ÉPALE270-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Atornillado, galvanizado, petrificado en el ser social, se encuentra el impulso, o al menos el discurso, que niega todo lo que no sea medible, cuantificable o perceptible mediante nuestros sentidos o mediante los instrumentos tecnológicos, creados para ampliar el radio de acción de esos sentidos. Algo nos susurra al oído y a veces también nos grita: si no se puede ver, oír, oler, tocar o saborear, entonces no existe. Como si cinco piches sentidos fueran suficientes para captar y percibir todo lo que ocurre en el universo.

Lo llaman “proceso civilizatorio”, y es el mecanismo histórico, ideológico y sicosocial mediante el cual uno se siente seguro, convencido y dispuesto a pagar por unas pastillas a base de sábila, porque el médico nos dijo que esas pastillas le limpiarán los intestinos, pero si viene alguien a proponernos que cortemos una penca de sábila y nos comamos unos cristales entonces lo llamamos bruto, irracional, anticuado, rudimentario, supersticioso y ridículo. Igual con unos cuantos alimentos: pago miles de bolívares por una vaina empaquetada que me han dicho que es harina de maíz, pero me desgarro e indigno cuando me proponen que mejor siembre la mata de maíz.

Resulta mucho más tajante cuando se trata de asuntos cercanos a la magia, a la religión o a los asombros primordiales: nos da una risa del carajo la gente que todavía cree en seres superiores y en inteligencias no humanas. No sé quién fue el que estableció o decretó que para ser revolucionario necesariamente se tiene que ser ateo (y yo me jacto de serlo, por cierto), pero existe también esa resistencia a entender que, así como hay plantas comestibles, medicinales, maderables y ornamentales, también hay plantas con propiedades mágicas. ¿Existe la magia? No sé, pero existen millones de personas que a través de los milenios que la humanidad contabiliza como historia han investigado, utilizado y aprovechado los poderes simbólicos, tranquilizantes o terapéuticos de muchos miles de plantas, y yo no soy quien para venirles a esos millones con una presunta racionalidad superior a decirles “Al carajo sus mitos y creencias: llegó el papá del materialismo histórico y aquí no caben la palabra ni el concepto ‘espiritual’”.

Por supuesto que no hay por qué hacerles ninguna concesión a la destrucción de culturas que siguen perpetrando Europa y sus hijos continuadores de la hegemonía, utilizando el miedo y las religiones como ariete ideológico. La farsa católica y judeocristiana consiste en poner a unos imbéciles con batolas, sotanas y coronas a administrar y a sacarle provecho a algo que sí viene en el paquete biológico de los seres humanos y el resto de los animales: el estupor y los miedos. La ciencia es el navegador necesario para ubicarse en el planeta y en el universo, pero no hay por qué sentirse idiota y ni siquiera primitivo si nos preguntamos cómo un ser inteligente como el humano pudo ser creado por puro azar y sin intervención de inteligencias anteriores (eh: nadie ha dicho “superiores”) al ser humano.

Las especies terrestres nos hemos adaptado a situaciones planetarias y el ser humano preindustrial encontró acomodo y alivio en ese juego ancestral de las adaptaciones. Indague por los poderes mágicos de la ruda, la retama, la menta, el cundeamor, la artemisa, la sábila, la albahaca, el jengibre, el pasote y los cariaquitos, y no se preocupe cuando comience la cacería de brujas, porque esa bicha vendrá: es más fácil llamar supersticioso y fanático al que busca en el universo vegetal las respuestas lógicas que la industria farmacéutica, la Academia y las facultades de medicina decidieron complicar para poner el saber solo al servicio de clases dominantes.

ÉPALE 270

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