Martín Dihígo: por negro

Esta es una reseña de falsa erudición, afirmaciones vacilantes y supuestos negados. Cuando Rodolfo Castillo sugirió un nombre, Martín Dihígo, para una pauta mitológica, hacia mis adentros dije “salud”, pensando que el pana sufría de un repentino ataque de hipo.
Dihígo, como digoná, como digocualquiercosa. El nombre me postró a las puertas de uno de mis más temidos círculos del infierno: la ignorancia. Admito que en materia de beisbol me adentro en la oscuridad absoluta, a menos que intente recordar los días de adolescencia, cuando me llamaban “El Zurdo” mientras hacía el ridículo en la primera base y era como cuarto bate de un equipito de ligas infantiles que se gestaba en un terreno de la UD3 de Caricuao; hasta que, al verme rodar por la inefable senda del fracaso, tomé la sabia decisión de “guindar” los guantes.
He aquí que la ignorancia, como la necesidad, llega a ser la madre del conocimiento, siempre y cuando uno sepa despertar al gusanito de la curiosidad frente a lo desconocido.
Dihígo (1905-1971), ¡mira tú por dónde!, es considerado uno de los peloteros más completos que haya parido la amada Cuba, que ya es decir bastante en tierra de figuras y figurones como José Canseco, Orlando “Duque” Hernández o Rafael Palmeiro. Pero lo que lo hace realmente entrañable —y aquí es donde uno patina como prosélito de las causas perdidas— es que, siendo un portento de inobjetables cualidades, jamás pudo
—aunque quiso— ingresar a las Grandes Ligas del béisbol profesional norteamericano, por una singularidad que no te creas que hoy no tiene peso en la pelota gringa: ser negro.
Hubo de conformarse con las impresentables Ligas Negras (Negro Leagues) del patio gringo, un coto racial que, según las leyes de segregación de principios y mediados del siglo pasado, “permitió” a la gente “de color” expresarse abiertamente en esa disciplina deportiva; reservando así sus más elevados altares, la Major League Baseball, solo a ciudadanos de casta wasp (siglas en inglés de blanco, anglosajón y protestante). Allí logró compartir, en juegos de exhibición, con peloteros del nivel de Babe Ruth y Lou Gehring, a quienes les batió en la cueva.
Cuenta la leyenda que un vicepresidente de Los Ángeles Dodgers, Al Campanis, lo catalogó como el mejor de todos los que había visto en el transcurso de su vida. Doc Cramer, de los Medias Rojas de Boston, comentó alguna vez que de haberse roto la barrera racial imperante en esa época, “Dihígo hubiera sido el mejor en saltar a las Grandes Ligas”. Rodolfo Castillo nos cuenta, entusiasmado, que forma parte de tres salones de la fama a la vez: del mexicano, del cubano… ¡y del Salón de la Fama de Cooperstown! Este último otorgado post morten gracias sus asombrosas campañas en las Ligas Negras.
Martín Dihigo, además de brillar con intensidad en la pelota profesional cubana, deslumbró como lanzador en México, República Dominicana y Venezuela, donde se destacó en el staff del Concordia, equipo profesional que creó en 1931 el mismísimo hijo del Benemérito Juan Vicente Gómez, Gonzalo Gómez.
Las Ligas Negras tuvieron vigencia desde finales del siglo XIX hasta entrados los años 60. Aunque siempre (hasta hoy) se aprecian episodios de rechazo racial. Como la vez en que un fanático de los Medias Rojas de Boston, en 2017, le lanzó una bolsa de maní al jardinero central de los Orioles de Baltimore, Adam Jones, en el Fenway Park, justo cuando Donald Trump (el papá de los racistas) acababa de ascender al trono de la presidencia norteamericana en relevo del racista negro (¡una vaina loca!) Barack Obama.

Por Marlon Zambrano / Ilustración Erasmo Sánchez