HOY, HACE 23 AÑOS, CAMBIÓ DE PLANO EL PERIODISTA PEDRO CHACÍN. PERO ANTES DE IRSE DEJÓ UNA SERIE DE REFLEXIONES SOBRE LAS RELACIONES DE PAREJA, EL SEXO, EL AMOR, LA INFIDELIDAD, EL ROMANTICISMO Y, SOBRE TODO, SUS TÉCNICAS DE SEDUCCIÓN CON LAS MUJERES. ESPERAMOS LES SEAN ÚTILES

DE PEDRO CHACÍN/ILUSTRACIONES JESSICA MENA

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SÓLO PARA MONÓGAMOS

“CARIÑO MÍO, NO SÉ QUÉ HACER”

Cuando uno oye trinar a la San Basilio, este delicioso himno al adulterio femenino, lo único que no se entiende es cómo, después de decir cosas tan hermosas como “él (el amante) es el viento”, “tú (el marido) eres mi puerto”, “a ti (el marido) te quiero”, “por él (el amante) me muero”, termina diciendo que “no sé qué hacer”.

Y no se entiende porque la Paloma en cuestión está proclamando justamente lo que debe hacerse cuando uno quiere preservar una relación monogámica: ¡montarse cachos!

En efecto, un revolucionario estudio, realizado por el eminente sexólogo Howard Chang, ha puesto en el tapete la importancia de los cachos en las relaciones de pareja, con lo cual amenaza derrumbar los argumentos de los que se oponen al adulterio, desde los tiempos de María Magdalena hasta nuestros días. El doctor Chang, al igual que su hermano el astronauta, es nativo de Altagracia de Orituco, y estudió segundo grado con el presidente adjunto del Centro de Estudiantes de la Escuela. Aprovechando tal circunstancia, “Letras Quincenal” ha logrado entrevistarlo en exclusiva, y además obtener su autorización para publicar, como primicia mundial, su famosa “Tabla de Chang para el Cálculo de los Dígitos Sexo-Afecto”.

Explica el doctor Chang que “todas las relaciones monogámicas comienzan por un atractivo sexual: la gente no se quiere, se coge. Todo consiste en intercambiar sudores, secreciones, el resbalar de un cuerpo sobre el otro, falo y hendidura, brecha y pértiga. Luego, con el paso del tiempo y al estabilizarse la relación, comienza a nacer el afecto y, desde la derrota de los defensores de la generación espontánea, sabemos que todo nace a expensas de algo. Si lo que había era sexo y comienza a nacer afecto, éste tiene que nacer a partir de aquél, y crece a sus expensas”.

“Un hijo —acota Chang con ojos brillantes— es el mejor ejemplo de cómo el mete y saca ancestral se transforma en ternura, en afecto, en tuna catuna tuna y payasito saltarín de dónde saliste tú.

A continuación transcribimos la llamada Tabla de Chang, con sus correspondientes instrucciones para que cada quien pueda calcular sus dígitos sexo-afecto y tomar las medidas necesarias para salvar su relación.

CUADRO MANUAL DEL LEVANTE 176

MODO DE USAR LA TABLA:

Sume los puntos del afecto. Reste esa cantidad al 100 por ciento de sexo, con el que usted comenzó su sana relación. Esos son sus dígitos sexo-afecto según el método Chang.
Un ejemplo. Tomemos una parejita que está en “aquello” y tienen su 100 por ciento de sexo sabroso y sudado… pero deciden vivir juntos (10 puntos al afecto), compran una licuadora Oster (2,5 más para el afecto), adquieren su neverita, cocina y lavadora (9 puntos para el afecto), andan siempre juntos para arriba y para abajo, tienen tres años “viviendo” y un hijo. Todo esto suma un total de afecto de 59 puntos que, restados al 100 por ciento inicial, deja al sexo en sólo 41 puntos. O lo que es lo mismo: se quieren más de lo que se cogen.
Si se desea mejorar el puntaje del sexo, es muy sencillo: basta con que cada uno se monte cacho cinco veces. En total serían 10 cachos que, multiplicados por el valor de cada cacho, da un total de treinta puntos que se le suman al sexo y se le restan al afecto. Los nuevos dígitos serán entonces 41+30=71 puntos de sexo versus 59-30=29 puntos de afecto, es decir, se quieren menos pero se cogen más: su relación está salvada.
Finalmente, el doctor Chang advierte que el efecto multiplicador del cacho sobre el sexo sólo dura tres meses, por lo que para mantener constante un alto nivel sexual hay que estar montándose cachos toda la vida. Por esta razón algunas parejas prefieren divorciarse o separarse, lo que origina otra serie de fenómenos (angustia, estrés sexual, promiscuidad, etc.), profundamente estudiados en el best seller Surmenage postdivorcio, o no hallo de qué palo ahorcarme, del reputadísimo doctor John Bull.
Tal obra será motivo de nuestro próximo comentario.

Publicado en Letras, abril de 1987

SÓLO PARA FEOS
TEORÍA DE LAS SUBRUTINAS (REFLEXIONES DE UN SEDUCTOR)

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¿Es usted medio feo, casi gordo, semipobre y a pesar de todo aspira a tener “éxito en el amor”, como dice Delia Fiallo? ¿No es usted tan feo, pero se le atrofia la lengua cada vez que intenta comunicarse con la portadora de “ese oscuro objeto del deseo”? ¿Mira ya usted con más odio que resignación el grafiti que adorna las paredes del baño de varones de Comunicación Social y que sentencia, filosófico: “No te des mala vida, amiguito: practica con las feas”? Si a alguna de estas preguntas, o a todas ellas, su repuesta es sí, lea este artículo.

No le alcanzará la vida para agradecérnoslo.

No hay de qué.

Tal y como indica nuestro antetítulo, si usted es un tipo lindo, “pechocho”, alto, rubio o moreno, un mango, pues, haga caso omiso de estas normas: usted se las levanta a punta de físico. Pero si siendo bonito, se siente medio gafo, tan gafo que le han dicho varias veces como le dijeron a Yordano (“sale, niño, para mí tú eres sólo…” etc., etc.); o si, finalmente, usted es chiquito, medio gordito, tirando a feo, aquí le van unas reflexiones que le pueden ser muy útiles a la hora de relacionarse con el sexo opuesto o con su mismo sexo, si es su gusto, ya que estas líneas están escritas desde el punto de vista de un heterosexual, pero igual le servirán si usted es homo o bisexual. Este es, en consecuencia, un artículo democrático y unisex.

LA TÉCNICA

En informática, se denominan subrutinas a secciones de un software que tienen aplicaciones concretas sin necesidad de correr todo el programa. Igualmente, en el arte de la seducción, las subrutinas son estructuras prefabricadas con aplicaciones aún más concretas: introducirle “pulgadas de carne llorando”, como dijo Neruda, a otro ser humano; cogerse a alguien, pues. Se trata entonces de que usted monte una serie de maniobras teatrales (que no otra cosa es la seducción) que le permitan llegar a ser algo imposible: un hombre múltiple, deportista, intelectual, político, científico, sin ser ninguna de esas cosas realmente. ¿Que cuál es la necesidad de saber todas estas cosas? Se la demostraremos con un sencillo ejemplo. Supongamos que usted es un gran deportista. Por supuesto, sus principales conquistas las realiza en el medio en el cual se desenvuelve. Pero, ¿y si le llega a gustar, por ejemplo, una intelectual? A ésta no la podrá horizontalizar hablándole de la pelea Leonard-Hagler, o de la lesión de Luis Salazar. Por el contrario, tiene que hablarle en su lenguaje.

Justamente, el objetivo de este artículo
—primero de una serie— es ofrecerle los lineamientos generales de la subrutina para desvestir a ese curioso, delicioso, sabroso y, pasados dos meses, fastidioso espécimen de mujer que llaman “intelectual” (o “intelectuala”, como les dicen en Altagracia de Orituco).

METODOLOGÍA

En primer lugar, como diría Lenin Molina, defina bien “el problema”. Catalogue bien a su víctima, busque una información completa. Si no, le puede ocurrir lo que a un amigo que, basado en que la chica con la que iba a salir era “de izquierda; profundamente preocupada por los problemas del país”, se lanzó con la rutina general para las izquierdistas y, después de tres horas con ella, se enteró de que la niña era del PCV. “Me di cuenta de que era un auténtico jonrón, no me la iba a coger ni guindándome de los tubos”. Aludía aquí, mi desconsolado amigo, a esas grandes jugadas que se realizan en el Universitario y que consisten en “robarse” un jonrón impulsándose con el brazo de lanzar hacia arriba, apoyándose el jugador en los tubos que forran la barda superior del estadio. Nuestro querido amigo, por información defectuosa, se equivocó de rutina: para las nenés del PCV hay una rutina específica que describiremos en un futuro artículo. La patente de esta rutina pertenece (adivinen…), sí, al doctor John Bull.

RUTINA PARA INTELECTUALES

Una clásica rutina para intelectuales tiene como ingrediente básico el humor. Las mujeres intelectuales son, en su mayoría, un poco tristes, quizá porque saben mucho y para andar feliz por ahí hay que ser por lo menos medio caído de la mata, como uno. Así que si logra hacerla reír tiene medio trabajo hecho, pero tampoco se preocupe demasiado si usted es un careculo sin humor: cópiese pedacitos del humor de sus amigos más avispados y vaya estructurando su propia rutina.

Además, es importante aprenderse varias cositas de los grandes nombres de la pintura, política, literatura y filosofía. ¡Pero sólo pequeñas cositas! No vaya a pasarse de entrenamiento y se nos convierta usted en un intelectual de verdad. Esos lo único que cogen son arrecheras.

Respecto a la forma de hablar, debe tener la vehemencia de un Petkoff, pero sin llegar a ser tan machote. A las intelectuales les gusta que uno tenga sus… mariqueras, digamos. Quizá eso explique el éxito de Edmundo con este sector del universo femenino. Pero, ¡ojo!, no se vaya a partir totalmente. La oculta esperanza de este tipo de mujeres es encontrarse con un tipo fino, culto, pero que las jamaquee bien: una especie de simbiosis entre Rocco Mangieri y John Wayne. A ellas les encanta el desparpajo, ese aire perdido y poético en la mirada. Ensaye esa expresión durante horas frente al espejo, mientras exclama: “¡Qué bolas tiene McLuhan!” o “¡Qué bolas tiene McBride!”, de acuerdo a sus preferencias.

Por último, renuncie al ideal romántico. La única rutina exitosa es aquella instrumentada con frialdad, premeditación y alevosía. Así que métase a farsante.
Eso sí, si guarda usted algún parecido físico a Maza Zavala olvídese. Es usted un seguro candidato al Tiburón, al Cazador o al Mono Dorado. O peor aún, a casarse con el primer “pescao” que le pare la colita.

Publicado en Letras, mayo de 1987

ÉPALE 176

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