía en el vientre de la mamá, a ver si el mar nos daba respuestas acerca de lo que estaba pasando con Chávez en esa ciudad capital tan rara. No entendíamos y el mar no nos explicó un coño tampoco. Pero nos regaló un espectáculo idéntico al del tiempo de la resurrección: entre las piedras, unos cuerpos morenos o pálidos cogiéndose duro mientras el país convulsionaba.

He vuelto hace unas pocas semanas, con mi compañera y amigos. Nos acercamos a los quioscos a buscar cervezas. Una muchacha me dio el precio: “30 las pequeñas”. Pedí doce, tres rondas de cuatro. Cuando fuimos a pasar la tarjeta vi el monto de la transacción: 960.000 bolívares. Se lo dije a la muchacha para que corrigiera. Me respondió: “Sí, son a 70 cada una”. Saqué la cuenta y le di la cifra: “Eso da 840”. Me dijo ella: “Hay que sumarle el 10 %”. Seguía sin dar la cuenta, pero la joven andaba apurada y empezó a hablar y a gesticular como si anduviera medio arrecha, y como nadie le gana ninguna discusión a una mujer medio arrecha y mucho menos en su territorio, marqué la maldita clave y me fui.

La vocesita me lo dijo clarito en los adentros: “Siempre viste gente culeando en Macuto. Algún día te tenían que singar a ti”.

Macuto pudo con la muerte; ¿no iba a poder desquitarse de mis pobres robos idiotas de los años 80?

ÉPALE 272

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