ÉPALE296-MARCEL MACRCEAU

EL MIMO MÁS UNIVERSAL DE TODOS LOS TIEMPOS ESTABA CONSCIENTE DE SER UN CRONISTA DE SU ÉPOCA. EL ENIGMA Y RAZÓN DE SU ARTE: NARRAR TODO UN SIGLO SIN DECIR NI UNA SOLA PALABRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Bip (el Marcel Marceau transfigurado en personaje) sí habló una vez ante las grandes masas, y fue para decir: “No”. Ocurrió durante una película aparatosa y más o menos olvidable de Mel Brooks. Tuvo su gracia y su ingenio el episodio; la película era silente, un homenaje al cine mudo, y el único que pronunció una palabra en sus 90 minutos fue Marceau.

Hemos llamado “el mimo más universal” a quien acaba de cumplir 11 años de fallecido, y aquí conviene detenerse a pensar qué cosa es lo que hace universales a los microscópicos seres de este microscópico planeta. Inevitablemente nos arrastra la historia conocida hacia la influencia de los medios, de la interesada promoción de algunos personajes por parte de poderosos y adulantes. Pero también viene a la mente el hecho de que a varias luminosas personalidades se les intentó silenciar, sepultar, opacar, y acá es donde refulgen los legendarios auténticos. A docenas de esclavizados insurrectos se les descuartizó y sepultó, pero de esos fragmentos y sepulturas se levantaron ejemplares que la Historia no olvidará nunca, desde Espartaco hasta Mandela, pasando por Andresote, Toussaint Louverture y miles de emblemas libertarios. Del otro lado del espectro, miles de burgueses o aburguesados se convirtieron también en íconos, lo mereciera su talento o no, apoyados casi siempre por una maquinaria de promover figuras: desde Chaplin en adelante, todos los tótems de la teatralidad y la industria del espectáculo en el siglo XX.

SE ESTRENÓ COMO ACTOR EN LAS CATACUMBAS DE LA II GUERRA MUNDIAL; SU MISIÓN ERA ESTABILIZAR EL SISTEMA NERVIOSO DE MILES DE FRANCESES QUE NO PODÍAN PERMITIRSE UN ATAQUE DE PÁNICO EN MOMENTOS CRÍTICOS. NO PODÍA SU ARTE, POR LO TANTO, SER FRÍVOLO O SIMPLE ADORNO DE SALONES

A medio camino entre el ícono secuestrado por las clases medias y el juglar callejero, que decía con el cuerpo lo que otros querían gritar en estruendos apocalípticos, surge este nativo de Estrasburgo a dictar cátedra en el arte de jugar a las caligrafías corporales, no desde los laboratorios del arte facilón que arranca risas idiotas, sino desde la puta calle y la puta guerra. Marcel Marceau se estrenó como actor en las catacumbas de la II Guerra Mundial; su misión era estabilizar el sistema nervioso de miles de franceses que no podían permitirse un ataque de pánico en momentos críticos. No podía su arte, por lo tanto, ser frívolo o simple adorno de salones.

Sin embargo, con Marcel Marceau ocurre lo que con miles o millones de creadores genuinos, quienes fueron imitados y secuestrada su imagen por una industria llena de sifrinos y comemierdas. El arte del mimo es imitable, como todas las artes originarias; no de gratis ha sido proclamado “padre de la tonada” un mercachifle que en su puta vida ordeñó una vaca; no en balde millones de personas siguen creyendo que “eso” que resulta de amasar una harina precocida inorgánica e insípida es una arepa; no es casual que todavía quede quien llame “vallenato” a esa mierda que maúllan unos patiquines en las radios desde los 90 para acá. Una vez Chaplin fue a Francia, de incógnito y con el único fin de pasar unas vacaciones. Se enteró el actor de que había un concurso de imitadores de su personaje, Charlot, y sus amigos lo animaron para que se presentara en el certamen como un participante más. Chaplin aceptó y fue a hacer su trabajo sin ser reconocido. Tuvo suerte: su actuación mereció el tercer lugar.

Marceau dijo en una entrevista: “No veo grandes diferencias entre los mimos del mundo. Las expresiones de dolor o alegría son iguales por doquier; es lo que brinda pureza al arte del mimo. Las señas convencionales abren espacio a variantes: mover la cabeza arriba o abajo significa sí o no; están los típicos signos manuales, como inclinar la espalda, giros de brazos, etcétera; pero la emoción no conoce fronteras”. Así que han proliferado por millardos las imitaciones de Bip y, muy probablemente, alguno haya alcanzado una perfección técnica similar o superior a la del original. Pero ninguno supera a Bip-Marceau en lo esencial: en lo telúrico y humano de su origen, en la inmensidad de su propuesta y en la conciencia de su misión sobre la Tierra.

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