Marzo: el peor mes de nuestras vidas

Publicado en Épale N° 367 el 03 de abril de 2020

Si algo pasó es que cambió todo. Fue una mutación extrema para la que no estábamos preparados, que vino a transformar el metabolismo de la ciudad y nos devolvió el encierro de cuando Caracas era un poblachón caribe y conventual, donde la fiesta más esperada era la Semana Santa. 

Por Marlon Zambrano

¿Algo cambió? No sé, supongo que sí. El otro día intentaba llegar al terminal de pasajeros de donde parte el autobús que me traslada a mi casa, y fui espantado por unos hombres embutidos herméticamente en trajes blancos, disparando desde unos armatostes guindados sobre sus espaldas, unos potentes chorros que iban barriendo las calles, las barandas, los vehículos estacionados, las paredes, y la gente.

Era lunes y no pasaba del mediodía, cuando me tocó correr y luego caminar por lo menos 45 minutos debajo de un sol opresivo, hasta que llegué a destino con la lengua pegada al reverso del tapabocas.

No sé si es algo distinto o qué, pero nadie me quiere abrazar. Supongo que ha hecho mella la dolorosa recomendación del distanciamiento social, que implica el metro y medio de separación prudencial, el saludo rockero, el apache y el “coditos”, y la inmensa lista de encargos para que no se nos pegue el coronavirus.

Supongo que Caracas, sus alrededores y el país entero, estarán sufriendo lo indecible por no poder coronar (nunca mejor dicho) los distintos escenarios de socialización habitual con un estruendoso apretón de manos, un estrujón licuado, y un beso cercano al lengüetazo concupiscente y lascivo.

Hay quienes se resisten, torpemente, y organizan mega rumbas un lunes desde la tarde, como los muchachos de Los Palos Grandes, que armaron tremenda pachanga infectándose impunemente unos a otros, con dosis de drogas, alcohol y DJs como receta médica para el fin del mundo.

Que nadie se mueva

Marzo, pocos lo dudan, ha sido el peor mes de nuestras vidas. No es que algo cambió, es que todo mutó estrepitosamente, al ritmo desafiante de los contextos distópicos con los que no contaba el más efectista cine de ciencia ficción: la familia en casa, higienizada hasta el hartazgo, con los hijos embotados de tareas como nunca antes había estilado nuestro sistema educativo, armados de hábitos, asfixiados de encierro, ensayando música según los quehaceres instruidos a través del correo electrónico por el Sistema Nacional de Orquestas, y los katá y kumité ordenandos por la escuela de kárate a través de videos por wasap.

La reposición de alimentos -porque la comida se diluye misteriosamente por los albañales de la monotonía- se transformó en una aventura épica. Ya lo era, pero con mascarilla y guantes, tomó el matiz de una excentricidad heroica que papá y mamá emprenden por separado, por recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Es un ir, no rozarse, ver, escoger, pagar si se puede, y de nuevo hacia atrás antes de que desaparezca la vida humana sobre la faz de la tierra, cuando despunta la tarde, y las bestias salvajes agazapadas o extintas, retoman el hábitat que les robó la crueldad del concreto.

La recomposición del metabolismo social, en plena cuarentena, incluye la alteración del paisaje nuestro de cada día: ya no hay juntadera en las esquinas, ni caminatas tomados de la mano por el parque, ni saludos arrebatados de compadres en las puertas del mercado, ni un par de birras pal camino.

Apenas la mirada vacía desde el borde del antifaz ese que nos impuso la pandemia y que rematan los buhoneros sediciosos desde las aceras, o nos vende un pana “que nos quiere mucho”, o confeccionan las doñas del barrio que se organizaron (como siempre) con sus máquinas de coser, para salirle al paso a ese destino falaz al que, casi, estamos acostumbrados.

Nuestro nuevo mejor amigo (quizás el peor enemigo): las redes sociales. Interlocutor fiel, hermano que nos cobija, padre que nos aconseja, madre que nos orienta, la amante que nos da placer, un territorio invadido hasta la descomposición por nuestros pulgares atomizados, sobre el que depositamos fe ciega.

Y decimos amén cuando alguien asevera que el Covid-19 se cura con tres oraciones al Santo Niño de Atocha; o que hay más muertos de los que revela Jorge Rodríguez; o que es un experimento chino para apropiarse definitivamente de los mercados; o que despertará una nueva humanidad, más justa, luego de este trance.

Más castigos

Rumores de golpe e invasión aderezan nuestro encierro. Más castigo: las redes, y el boca a boca, desde el rugido sordo de las paredes contiguas, nos van avisando día a día de la inminencia del fin. Es un adiós a la humanidad, a la vida como la conocíamos, y por sutileza, un supuesto adiós a la revolución bolivariana de manos de los superhéroes salvadores del planeta, que no han logrado ni salvar a su pueblo del repunte del virus en Nueva York, pero tienen la desfachatez de ofrecer dinero por la cabeza del presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y buena parte de las máximas autoridades del Estado.

Por si fuera poco, se alían las fuerzas del mal (las visibles y las microscópicas) y ensayan ataques desde la frontera occidental, nos salpican desde Colombia, nos acechan, y nosotros encerrados sin tener muy claro cómo se hace la guerra asimétrica sobre las que ya avisó José Roberto Duque, rodilla en tierra, y tapaboca en cara.

De fondo, se oye el antiguo jingle que suena desde el inicio de la vida en la tierra: “y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer”.

Los días más bellos que se recuerden, desfilan radiantes desde la ventana. Nunca la brisa había sido tan diáfana, el sol tan tenue, el Waraira tan solícito y el calor tan benigno, como para abarrotar las calles de una Caracas imposible: sola y callada un miércoles a las 3 de la tarde.

El infierno que nos prometieron

Revisemos las estadísticas: la pandemia ocasionada por el elevadísimo nivel de propagación del Covid-19, ha calado en el 98% de los países del mundo, exigiéndonos mantener distancia social para quebrar la cadena de contagio.

Cuidando en extremo las medidas de higiene, incursionando en todas las tareas posibles del ámbito laboral, escolar, deportivo, de ocio y entretenimiento, y manejando con mucha “inteligencia” las relaciones interpersonales para evitar el desmadre.

Revisemos más mediciones: por las redes circula al menos 2 millones de videos donde familias perfectamente desconocidas se ejercitan bajo techo; más de medio millón de recetas de tortas de auyama con pasitas; 1 millón y medio de poses de yoga imposibles para andar por casa; la canción “Venezuela” desafinada en familia 10 millones de veces; 5 millones de chistes malos (y pocos buenos) repetidos uno y otra vez. Son los embates del encierro.

Esta vez ni eso. Solo fue el mes más aciago de nuestra historia, y parafraseando al poeta Joaquín Sabina, ojalá no nos roben también el mes de abril

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Así llegó a nosotros la muy temida “crisis global” que tanto nos prometieron los apologetas del desastre, predicadores histéricos, la Biblia, y madres agotadas de sus hijos sinvergüenzas, aderezado con los más variados sobresaltos postmodernos: el cambio climático, el colapso de los mercados financieros, el desplome del precio del petróleo, oleadas migratorias sin control, la sobrepoblación mundial, la exacerbación de los fanatismos religiosos, la crisis de la identidad política entre izquierda y derecha, el fin del capitalismo y la sexogenerodiversidad.

Lo que no imaginábamos era que nos iba a alcanzar así, añorando el mañana que no acaba de venir, luego de casi un mes de cuarentena social. Apoltronados, soportando la crueldad doméstica del hogar, donde se perpetran los más espantosos crímenes de la rutina.

¿Qué comeremos hoy? ¿Cómo nos entretenemos? ¿Qué informará la alocución presidencial de hoy? ¿Por qué llegamos a esto? ¿Fue mi culpa? Son algunas de las preguntas que se asoman al amanecer, mientras la familia repasa, una vez más, la agenda diaria:

10:00 am: sintonizar VTV para las clases de Cada familia una escuela.

11:45 am: separar a los niños que ya se están dando trancazos.

2:00 pm: comenzar las tareas.

4:00 pm: yoga, rapel, training, en la sala de la casa.

4:55 pm: separar a mamá y a papá que están a punto de agarrarse por las mechas.

De 6:00 a 6:30 pm: búsqueda intensiva de mamá y papá por los resquicios de la casa. Nadie sabe dónde coño se metieron.

7:00 pm: película en familia.

8:45 pm: separar a los niños que otra vez se están matando a coñazos.

11:00 pm: a dormir todo el mundo.

ÉPALE 382