ÉPALE243-MINICRÓNICAS

POR PEDRO DELGADO / FOTO MICHAEL MATA

Todos los 20 de mayo se celebra en Venezuela el Día del Cronista, conmemorando el nacimiento del escritor valenciano Enrique Bernardo Núñez, primero en ser nombrado con rango oficial para la ciudad de Caracas el 9 de enero de 1945. Su libro, La ciudad de los techos rojos, es de gran utilidad para entender la historia de la capital.

Tuvo este cargo en la época colonial, especial significado por la importancia que el conquistador le daba al oficio de relator o escribano. Para entonces varios fueron quienes lo ostentaron: fray Pedro Simón, José Oviedo y Baños, Buenaventura Terrero, etcétera. Pudiera decirse que la necesidad de preservar la memoria histórica de la ciudad fue lo que, posteriormente, llevó al Consejo Municipal a oficializar el resguardo de los documentos en archivos. Por el cargo han pasado hombres como Guillermo Meneses, Guillermo José Schael, Guillermo Durand (el actual).

Los dos párrafos anteriores delatan anales necesarios de conocer, pero la realidad igual nos dice que la historia de Caracas la montamos sus habitantes sobre el fogón de la cotidianidad, elaborando el guiso con que se va a aderezar el condumio. Significa esto que somos quienes hacemos su historia. Somos sus propios cronistas. Cuando vamos al trabajo, al centro educativo, al mercado, a la iglesia lo hacemos mezclando vivencias que nos hacen sentir caraqueños aunque, a veces, para muchos, sin saber lo que eso significa.

La crónica reclamando presencia en la buseta La Pastora-Petare, el asiento del mototaxi, el bus Magallanes-Chacaíto, los vagones del Metro… con su mescolanza de voces a contrapelo cabalgando sobre una multiplicidad genética. Es el ascensor que no sirve, el mensaje de texto, la cola de la tercera edad, el papagayo en las nubes, el loco caminando al lado del perrito sarnoso, el ladrón de busetas; la plaza donde usted, posiblemente, está leyendo este relato ligando que pase el vendedor de café y cigarros al detal; el borracho que dobló por el callejón. En fin, que Caracas es la originalidad de un palíndromo circunscrito en nuestra propia carne.

Ya no están Pérez Bonalde, Cabré ni Caremis recitando, pintando y narrando a los pies de la Sultana. Pero sí nosotros absorbiendo su realidad y complejidad; llamados a preservarla, defenderla y contarla con el deleitoso masoquismo de tener que sufrirla día a día.

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