ÉPALE281-MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Casi todos los insultos que profiere el común de la gente hispanohablante se refiere al sexo y a sus alrededores: desde el tibio y en apariencia pueril “tonto” hasta la muy grave invocación al coño de tu madre, casi toda palabra o expresión que ofende, incomoda y arrecha tiene que ver con alusiones al sexo, la sexualidad y esas partes que por ahí llaman “íntimas”, tal vez con la esperanza de que sean respetadas. En esa quincalla de la agresión verbal toda Latinoamérica sigue echando mano, o lengua, del insulto macho por antonomasia: marico, marica, maricón. Llamar “marico” al varón ha sido y seguirá siendo causa de rupturas de todo tipo: ruptura de dientes, cráneos y relaciones.

Quiero reseñar un caso del ámbito boxístico. Pero abro un paréntesis para registrar una peculiaridad conceptual o lingüística relacionada con eso de la mariquera, con la que me tropecé hace unos pocos años. Quien me reveló ese aporte a la comprensión del término fue una señora de San Silvestre, en el llano adentro, que de paso es evangélica. Estaba trabajando en duras faenas agrícolas con su esposo, un señor cercano a los 70 años de edad, cuando de pronto el señor tuvo un momento de cansancio físico y dejó caer un pesado saco de arena que llevaba en el lomo. La mujer le echó en cara este insulto bíblico: “¿Y a ti qué te pasa? ¿Ya te estás volviendo marico?”. Supuse, o deduje, que había sido un arranque de rabia en mitad del bochorno de un trabajo pesado e ignominioso, pero sucedió que en la noche, en el relax de los cuentos y la confianza, la señora se extendió un poco en el asunto: “Me preocupa mi esposo. Yo no sé si es la edad o es que está enfermo, pero tiene rato flojeando y dejando los trabajos por la mitad. Anda marico, marico”.

Esa misma mujer fue de las que más fuerte argumentó en el Consejo Comunal contra la instalación de una antena de telefonía e internet en el pueblo en el que habita. El discurso central de ella, y de los demás vecinos que se opusieron, fue: “Internet vuelve maricos a los muchachos: quieren andar todo el día pegados de esos teléfonos”. La mayoría del pueblo decidió que no se instalara la antena. No hay internet y la telefonía es precaria: se salvó la hombría de los sementales del futuro.

Así que, tal vez, el boxeador cubano Benny “Kid” Paret también creía que uno de los atributos de la mariquera es la debilidad. Antes de su tercer combate contra el campeón Emile Griffith decidió convertir en material para la prensa lo que hasta entonces solo era un rumor: “Maricón”, llamó a Griffith, y esa chispa cogió pradera porque al norteamericano le atribuían un tumbao “sospechoso” al moverse y al hablar. El boxeo vivía en los años 60 algo que por ahí llaman una época “romántica”: el árbitro no detenía un combate sino hasta que uno de los rivales estaba despedazado. Despedazado e inconsciente bajó del ring el Kid Paret. La paliza que le dio Griffith le produjo la muerte días después; aplausos de las gradas. En el boxeo usted tiene que demostrar que es hombre, y nada es más varonil que matar.

Dicen que, años después, Emile Griffith reconoció su condición gay y tuvo públicamente por pareja a otro hombre. Dejó una sentencia: “Cuando maté a un hombre me acompañaron; cuando dije que amo a un hombre me dejaron solo”.

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