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DE PEDRO CHACÍN / ILUSTRACIONES L. “RAZOR” BALZA

 

Contrariamente a lo que muchos creen, la seducción no es solamente cuestión de feeling, como acuñaran a dúo hace algún tiempo Melissa y Ricardo Cocciante. Hay algo que incluso va más allá de lo meramente estético. Claro que el envoltorio ayuda bastante, no vaya a creer: usted levantará más si se parece a Jean Carlo Simancas en vez de al profesor Maza Zavala, con todo y el prestigio académico del ilustre intelectual.

Pero lo que sí es seguro es que el asumirse como seductor es un paso fundamental. Feriado, consciente de su responsabilidad social, entrevistó a uno de estos especímenes, para que de algún modo sirva de guía a ese amplio batallón que se ha pasado la vida mirando a las chicas de lejos.

Roberto C. es un joven ya no tan joven  —aparenta menos edad de la que tiene. Su estatura es ligeramente superior a la del promedio (1,75) y posee un cuerpo que, sin ser definitivamente atlético, suponemos es bastante atractivo para las mujeres. Por este lado abrimos fuegos…

—¿Es imprescindible tener un cuerpo atlético?

—La ausencia de barriguita es fundamental para un seductor, pero, si alguien la tiene, no es una contingencia irremediable. La barriguita se puede convertir, en determinados casos, en parte del aditamento de un intelectual de fino humor, en caso de que uno posea el don de ser extremadamente ingenioso. Pero yo pienso que esta es la vía más complicada: para no tener barriga basta con 10 abdominales al levantarse y 10 al acostarse. En cambio para ser un intelectual de fino humor, hay que echarle bolas toda la vida, mi llave.

—¿Qué es para ti la seducción?

—La seducción es como una miniobra teatral que se ejecuta con diferentes actores todos los días. Cada quien debe aprenderse bien su papel para que resulte exitosa. No se puede participar en una obra de teatro con el libreto equivocado. Imagínate lo que ocurriría si el actor que hace el papel de
Hamlet, en ese instante crucial en el que pronuncia pensativo “To be or no to be, that’s the question” dijese más bien “el que le pega a su familia se arruina”, sería un desastre, ¿no?

—¿Y eso qué tiene que ver con la seducción?

—¡Cómo que qué tiene que ver! ¿Es que tú crees que todas las mujeres son iguales? Mira, panela, si quieres ser un cazador, éste es el primer paso: tienes que descifrar cuál es la obra que la nena ha decidido ejecutar en su vida. Mientras más obras conozcas, más chances tienes. Es imposible sabérselas todas, pero con cuatro o cinco de las más comunes tienes para batear más de trescientos cada temporada…

CLARO QUE EL ENVOLTORIO AYUDA BASTANTE, NO VAYA A CREER: USTED LEVANTARÁ MÁS SI SE PARECE A JEAN CARLO SIMANCAS EN VEZ DE AL PROFESOR MAZA ZAVALA, CON TODO Y EL PRESTIGIO ACADÉMICO DEL ILUSTRE INTELECTUAL

—¿Cada temporada?

—Sí, cada temporada. Yo me muevo, fundamentalmente, en el medio universitario y ahí cada temporada de “caza” dura un semestre.

—¿Cuáles son las “obras” más comunes?

—Bueno, no es que tengas un guión así superestricto, pero digamos que me refiero a la orientación general. Si te asumes como seductor debes tener un repertorio que incluya rutinas de conversación sobre los siguientes estereotipos: las luchadoras sociales (pululan en la universidad), para las sensibles ecológico-vegetarianas (esas que ven un perrito sarnoso en el suelo y lo cargan y lo besan), las me-muero-esperando-y-yo-sé-que-llegará-mi-príncipe-azul (éstas son las más fáciles, basta con que les digas que te vas casar con ellas y caen. Ojalá todas fuesen así), las “echadas pa’lante” (aquellas que son una especie de mezcla entre Fedra López y Simone de Beauvoir, buenotas e inteligentes. Son de temer) y las “cabeza hueca”, que sólo valen la pena si están buenísimas porque son terriblemente fastidiosas.

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—¿Éstas son todas?

—Yo te dije que es imposible manejar todas las variables, pero estas cinco conforman un 80 %- del universo. Es imposible manejar todas las variables. Si algún día te sale una que ande empatada en el estudio de los usos de los almidones de yuca en la lubricación de roscas de taladros petroleros, tienes dos opciones: o te metes un puñal del tema o te buscas otra. De repente sería bueno tener alguna rutina sobre deportes, pero a mí las deportistas no me gustan. Siempre andan sudadas y en mono, como si acabaran de darle 20 vueltas al estadio Olímpico.

—¿No crees que exageras la importancia del “discurso”?

—Mira, chamín, reconozco que hay gente que se las levanta a punta de físico, el niche Franklin Vírgüez, por ejemplo. Pero ése no es mi caso, yo tengo que hablar, parlamentar, persuadir, seducirlas…

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—¿Hay algún tipo de clasificación física?

—Bueno, pana, te advierto que estamos hablando de chamas más o menos buenas para arriba. Las feas, o las que se consideran más feas que el promedio, son otra cosa. Aunque hay varios tipos de feas y fíjate que yo me he empatado con un par de ellas, y te juro que son las únicas veces que me he sentido medio enamorado. Pero no me exhibí en público con ellas. Las mujeres te catalogan a ti según la última mujer con la que estuviste empatado y si ésta era una fea, te jodiste, todas creen que eres un pendejo y nadie se empata con un pendejo… ¡salvo otra fea! Si caes en un slump de este tipo, en una cadena de éstas, lo más probable es que termines casado. Por el contrario, si te empatas con una chama bonita eso te da prestigio entre las demás, sobre todo si la dejas despechada.

—¿Y desde el punto de vista de la edad …?

—Ah, otra cosa, panela: yo te estoy hablando de chamitas de 22, 23 a los sumo. De ahí para arriba el procedimiento es otro y, en lo que a mí respecta, ya me parecen viejas.

—¿Por qué tan jóvenes?

—Porque ésas son a las que les faltan más barajitas, tienen el álbum vacío.

—¿¡!?

—La vida es un álbum, pana, que uno va rellenando poco a poco y, como en todo álbum, con el tiempo tú vas acumulando un montón de barajitas repetidas. Si tú tienes 30 años (el que no tenga su álbum lleno a los 30 años, está jodido) te faltarán un par de barajitas y tienes un cerro de repetidas. Cualquiera de éstas se la das a una chama de 20 años y se deslumbra por ti. Total, como a todo coleccionista, lo que a uno le sobra son barajitas repetidas… Así es la vida, te pasas años rellenando un álbum para ganarte un balón de fútbol y cuando sacas la cuenta has gastado en barajitas repetidas el equivalente a diez balones…

—No te pongas filosófico, sabes que no es tu fuerte. ¿Y esas que tú llamas viejas?

—Supongamos una de 30 años, porque de ahí para arriba son abuelitas. Las de 30 tienen el álbum igual de lleno que uno. Si le salgo con una barajita repetida me va decir “la tengo” y en seguida me manda al carajo. Son implacables y andan en busca de la originalidad. Y lo peor es que le faltan el mismo par de barajitas que a uno. Con ellas hay que ser sincero, salvo que quieras hacer el ridículo. Imagínate tú escribiéndole de mesa a mesa en una servilleta a una de 30, algo así como “Cuando te vi sentí que una sorpresa se me anudó en el pecho, no te conozco pero siento que tenemos una historia en común, escrita en algún lado”. Con esta frasecita yo me he raspado a varias chamas. Te confieso que a veces me da pena, pero qué le vamos a hacer si ese es el nivel promedio. Por cierto, si Feriado se lee tanto como tú dices, no voy a poder usar más el cuento del nudo en el pecho porque me van descubrir. Aunque te digo, la fama de seductor no es mala, todo lo contrario, es buenísima. Pero no ésta que me estoy dando yo en la entrevista, sino la del seductor buenanota, sincerote, franco, aunque en realidad sea un mentiroso empedernido. De paso, esta es otra clave, mentir: hay que tener pendiente que se está repitiendo un guión y ello pasa por decir algunas mentiras.

manual 04—¿Tú mientes a menudo?

—A menudo no, siempre. Fíjate: una vez me levanté a una chama y al par de semanas ya no dábamos para más y se lo dije. La chama, luego del respectivo lloriqueo (días antes me llamaba su brujo, su ángel: cuando uno es joven es extremadamente cursi), pasó a la ofensiva y me dijo: “Sí me hubieras dicho desde un principio que lo único que querías era acostarte conmigo, todo habría sido más sincero”. Le contesté: “Sí, hubiese sido más sincero, pero terriblemente inefectivo”. Y por supuesto: nadie que ande por el mundo diciendo “¡Chama, esa totona ahí!” tendrá éxito como seductor. Hay que conversar, y si la chama le pregunta a uno “…pero, ¿tú me quieres?”, no responder simplemente “Sí”, como un pendejo, sino decir inmediatamente “Que jode, mi vida, tanto que no me lo explico”. La elocuencia es fundamental.

—¿Y por qué haces todo esto?

—¿Cómo que por qué? ¡Lujuria, panita!, la sola y única lujuria. Soy un auténtico caso de psiquiatra. Estoy subyugado por la idea de la penetración, de la socavación, de la sojuzgación fálica. Si no hubiese nacido con esta facilidad que tengo para horizontalizarlas por las buenas, ya hace años que purgara alguna condena por violador…

—¿Eres feliz?

—¿Qué?

—Que si eres feliz…

—La pusimos. Ahora el que se puso filosófico fuiste tú. ¿Qué tiene que ver la felicidad con que tú te tires más mujeres que el promedio de los hombres?

—Me refiero a si en el fondo no te sientes profundamente solo…

—Mira, esa barajita, la de la soledad, la tengo y repetida un montón de veces. Y déjame decirte que no falla, es infalible. Te recomiendo su uso indiscriminado en el target “hija de papá y mamá, vive en el este y anda en busca de una esencia de la vida”. Repartes un par de ellas en, por ejemplo, los alrededores de la plaza Morelos y el Ateneo, y te aseguro que no te vas liso. Algo agarras…
Publicado en Letras, febrero de 1991

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