Reportaje para la Revista Épale CCS

SOSLAYADO EN LA INTIMIDAD, UN JOVEN ARTISTA INTENTA BUSCAR LA HUELLA DEL MAESTRO, Y AUNQUE LA CONSIGUE POR TODAS PARTES, EL JOVEN, QUE YA NO ES ARTISTA, INTENTARÁ RECORDARLO EN ESTA CRÓNICA DE ACCIDENTES INCONEXOS

POR CÉSAR VÁZQUEZ • / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

A su nombre le sigue el título de Premio Nacional de las Artes Plásticas de 1947, por esta razón Mateo Manaure sonaba como el principal homenajeado, seguido por el pintor Francisco Hung.

Si vive en esta ciudad, quien no lo conozca y no sepa quién es, de seguro ha transitado, o transita, cotidianamente frente una de sus obras. Si se ha acercado o conoce la Universidad Central de Venezuela, muy probablemente se haya tomado una fotografía con uno de sus murales. Quizás solo en su recuerdo se sintetice alguna forma abstracta al oír su nombre. Y, por último —si persiste la indiferencia y los recuerdos se hallan difuminados con el paisaje urbano en general, como una referencia que oscila etérea en abstracto—, una obra de arte pública espera el momento menos indicado para poder decirnos algo. Solo depende de nosotros poder escucharla.

Era el Día Nacional del Artista Plástico y, como parte de la programación del evento, se entregaría el premio Joven Promesa de las Artes, que me habían otorgado dos semanas antes, cuando el jurado se llegó hasta el taller de la escuela. Considerando el grado de coherencia conceptual, desarrollo del lenguaje visual y dominio técnico presente en mi trabajo, lo que decía la placa recogía su criterio. Mateo y Francisco recibían un reconocimiento por su trayectoria y aporte; a mí, lo que corresponde: un estímulo motivacional para la incipiente carrera que apenas empezaba. Este premio era otorgado por la Asociación Venezolana de Artistas Plásticos y estaba destinado a los estudiantes de Arte recién graduados.

Nunca antes, debo confesarlo, había visto una paleta de colores estrellarse en ese tono y color de tez; los artistas del romanticismo se habían obsesionado por cultivar la languidez en el semblante, esas nociones persisten vagas en el entorno, al lado de la noción de tiempo.

 

Una “Orinoquia” vertical se erige en la remozada Plaza La Concordia

Una “Orinoquia” vertical se erige en la remozada Plaza La Concordia

Tres serigrafías colgaban como aspiraciones pequeñoburguesas en la pared de la sala de casa de mi tía —nadie recuerda cómo llegaron hasta allí—, según el hombre de la cola del cine, Leo González —así se presentó y hasta nos dio su número—, la serigrafía había convertido a los disidentes en los pintores de la clase media (le digo que un pintor como Virgilio Trompiz se aprovechó de ese momento). Estas llevaban su firma (Mateo Manaure) en dos trazos corridos; del otro lado se indicaba la nomenclatura de las pruebas de autor. Lo que a simple vista parecía un tríptico pudo terminar siendo el leitmotiv de esta crónica.

El artista que había sido seleccionado por Raúl Villanueva para hacer de la Ciudad Universitaria una obra de arte de la modernidad estaba en esa misma muestra colectiva. Mi aversión al abstraccionismo geométrico empezaba desde el nombre, me recordaba una materia de bachillerato, pero la soberbia y la mediocridad me ayudarían a tener una ligera y urbanizada apariencia de “salvaje primitivo”, en cualquiera de los casos, la de un militante del barroco latinoamericano. Mateo me entregaría esa tarde una placa y un cargamento de óleo francés —el Joven Proxeneta le cruzó un par de palabras, como rompiendo sandías en el aire con katanas—, detrás estaba el cristo que llevaba un tabaco de yerba y en vez de un corazón tenía una cobra fosforescente. El PsicoJisus de la serie de santos de estampas fue la obra seleccionada para la exposición. Se trataba de uno de los pioneros del modernismo y del diseño gráfico, con el que mi desprecio por la tradición cinética me impedía empatizar.

Al estrecharle la mano, la percepción fue la de estar frente a un ser finitamente frágil, lavado o decolorado en porcelana por una extraña sensibilidad a la luz; bajo la sombra su piel cambiaba de tonalidad, de cálidos a azules extrapolados, como untado por una espátula sobre el decorado de la galería.

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Octavio Perozo recibió el grado de licenciado en Letras, contra todo pronóstico. Fue siete años después de haber culminado los créditos académicos obligatorios, el mismo tiempo que le llevó convertirse en un erudito de la obra del escritor Caupolicán Ovalles y del circulo artístico y literario que dirigía (la República del Este), y aunque pasó más horas en Tierra de Nadie fumando yerba que sentado en un pupitre su tesis fue mención publicación. A regañadientes, esa tarde tuvo que presionar para exigirle al fotógrafo que lo retratara junto a su hermana a la salida del acto, afuera, en la Plaza Cubierta. Su fotografía no sería igual a la clásica imagen repetida del ucevista recién graduado, posando sobre la escultura de bronce Pastor de nubes de Jean Arp. Su fondo ideal estaba a pocos metros. Se trataba de uno de los murales de Mateo Manaure, ícono de la histórica aula abierta de la UCV, conocida también como Tierra de Nadie. La petición vendría con un detalle inesperado de Octavio: él pediría que lo fotografiaran fumando al lado de su hermana. Era lo que había hecho durante toda su carrera, así que quiso autoagasajarse con un homenaje merecidísimo a sí mismo, además que Tierra de Nadie era su lugar favorito, tanto como el mío. Pasar de ser fotógrafo de sociales a fotógrafo documentalista por un instante terminó de persuadirlo, le resultó antipático y un poco incómodo seguir negándose ante la insistencia de Octavio. En ese momento me los encontré bajando hacia la locación que, con premeditación y alevosía, había escogido cuando supo que finalmente se iba a poder graduar. Yo había pasado por la universidad antes de ir al evento, cuando le comenté que me había ganado el premio Joven Promesa de las Artes hubo, entonces, dos buenas excusas y ninguna razón para no acompañarlos a prender y rodar el porro.

La necesidad de “sintetizar las artes” de Villanueva aplicada en la UCV

La necesidad de “sintetizar las artes” de Villanueva aplicada en la UCV

Intenté darle la justa importancia al evento, les comenté que asistiría Mateo Manaure y que había un reconocimiento para él y su obra.

Cuando estábamos fumando recostados en uno de sus murales —algunas buenas fotos debieron salir entre el humo y el amarillo estridente del mural de Manaure—, Octavio me dijo luego que los partidos de izquierda se pudieron inscribir en la contienda electoral. Mateo había colaborado con la candidatura de José Vicente Rangel donando alguna de sus obras. También por Octavio supe del documental Trans, el primero dedicado al transexualismo en Venezuela, que había dejado en shock a la opinión púbica venezolana en la década de los 80, en el que Mateo Manaure sería el coautor al lado de Manuel Herreros.

MATEO ESTABA POR TODOS LADOS Y AL MISMO TIEMPO EN NINGUNO; SIN EMBARGO, SOLTÓ UN DATO EN ESA LLAMADA: MATEO HABÍA SIDO MORENO, UN VITILIGO AGRESIVO LO HABÍA DESTEÑIDO POR COMPLETO

Queriendo buscar inconscientemente al Mateo Manaure, que estuvo soslayado íntimamente en mi imaginario unas semanas después de este encuentro, fui invitado por el Museo de Arte Contemporáneo para una entrevista de prensa con otros jóvenes artistas. En el titular nos reseñaban como los “nuevos disidentes”.

***

La bajada hacia la avenida Libertador es el tramo más vertiginoso de esa aventura, unas 50.000 personas al día la recorren. Si uno va colgado como pocillo’e loco en la puerta de una camionetica, la ciudad es menos cinética y mucho más barroca. Al descender, a las paradas se les llaman “escaleras” y están clasificadas como “la primera”, “la última” o “la próxima”, todo depende de dónde se quede; uno suele creer que es “un solo viaje” si debe atravesar la ciudad de este a oeste. Yo iba desde la Lecuna a Chacaíto. El motivo de este recorrido era ir tras la crónica de Mateo Manaure, era por eso que el relato un poco marginal o periférico de Fran Soteldo, sobre aquella vez que se encontró una escultura del maestro en la basura, me interesaba. El Joven Proxeneta había cambiado de ramo, ahora escribe crónicas para esta revista utilizando el contexto como el objeto de la información. Todos los choferes, al bajar por allí, le meten la pata al acelerador, atrás fue quedando la mezquita y Bellas Artes. Intenté recordar el nombre del mural de Tierra de Nadie, en la UCV, cuando empezamos a recorrer el mural Uracoa y, con él, los tres kilómetros de abstraccionismo geométrico que hacen de este mural un homenaje a esta ciudad y a Uracoa, el lugar de nacimiento del maestro Manaure. Su obra más emblemática se encuentra justo en esta avenida. Llegamos casi hasta el final en ese sentido. Al unísono del estruendo vinieron las quejas de los pasajeros, sino es porque el cardán se le desprendió a la unidad donde veníamos muy probablemente pude haber hecho esta entrevista —la que usted no va a leer en esta crónica—; el chofer no quiso devolver el dinero del pasaje: o esperábamos el relevo o debíamos salir a la superficie y empezar a caminar. Se había hecho tarde para Soteldo, lo último que me dijo por teléfono es que no podía esperar más y yo tampoco me atreví a preguntarle por teléfono qué hizo con la escultura. Mateo estaba por todos lados y al mismo tiempo en ninguno; sin embargo, soltó un dato en esa llamada: Mateo había sido moreno, un vitiligo agresivo lo había desteñido por completo.

“Uracoa” acompaña a los autonautas como una galería subterránea

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ÉPALE 272

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