Me contagiaría demasiado

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

María Laura es una morena divina, que está más buena que el carajo y que a mediados del año pasado se fue a Miami a resolver asuntos mundanos: hacer plata, preferiblemente dólares, para adquirir equipos e insumos y repotenciar su pequeño emprendimiento de repostería.

Es una chama superlinda y superchévere que no se mete con nadie, trabaja que jode, es independiente, hace yoga sobre una esterilla en su casa con un tutorial de Youtube, lee a Deepak Chopra y es capaz de llorar con Mi pobre angelito durante la parte en que la película se pone dramática.

Lo único malo es que no soporta a un chavista chaborro… pero esa es otra historia.

Regresó del imperio en vuelo con escala, contenta porque amasó una pequeña fortuna sólo con las propinas que le dejaban los clientes en los dos negocios donde trabajó como mesera. Además, se apertrechó con un ayudante de cocina Kitchen-Aid, que es un mamotreto casi biónico que te hace la torta, te la adorna, te pone las velitas y te las sopla sólo con apretar dos botoncitos. ¡Una bestialidad!

En Maiquetía la recibieron sus padres: dos negros hermosos de las costas de Arauga, que serían bellos sólo por ser gente digna y luchadora, comprometida y solidaria. Pero es que, además, son chavistas militantes, con los principios intactos de la ética socialista, la verdadera.

Ella vive sola, en un apartamentico del Centro de la ciudad donde fue a dar con sus macundales para retomar el realismo mágico de esta ciudad incendiaria que, con sus contrastes, se ubica en las antípodas de la asepsia mayamera.

Cuando le preguntabas cómo se iba adaptando de nuevo a la urbe, te respondía sin incomodidad: “Finjo demencia”. Extraordinaria fórmula para casarse nuevamente con Caracas.

Sobrevino la tragedia. El jueves 12 de marzo apareció Maduro, trajeado de paltó y corbata azul, anunciando la primera avanzada de medidas para proteger al pueblo venezolano del nuevo coronavirus: mandó a la gente para su casa, pidió aplicar una cosa loca en el imaginario del venezolano llamada “distanciamiento social voluntario” y sugirió el uso de tapabocas para contener la propagación del virus.

“El tiempo de dios es perfecto”, reza la frase que esgrimen las abuelas histéricas para invocar el destino cíclico de sus nietos desalmados. Y así fue como a Laurita —en la agudización de la crisis sanitaria de la humanidad entera, que tiene a Estados Unidos como primer vector de contagios del mundo— le tocó actualizar sus datos en el Sistema Patria por internet.

Eso fue llenar la encuesta y responder afirmativo a la pregunta de si había viajado al exterior recientemente. Mientras al sur de la Florida ya para estas fechas se contabilizan más de 22.000 contagiados y casi 600 víctimas mortales, aquí la llamaron a su teléfono y la mandaron a presentarse en un CDI de la Parroquia El Recreo esa misma tarde, sin dilación.

Al principio se resistió, claro, sobre todo por el aparatoso traslado urgente; pero, ante la insistencia de familiares y amigos, se vio forzada a cuadrar con los del consejo comunal de su edificio para que le ubicaran un centro de salud más cercano, mismo que apareció de inmediato, full de médicos cubanos y venezolanos de la misión Barrio Adentro, donde la atendieron en medio minuto, le aplicaron la prueba de detección rápida de covid-19 y siete minutos exactos después se asomó desde el pasillo una voz jacarandosa que le cantó el único son que estaba esperando: “Negativo mima, asere qué bolá”.

Lo más fino es que el pinchazo ni le dolió.

ÉPALE 368