ÉPALE281-MARIELLE FRANCO

CUANDO SE LE PRESENTA LA OPORTUNIDAD, LA INFAMIA —ESE CONCEPTO CEBADO EN LAS FUERZAS MÁS REACCIONARIAS DE LA SOCIEDAD— SE REPRODUCE COMO LA MALA HIERBA. EN ESTE CASO, PARA CONVERTIR UN ASESINATO EN OTRO AÚN MÁS RUIN Y, LUEGO, EN OTROS 46.000 MÁS

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Cualquiera puede conformarse con entender la palabra “asesinato” como eso que le hicieron a Marielle Franco el pasado 16 de marzo: una emboscada, cuatro tiros en la cabeza y al día siguiente un funeral. Pero no: el fascismo, depositario de las peores llagas de la humanidad, ha perfeccionado las herramientas de hacerle daño a la gente, y eso incluye el ensañamiento contra las víctimas escogidas después de su muerte física.

El episodio que mejor ilustra esa especie de asesinato permanente, esta vez en la persona de la activista carioca, fue la brutalidad de una declaración que inmediatamente se propagó por todas partes:

“La tal Marielle no era una ‘luchadora’, estaba implicada con bandidos. Fue elegida con el Comando Rojo, e incumplió ‘compromisos’ asumidos con sus partidarios. Más que cualquier otra persona lejos de las favelas, ella sabe cómo se cobran las deudas en los grupos con los que se involucró. Hasta nosotros sabemos eso. La verdad es que jamás sabremos con certeza qué determinó la muerte de la regidora, pero sabemos que su comportamiento dictado por su compromiso político fue determinante para su trágico fin. Cualquier otra cosa es palabrería de la izquierda tratando de agregar valor a un cadáver tan común como cualquier otro”.

Eso se llama asesinar. Dos circunstancias aclaran el verdadero tamaño de la ignominia: la autora de esa declaración fue una mujer, jueza, Marilia Castro. Y el centro del cogollo del corazón del asunto: esa jueza declaró, además, que no conocía a Marielle Franco y que en su vida había oído hablar de ella. “Cadáver común”: esa persona cuyas señas se desconocen, tanto como para acusarla de cualquier cosa.

Tratándose de un país como Brasil, además, el contexto sociohistórico ayuda y se ayuda a descifrar desde perspectivas de miedo. Un país donde gobierna el racismo a pesar de su mayoría afro, con un Estado descompuesto a tal punto que los narcos ejercen funciones de Gobierno o control social en las favelas más populosas (y cómo no iba a manifestarse así una situación de guerra); un país cuya carta de identidad más conocida en el mundo, junto con el fútbol, es el Carnaval, esa fiesta de la explosión de los apetitos carnales, que cuando se despeja la bruma después de la fiesta del desenfreno vuelve a reafirmarse en su índole conservadora que detesta al homosexual y a la lesbiana; un país que registra, en esa misma fiesta, un ritual masivo de compra-venta y violación contra menores; un país donde una jueza dice lo que dijo y anda tan tranquilaza en su cargo. En ese país donde, no por casualidad, el disfrazamiento y la máscara se han convertido en símbolo nacional, tenía que convertirse en tragedia un ejemplar humano como esa mujer negra, pobre, gay, madre adolescente y de izquierda.

“NO HAN MATADO SOLO A MI MADRE, HAN ASESINADO A 46.000 PERSONAS”. SE REFERÍA LUYARA (SU HIJA) A LA CANTIDAD DE GENTE QUE VOTÓ POR ELLA PARA CONVERTIRLA EN CONCEJAL HACE DOS AÑOS

Hace unos años se convirtió en exitazo de taquilla una película brasileña titulada Tropa de élite. El argumento (con piquete o punto de vista incluido) es este: el héroe (un policía) ha decidido combatir las bandas de narcos en las favelas con violencia, a lo rambamente macho, pero la corrupción policial le impide destruir a su manera a los enemigos. En la lucha entre esos dos poderes, el paco impoluto debe lidiar contra un sistema que está moralmente muy rejodido y, de paso, vienen y se atraviesan esos defensores de los derechos humanos quienes, al denunciar las masacres y abusos, entonces se convierten en aliados de los narcos. En ese último rincón de la trama argumental entra Marielle: la mujer batalla, maniobra, hace política, denuncia, representa y, en ese accionar, termina siendo vista por la estructura militar que combate al narco como un rival que se interpone, como un agente del enemigo que es preciso exterminar.

Más rasgos del perfil de Marielle vinieron envueltos en un despreciable tuit de Alberto Fraga, un diputado y perro de la guerra: “Conozcan al nuevo mito de la izquierda, Marielle Franco. Embarazada a los 16 años, ex esposa de Marcinho VP (alias de dos traficantes de drogas cariocas), marihuanera, defensora de la facción rival y electa por el Comando Rojo, despidió recientemente a seis empleados, pero quien la mató fue la Policía Militar”. Un paquete de señalamientos que no embarran a la aludida sino que retratan la mentalidad del entorno asesino: una mujer así tiene que resultarle incómoda a la sociedad, y sobre todo a esa sociedad.

De la hija de Marielle, llamada Luyara Santos, se tienen pocas noticias. No se sabe en esta parte del mundo, que no es Brasil, si la muchacha continuará sus luchas o si tiene condiciones para intentarlo. Lo cierto es que aportó una declaración importante el día del funeral de su mamá: “No han matado solo a mi madre, han asesinado a 46.000 personas”. Se refería Luyara a la cantidad de gente que votó por ella para convertirla en concejal hace dos años. La sentencia es aterradora y contundente, pero la cuenta es inexacta. Bastante: el fascismo y la mentalidad fascista ha asesinado, sigue y seguirá asesinando a millones. Por fortuna las Marielle del mundo están dispuestas a proliferar hasta que ellas mismas construyan el mundo que haga inviable la continuación del sufrimiento.

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