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A GOLPE DE CONTROL POR CARLOS COVA@CARLOSCOBERO

Hermanos a la obra (Property Brothers) encierra un secreto. Siete temporadas suman ya sus emisiones a través de Discovery Home & Health y tan campantes. Dedicados a la ardua tarea de conseguir casa a los eventuales propietarios, los hermanos Drew y Jonathan Scott —gemelos para más señas— configuran una suerte de tándem sublime. Si uno se dedica al trabajo sucio, demoler y remodelar la edificación, el otro hará por deducción lógica el trabajo “limpio”, es decir, descifrar las necesidades inmobiliarias de los candidatos y ofrecerles un menú de opciones.

Quien esto escribe —que tiene tan poco de albañil como de agente inmobiliario— se incluye entre sus entusiastas seguidores, dejándose embelesar por la premisa ilusoria: ¿existe la casa ideal? o, quizá, ¿puedo acceder a ella convenientemente asesorado? Sin embargo, y tras el visionado de varias entregas, la faceta de hadas inmobiliarias que estos hermanos encarnan queda soslayada por un más fascinante descubrimiento. Lo que seduce de este particular programa de telerrealidad está asociado entonces con un impulso de la especie humana que la ha llevado por siglos a destruir lo que antes construyó. Un quehacer de raigambre psicológica y cultural, definida con el término potlach, aflora durante el momento culminante, consistente en destrozar el viejo mobiliario provistos, albañiles y propietarios, de una monstruosa mandarria.

El éxtasis destructivo de los derbis de demolición, invitados fijos en los programas deportivos de los 70, o su variable ochentera, las competencias de monster trucks, alcanza ahora una proyección sutil y políticamente correcta. No hay que dejarse engañar por el resultado. Menos que obtener las llaves de una casa nueva, lo que en el fondo muchos de nosotros queremos es tener la oportunidad de devastar una por nuestras propias manos, invocación paradojal de la prosperidad y abundancia vedadas a los hombres de buena voluntad desde tiempo inmemorial.

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