Masturbaciones de vía pública

Por Ketsy Medina / Ilustración Justo Blanco

Pareciera fácil hablar de sexualidad en un país caribeño como el nuestro, en una ciudad tan cercana a la costa donde resuenan los cueros al ritmo del tambor, la salsa, el merengue y el reguetón, pero no lo es.

Muchas de nosotras, a pesar de haber crecido en hogares en los que iban y venían chistes, comentarios doble sentido y conversas menos veladas con menciones a prácticas o comportamientos relacionados a la búsqueda del placer, no resultamos más favorecidas a aquellas chicas educadas en hogares en los que reinó el silencio.

Aún más, en comparación a las criadas en un ambiente “liberal” en el que debieron resultar blindadas con herramientas para el empoderamiento o la autonomía sexual, cuando se requirió hablar seriamente de sexo y placer, desde las más pacatas a las más libertinas, quedamos todas tabla.

Y es que cuando se habla sexualidad habría que responderse en principio si abordamos el tema pensando en aquélla que hace referencia a fines netamente reproductivos o aquélla que tiene como propósito la satisfacción de quienes la practican; cuando hablamos de sexualidad entonces deberíamos preguntarnos siempre: ¿el placer de quién, el placer para quién?

Hablar de masturbación es menos sencillo; practicada en la infancia resulta en prohibición, en la adolescencia es generadora de vergüenza, durante la adultez denota fracaso y en la vejez pareciera que no existe.

Desligada de la sexualidad, la masturbación tiende a ser definida como un acto que puede practicarse de manera individual, en pareja o en colectivo, pudiendo ser realizado en un espacio privado o en uno público, lo cierto es que y mientras más gente y más visible, más alarmante resulta para algunos sectores de la sociedad.

Sexualidad y masturbación no han escapado de los ojos inquisidores, logrando un lugar especial en el segundo círculo del infierno de Dante, al que van a dar las almas lujuriosas. En la actualidad, este ente rector sigue vigente prevaleciendo la Divina Comedia, tanto que algunas especialidades, como la sexología occidental continúan prescribiendo a mujeres casadas evitar la masturbación con el pretexto de obtener, de esta manera, mejores orgasmos durante el coito con su parejas.

Siguiendo la escalerilla de temas complicados, hablar de masturbación en el espacio público nos pone en el top ten, y quienes defendiendo la moral y las buenas costumbres, cuestionan y señalan de enfermos a quienes lo hacen, se olvidan que una vez cuando jóvenes y no tanto, al subir en el autobús de La Guaira a Caracas, unas tocaditas en la oscuridad, después de tanta agüita salada, no estaban de más, así como tampoco lo estaban unas arremetidas en el cine, o unos peligrosos restregones en un carro.

Lo que sí habría recordar, es que la edad hace la diferencia, sobre todo cuando en un espacio público nos sentimos expuestas a situaciones particulares de las que no hemos tomado parte, o de las que no mostramos tener interés; habría que subrayar además la diferencia entre ser una niña, a ser  adolescente, o una mujer adulta. Aunque parezca obvio, algunas personas lo omiten, realizando generalizaciones perniciosas, basadas en experiencias y fantasías personales, en las que se les resta peso e importancia, en cualquier circunstancia, a la importancia del consenso.

Evitar manifestaciones cargadas de excesivos escrúpulos morales y religiosos es importante, como también lo es el romanticismo con el que se justifican prácticas lascivas en las que se vulneran los derechos sexuales y placenteros de niñas y adolescentes.

Piense por un momento en su hermana llegando a casa rabiosa por el tipo que en la camioneta por puesto le recostó en el brazo el miembro, piense en su vecina a la que le eyacularon en la ropa mientras se encontraba en el Metro, piense en su hija saliendo del liceo y topándose con un tipo masturbándose en un carro, piense en su sobrina paralizada de miedo en un autobús sin saber qué hacer al ver que un hombre adulto mostrándole el pene.

Sepa que masturbarse no está mal, en absoluto, hágalo cuando quiera, como quiera y las veces que le provoque, aún si está casada; lo que no debe permitir es ser acechada y menos en el espacio público, diseñado para el disfrute de todas, todos y todes.

Así que si siente miedo por verse en una situación en la que usted u otra mujer resulten acosadas, respire, tome fuerzas y grite, si eso le resulta complicado, entonces busque apoyo haciendo contacto visual con otras mujeres para pedir ayuda, busqué un policía y recuerde siempre que no está sola. Es importante socializar esta información con las mujeres más pequeñas de la casa, para que así como usted, sepan qué hacer, en caso de necesitarlo.

ÉPALE 365