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DE PEDRO CHACÍN / ILUSTRACIONES FRANKLIN ALVIÁREZ

CÓMO LEVANTARSE A UNA FEMINISTA

En realidad, no creo que haya nadie interesado en levantarse una feminista, un sector totalmente old fashion del universo femenino. Sin embargo, como las conocemos y sabemos que nos han dedicado furiosos comentarios por este Manual del levante, las incluimos en la serie para que no nos tilden de segregacionistas, aunque un amigo me dijo, luego de leer el original, que estaba arriesgando la vida. “Total —le contesté—, yo siempre he querido ser corresponsal de guerra”. Aquí vamos.

19,8X16,6_1CÓMO RECONOCERLAS

Las feministas son el grupo de mujeres más fáciles de reconocer, ya que, como quieren que se les valore por su intelecto y no por su cuerpo, no se cuidan absolutamente nada. Como consecuencia, por lo general, están rellenitas, a mi juicio, causa fundamental de cierta amargura que las acompaña perennemente. Otra consecuencia de esa manera “rellena” de andar por el mundo es que casi ningún hombre les para y, por consiguiente, se dedican a odiarlos. Contradictoriamente, casi todas están casadas, invariablemente, con un “sometido”. Usted sabe, cada día sale un pendejo a la calle, y si lo agarra una feminista es de ella.

Sin embargo, el sello de identidad más característico de una feminista es su vestimenta: muy frecuentemente se envuelven en gigantescas batas guajiras de vistosos estampados, costumbre que ha hecho millonarios a los fabricantes de este tipo de atuendos, ya que cada bata necesita por lo menos 30 metros de tela para confeccionarla. Además, calzan siempre unas chancleticas de cuero y usan un bolsito tipo nido de arrendajo en tres colores. Son tan peculiares cuando salen ataviadas con este, su uniforme de guerra, que no dejan de recordarme a Ignatius Reilly, el héroe simpar del libro La conjura de los necios.

Cuando prescinden del atuendo descrito, se las puede identificar por ausencia de maquillaje y el pelo largo con permanente. Algunas veces usan solo un discreto delineador en el párpado inferior. Vaya a saber usted por qué lo usan solo abajo. Estimo que debe ser algún código secreto del movimiento. Pero ojo: las ecológicas vegetarianas —que les prometo para una edición posterior— suelen vestirse muy parecido, por lo que tienden a confundirse. Para despejar la duda, usted solo tiene que estar atento a que la fémina levante el brazo: si le ve abundante vellosidad axilar, estamos en presencia de una feminista: las axilas de las militantes por los derechos de la mujer jamás serán holladas por una Prestobarba o una Gillette Track II.

DÓNDE ENCONTRARLAS

Bueno, ya dijimos que son intelectualosas, por lo que rondan sitios como el Ateneo, Teresa Carreño y demás salas de teatros y conciertos. Pero si a usted no le da nota ir a estos sitios, vaya a los bares o pubs de moda que también les gustan muchísimo y a los cuales suelen ir en piquetes de a dos feministas. Las he visto con sus inmensas humanidades, sentadas en los pequeños tabureticos, un total prodigio de equilibrio, balanceándose con un trago en la mano, mirando aviesamente a los hombres: es una visión aterradora, con solo acordarme se me pone la carne de gallina.

6,3X15,4_1CÓMO LEVANTARLAS

Este es uno de los puntos álgidos del tema: las feministas son definitivamente mujeres inteligentes y, con el cuento de la liberación femenina, se molestan mucho cuando alguien las intenta seducir; es que se sienten objetos sexuales y eso las hace rabiar muchísimo. Acostumbran decir “yo decido sobre mi cuerpo” y han acumulado una gran experiencia, lo que las hace un hueso difícil de roer. Una amiga mía dice que las feministas se parecen a la bandera de los Estados Unidos: las han clavado hasta en la Luna. En otras palabras, tienen completo el álbum de su vida. A lo sumo, les faltará un par de barajitas, que nadie consigue hasta que se muere.

Pero existe una brecha en la monolítica convicción de las feministas: les encanta un gafo. Es decir, un hombre que lave, planche, cocine y hasta preste la batea. El idiota perfecto, pues.

De tal manera, entonces, que una buena estrategia es invitarlas a comer —cosa que les encanta, ya lo dijimos— e ir propiciando el siguiente tipo de situaciones: cuando termine de comer haga el aguaje de que va a recoger la mesa, deténgase de repente, finja estar confundido y hasta sonrójese, si su histrionismo da para tanto, y diga, apenado:

—Disculpa, es que estoy tan acostumbrado a recoger la mesa y fregar…

Ella dirá inmediatamente, arrebolada, enternecida… y al acecho:

—No importa, no te preocupes —y añadirá descuidadamente—. ¿Tú vives solo?

Esta pregunta debe responderse con mucha cautela. Si usted confiesa que sí, la cosa no tendrá mayores méritos ya que, forzosamente, tendrá que fregar, a menos que quiera convertirse en una especie de versión moderna de Cien años de soledad y las cucarachas se lo lleven en hombros, como las hormigas al último de los Aurelianos. Si contesta que no, diga que vive con una hermana, o una amiga. Tiene más méritos fregar cuando uno vive con una mujer que con un hombre. De seguidas, usted puede ahondar en todas las tareas domésticas que realiza. Las feministas viven manejando el discurso de la opresión sexista que, invariablemente, la representan en la escoba, la mopa, el coleto, la plancha, etc. He descubierto que, en el fondo, lo que son es flojísimas, lo que podrá usted comprobar cuando logre ir a su casa, terriblemente desordenada porque nunca tienen “tiempo” para ocuparse de los, para ellas denigrantes, oficios domésticos.

De cualquier manera, nunca le diga a una feminista que vive solo. Corre el riesgo de que le apliquen lo que Roberto Malaver llama “estrategia de baja intensidad para instalarse”: al primer día se les queda “olvidado” un pañuelito, luego una blusa y más tarde traen una muda completa “para cuando me tenga que quedar, mi amor”. Si deja que hagan esto, sacarlas luego será imposible, y lo más probable es que usted termine “maleteado”. En otras palabras, un buen día se encuentra su maleta en la puerta, las cerraduras cambiadas y la feminista se queda con todo.

Por esto, con las feministas es mejor practicar lo que ese eminente sociólogo ítalo-venezolano denomina “amor de hotel”. Es más caro, pero usted no perderá la casa y sus coroticos.

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CÓMO QUITÁRSELAS DE ENCIMA

Probablemente le parezca un tanto extraño este subtítulo, pero es que, literalmente, a las feministas hay que sacárselas de encima. Existe un método infalible. Como integrantes de un contingente femenino muy sociable, a las feministas les gusta realizar veladas con sus amistades. Aproveche una de estas reuniones y, cuando comience la cantadera —las fiestas feministas siempre terminan con canciones de Alfredo Zitarrosa y Edith Piaf—, diga que usted quiere recitar un poema que le gusta mucho. Sin esperar a que le digan que empiece mándese con “La leyenda del horcón”, un poema argentino ultramachista en donde un gaucho mata a la mujer, la descuartiza y la entierra “en la pata de un horcón” solo porque la encontró con otro.

Otro recurso es agarrar un cuatro y cantar “Juan Charrasqueao”, a lo Pedro Infante. Pero lo que da resultados más seguros es fingir estar muy borracho y provocar con su novia feminista una discusión por cualquier banalidad y decirle de improviso, interrumpiendo una de sus argumentaciones: “¡Mira, chica, mejor es que te calles porque si no, cuando lleguemos a la casa, te voy a dar unos coñazos para que aprendas a respetarme!”. ¡Horror! Un hombre que le pega a las mujeres en una guarida feminista. Si logra salir vivo de la casa, ya puede considerarse el felicísimo exnovio de una Anaís Nin de por estas calles.

Publicado en Letras, mayo de 1991

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