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DE PEDRO CHACÍN / ILUSTRACIONES DANIEL DUQUE

 

SÓLO PARA ADÚLTEROS

En la película cubana El retrato de Teresa se produce, palabras más, palabras menos, el siguiente diálogo entre Ramón (el protagonista) y Teresa (la protagonista). Teresa le reclamaba a Ramón un cacho que éste le había montado durante el tiempo que estuvieron separados.

—Bueno, Teresa, yo me sentía solo, tú no estabas, ella se portó muy bien conmigo…
—Ramón, ¿y si yo hubiese hecho lo mismo? —increpa Teresa con acritud.
—Bueno, como te decía, Teresa, yo estaba sólo —balbuceaba disculpas Ramón.
—Ramón, ¿y si yo hubiese hecho lo mismo? —insiste Teresa.
—¡Pero, Teresa, es que no es lo mismo!  — protesta indignado Ramón.

MANUAL epale 2_optY definitivamente NO ES LO MISMO. No es igual que uno le monte cachos a su mujer a que su mujer se los monte a uno. Y la principal razón tiene que ver con las culpas que azotan a la mujer cuando incurre en este sabroso pecado.

La conducta típica de una mujer que le acaba de montar los cachos a su marido es la siguiente: llega a su casa, abre la puerta, pasa casi sin saludar, le duele la cabeza, no mira al marido a los ojos, va al baño a mirarse en el espejo, porque la culpa es tanta que cree que tiene una verruga en la cara, que se le nota por encima y en seguida se acuesta a dormir así estén dando Moonlighthing…

El hombre, por el contrario, es el ser más feliz de la Tierra: llega a su casa silbando, radiante, siempre trae algo (poco sospechoso, aunque hay algunos imbéciles que se aparecen a las 10 de la noche con golfeados de El Junquito), saluda a su mujer diciéndole algo así: “¿Cómo está la cosa más bonita de esta casa?”, deja deslizar comentarios como “el sábado vamos para la playa”, pone música y hasta es probable que tenga ganas de cocinar.

LA MUJER, NI SIQUIERA LA FEMINISTA MÁS RECALCITRANTE, SOPORTA LAS CULPAS DEL ADULTERIO, Y SI EL CACHO NO LE GUSTÓ, PEOR AÚN, PORQUE QUEDA, ADEMÁS DE CULPABILIZADA, MAL COGIDA

La mujer, ni siquiera la feminista más recalcitrante, soporta las culpas del adulterio, y si el cacho no le gustó, peor aún, porque queda, además de culpabilizada, mal cogida.

Hace algunos días conversaba de estas y otras cosas con una amiga que se encuentra en la situación precacho típica: casada, con dos hijas, cuatro años de absoluta fidelidad y una tipa bien pilas… Las condiciones propicias hasta para un aficionado al arte de la seducción (un mango bajito, pues).

Le comentaba a esta amiga que el origen de esta culpabilizada conducta femenina ante los cachos era bíblico. Esta idea se me vino a la mente releyendo el famoso best seller de Juan Toro: Surmenage postdivorcio o no hallo de qué palo ahorcarme. En esta obra Toro hace un análisis de las profundas crisis que han ocasionado a algunos de sus pacientes las sentencias bíblicas. Me ponía como ejemplo aquella que dice: “Con la misma vara que mides serás medido”. Deben reconocer que esto nos medio angustia a casi todos…

Pero volvamos a los cachos. Los analistas coinciden en que el punto de origen de esta conducta femenina sea probablemente aquella famosa escena que sucedió en alguna calle de Jerusalén, cuando un Jesús colérico —todo cinematográfico él, todo “frase para la historia”— bramó, mientras señalaba a una llorosa mujer que yacía en medio de la calzada:
—¡El que se sienta libre de culpas, que lance la primera piedra!

La historia tradicional, la Biblia que conocemos, cuenta que nadie le lanzó ni siquiera la piedrita más chiquita a la Magdalena… lo que trae consigo dos posibles interpretaciones: primero, que Jesús, aunque tuvo mucho éxito en suertes de magia menor (multiplicar panes, pescado, transformar jícaras, ¿jícaras?, de agua mineral en tinto de Burdeos, operar cataratas con más destreza que Ze Arigó, etc.), no sabía un ápice de psicología de masas y desconocía totalmente la idiosincrasia del pueblo que lideraba o, dicho al modo de Altagracia de Orituco, no le paraban muchas bolas cuando armaba estos dramones en plena vía pública; o, segundo, que en Jerusalén todo el mundo se montaba el cacho hereje…

La otra historia, la que ustedes no conocen y que yo les voy a revelar, ahora tiene su asidero en que el capítulo de la Magdalena, la piedra y los cachos no es exactamente como lo cuenta la Biblia, es decir, que no termina así, con todo el mundo avergonzado, mirando pa’l suelo… sino que ese día le dieron a la Magdalena 23 peñonazos en el coco, dados, 12 por cada uno de sus apóstoles y los otros 11 por unos paisanos de Jerusalén que casualmente presenciaron la escena, mientras que las que miraron pa’l suelo fueron las esposas de los apóstoles… Tanto es así, que los sostenedores de esa tesis argumentan, además, que el primer milagro de resurrección que Jesús realizó no fue el de Lázaro sino el de la Magdalena, que después de los 23 guaratarazos quedó “flay” en medio de la calle. Es más, titulan este episodio como “El día que Jesús mandó a fusilar a Magdalena”.

De cualquier manera las mujeres quedaron con esta raya desde entonces hasta nuestros días… Es por eso que las mujeres casadas, concubinas, con empate regular o cualquier otra fórmula organizativa monogámica se enrollan cuando montan cachos; les da por dejar el marido, dejan al amante para quedarse con el marido, dejan a los dos, etc. En fin, siempre andan con un rollo, ellas son un rollo en sí mismas, así que aléjese de ellas… Déjelas para nosotros, usted necesita paz, tranquilidad. Nosotros no…

Publicado en Letras, julio de 1988

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LA PAREJA IMPOSIBLE

A partir de las teorías de un sexólogo venezolano y un sociólogo norteamericano, se ha elaborado una revolucionaria y aparentemente contradictoria tesis que sostiene que un discreto adulterio masculino es la piedra angular para el mantenimiento de la pareja.

En estos tiempos de crisis, el mantenimiento de la pareja, además de razones efectivas, lleva implícito razones de orden económico, de sobrevivencia casi. Si usted está por casarse, necesita adquirir, por lo menos, una licuadora, una cocina, una nevera, un televisor 13” —preferiblemente con control remoto—, un juego de comedor, un equipo de sonido, cuatro juegos de sábanas, dos almohadas, unas seis ollas, una sartén grande, una sartén chiquita, un jueguito de cubiertos, una vajilla de melamina, un box spring con su respectivo colchón semiortopédico y alguna que otra bisutería electrodoméstica adicional. Digamos que éste es el equipo mínimo para la dura tarea de vivir con alguien.
Estarán de acuerdo conmigo en que un esfuerzo adquisitivo de tal magnitud puede hacerse, en estos tiempos, a duras penas, una sola vez en la vida: en la incompleta lista anterior hay, por lo menos, un millón de devaluados bolívares. La otra opción es hacer un matrimonio country (de contribución), pero esto último es poco glamoroso y es probable que quien le regaló algo quiera intervenir en sus conflictos de pareja, bajo el peregrino razonamiento de que “yo contribuí a eso y tengo derecho a opinar”. Así que es mejor que se haga el esfuerzo alone.

SERRUCHAR QUÉ

El filósofo cubano Silvio Rodríguez, en su obra “La familia, la propiedad privada y la pareja”, propone que, en caso de separación, se deben “serruchar los bienes” escrupulosamente. Pero, a excepción de las ollas, las almohadas y los cubiertos, es realmente poco lo que se puede “dividir” con efectividad. ¿Qué hace usted con el vaso de la licuadora si a ella o a él le tocó el motor? Medio televisor no tiene sentido. Y qué decir de “toma el sofá pa’ ti y yo me quedo con las dos poltronas”.
En conclusión, si uno se lanza a la aventura de vivir en pareja debe procurar que la unión sea para toda la vida, so riesgo, en caso contrario, de bajar irreversiblemente el nivel de vida de la pareja en apuros.
Se impone entonces hacer algo en el sentido de evitar la epidemia de divorcios que sacude la geografía nacional. Ya casi ninguna pareja logra superar el escollo del quinto año. En Feriado, preocupados por la situación, encargaron en mi persona la tarea de realizar un estudio concienzudo que permitiera arrojar luz sobre el asunto y hacer las recomendaciones pertinentes para que perduren las enormes cantidades de promesas de amor eterno que andan desechas por ahí.

Lo primero que hice fue realizar una investigación de campo, en el diseño de la cual conté con la valiosa colaboración de los ingenieros Héctor Gouverneur y Alejandro Hitcher y al arquitecto Eduardo Guzmán. Luego de procesar los resultados, las conclusiones son realmente esperanzadoras: afortunadamente NO TODO EL MUNDO SE ESTÁ SEPARANDO. A Dios gracias hay una pareja posible, resistente como ninguna al corrosivo ácido separatista de estos tiempos.
Of course, no hay que perder de vista eso que los sociólogos llaman “los condicionantes socioeconómicos”: el presente trabajo tiene sentido para parejas clase media, profesionales ambos, cultos y con ingresos aceptables. No tiene sentido extrapolar los resultados a individuos, víctimas del paquete, que vivan hacinados con cinco hijos en un rancho de
3 x 4, con un nivel de vida que los organismos oficiales dan por llamar “pobreza crítica”. El otro extremo tampoco: si usted es demasiado rico o rica, tiene el privilegio de dejar el pelero sin llevarse ni siquiera la ropa. Además, eso de ser rico y casarse siempre me ha parecido un pelón total.

Pero bien, vayamos al grano y veamos cuál es la pareja posible, económica y duradera.

EL SEXO: LA CLAVE DEL ÉXITO

Está suficientemente demostrado que, debido a razones culturales, la mujer sufre con menos rigor que el hombre, eso que el sexólogo Franco Bautitta llama “el desgaste sexual en función del tiempo”, teoría acuñada en su famoso volumen Sexo y comunicación, editado por Abrebrecha en 1989. Bautitta se refiere en su libro a “las cada vez menos ganas (sic) de hacer el amor con su pareja que se siente en la medida que pasa el tiempo”. “Si la pareja —expone Bautitta en su enredada, aunque asertiva, prosa— comenzó a un ritmo de siete sesiones de entrepiernamientos por semana, más la del estribo tempranito en la mañana, a los tres años las estadísticas demuestran que sólo lo hacen tres veces por semana y never estribo” (en inglés en el original).

Partiendo de esta premisa de Bautitta, mi equipo y yo realizamos la mencionada investigación de campo sobre una muestra representativa de los dos millones de lectores que tiene Feriado cada domingo, intentando resolver la siguiente interrogante: después de dos años de casados, ¿quieren ambos, hombre y mujer, hacer el amor, con la misma intensidad?

Los números brutos encontrados por nosotros coinciden con el estudio de Bautitta: tres veces por semana, pero discriminando el estudio por sexo encontramos que la situación es la siguiente: la mujer, aún luego de dos años, quiere hacerlo ¡cinco! veces por semana, mientras que el hombre una sola vez y a regañadientes. Sumando cinco y uno y dividiendo entre dos es de donde sale el confuso “tres” de Bautitta.

En realidad, el descubrimiento no es nada nuevo. Es común que al hombre que se va a casar sus amigos ya casados le digan, previa palmadita solidaria en el hombro, “ya vas a saber lo que es tirar sin ganas”.
Es bueno recalcar también que los hombres pertenecientes al sector social objeto de este estudio son excelentes maridos: comparten con su mujer todas las tareas domésticas menores como fregar, lavar, cocinar y coletear; la educación de los hijos, amén de que coadyuvan activamente para que su mujercita se incorpore a la rueda de la historia, según los postulados de las teorías feministas ya no tan modernas. Es decir, es un hombre que vale la pena para cualquier mujer mantenerlo a su lado.

CÓMO HACER

El método de sobrevivencia de la pareja fue atisbado por un sociólogo norteamericano, Howard Chang, quien en un seminario lanzó la revolucionaria tesis que sostiene que “hay un tremendo efecto reproductor de las ganas de hacer el amor que da el hecho de mantener una relación extrapareja de vez en cuando”. En otras palabras, el atrevido Chang afirma que los cuernos, en vez de separar, unen, si las cosas se hacen como se deben hacer.

La interpretación de los resultados en el contexto venezolano sugiere que los llamados “cachos” deberían ser montados únicamente por el hombre, quien es el que sufre con mayor rigor los embates del tiempo sobre el deseo sexual hacia su pareja. Si a la mujer, teniendo, como las tiene, ganas cinco veces por semana, se le incentiva esta copiosa actividad sexual podría generarse una situación hasta de peligro físico para el hombre, producto de un eventual y desbordado deseo de su mujer.

LOS RESULTADOS

Las mujeres consultadas sobre si tolerarían un discreto cacho de su marido para salvar su pareja opinaron de la siguiente manera: el 57 %, impregnada del odioso igualitarismo sexual de estos tiempos, respondieron que “sí”, a la vez que reclamaron ávidamente su derecho a hacer lo que ellas consideran “lo mismo”. Bien sabemos, con toda la fortaleza que nos da a los hombres de este lado del mundo 1992 años de tradición judeocristiana, que “no-es-lo-mismo”. ¡Por favor! Las mujeres que se empecinan en decir que “es lo mismo” suelen llamarse “divorciadas”, de la misma manera que las parejas que usan el método del ritmo como anticonceptivo suelen llamarse “padres”.

El 22 % afirmó que no aceptaría tal situación, “porque el amor, la honestidad y la sinceridad son valores esenciales en la pareja”. Este tipo de mujeres, defensoras de la exclusividad, son las llamadas desgarradas y están constitutivamente hechas para el sufrimiento. Muchas de ellas son ingenieras, médicas o arquitectas.
El 19 % afirmó que sí toleraría una discreta infidelidad de su marido, “sin que exagere, por supuesto”. Este tipo de mujeres suelen ser inteligentes, maduras y exhiben como rasgo característico de su personalidad, según los postulados del Análisis Transaccional, una deliciosa combinación de “niña libre con niña adaptada positiva”. Las periodistas y las psicólogas pertenecen a este sector.

Finalmente, el 2 % contestó que “soy yo quien le monta cachos al imbécil de mi marido”. Esta conducta, que personalmente apruebo en toda mujer, siempre y cuando no sea la mía, puede ocasionar no solamente la inmediata ruptura de la pareja sino la rotura de algunos huesos de la audaz mujer, dada la insana costumbre de algunos hombres de resolver este tipo de conflictos a tequichazo limpio.

La recomendación para los hombres que intentan salvar su matrimonio por la vía cachista, es que lo de discreto debe ser en serio. Nada de aparecérsele a la mujer a las 4 de la mañana con golfeados de El Junquito, todo mordidos, con la peregrina frase: “Mi amor, te traje estos golfeados, ¡es que me daba lástima que se perdieran!”; o dejar olvidados en el carro cartelitos de esos que dicen: “Papi no corras. Cortesía del Motel Orquídea”.
Además, hay un problema de vanidad femenina incluido. ¿Qué mujer se va a sentir feliz con un hombre que sólo fue capaz de levantársela a ella? ¿Quién se va a sentir bien sabiéndose el único chance de alguien? Casarse y vivir con un seductor es, pues, fuente de orgullo familiar.

Publicado en Letras, abril de 1989

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