ÉPALE292-MITOS

POR MARÍA EUGENIA ACERO COLOMINE •@ANDESENFRUNGEN / ILUSTRACIÓN RAUSSEODOS

Y Moisés dijo: “Esto es lo que el SEÑOR ha mandado”.
Éxodo 16:32-35

Las ojeras le llegaban al piso a Christian Fernández aquella mañana. El posicionamiento de la campaña había sido un éxito pero  costó 48 horas de vigilia y altas dosis de sucedáneos. Sin embargo, en Miami quedaron contentos. Por Twitter el llamado había calado y se había convertido en tendencia mundial #TiraLaCasaPorLaVentana: acabar de una buena vez y para siempre, como tal vez el Coyote siempre quiso con el Correcaminos, como Ignacio con los ladrillos a La Gata Loca. El sistema no funciona, así que a lanzarles desde el balcón toda la ira y la frustración posibles. La campaña merecía todo el peso de la justicia divina. Las respuestas por Instagram y Facebook reventaban, y las fotos que Christian había subido por los robots 2.0 eran más que elocuentes. Solo quedaba esperar por la reacción en cadena, y la fórmula sería pan comido. Christian reflexionaba sobre la sencillez de la vida y sobre cómo había aprendido con Lord Baden Powell, que siempre había que ver hacia el cielo, pues no estábamos acostumbrados a ver hacia arriba sino a encapsularnos en nuestros pensamientos. Tal vez por eso ese brillante masón siguió las enseñanzas de Kipling, quien convivió con los salvajes de la India y ayudó a domesticar un poco a esa casta de intocables. Amanecía, y el Ávila le regalaba un verde aguamarina esperanzador. Con esos reales, por fin, se horizontalizaría a la Candy. Decidió dejar la moto en la oficina y caminar rumbo a su residencia en la Candelaria. Lo que más amaba de ese sector era esa reminiscencia española y portuguesa que le recordaba a sus ancestros. Con este primer pago ya tendría asegurado el viaje prometido a Candy, vía Santiago de Compostela, y los trámites para la nacionalidad de la Madre Patria iban viento en popa. Tal vez solo lamentaba no haber coronado el apartaco en Chacao, pero mezclarse con la prole de vez en cuando no caía mal. Venía caminando desde Bellas Artes, rumbo a la entrada del edificio, cuando un zumbido de arriba le sacó de sus reflexiones. Materos, sillas, vasijas caían desde los elevados pisos del conjunto residencial. Una gavera Coleman con el nombre “Almelina Carrillo” fue su última visión al cielo. Dicen que desde entonces, objetos contundentes empezaron a caerles a quienes descargaron su ira cívica a través de las ventanas de sus apartamentos.

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