Entrevista para la Revista Épale CCS

¿CUÁL ES LA SITUACIÓN DE LA MUJER CON RESPECTO A LA DEFENSA DE SUS DERECHOS EN LA VENEZUELA ACTUAL? MÁS ALLÁ DE CONTAR CON UNA LEY, AÚN ES ARDUO EL TRABAJO POR HACER PARA EROSIONAR EL ARCAICO BLINDAJE BUROCRÁTICO

POR ANDER DE TEJADA • @EPALECCS / FOTOGRAFÍA MICHAEL MATA

Uno de los problemas principales a nivel legal, tal como lo explica la abogada Reina Baiz en su libro Femicidios en Venezuela, es que muchas veces se procesa a un feminicida con el cargo de homicidio, sin la correcta aplicación de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Es decir, el hecho se juzga como un asesinato más, sin tomar en cuenta las relaciones de poder que, previamente, facilitaron al hombre el asesinato.

Cosas como estas son el enfrentamiento diario de las mujeres en Venezuela. Hay una ley que las ampara pero, a su vez, hay una estructura burocrática que, a final de cuentas, sigue funcionando de forma conservadora. La violencia, por ende, no viene únicamente del agresor que es capaz de utilizar su poderío para agredir a una mujer. Esta se expresa en todas las instancias en donde el ser humano hace vida: en la casa, en la escuela y en los trabajos; en las colas del mercado, en las publicidades televisivas y en las formas en que opera la estructura burocrática. Las aguas de la cultura corren bajo lógicas patriarcales. Son estas las que establecen, a nivel ideológico, la certeza de que la mujer no puede ni debe ejercer el poder ni desarrollarse a expensas de un hombre.

FEMICIDIOS Y FEMINICIDIOS

La palabra femicidio fue utilizada por primera vez en 1801, en la obra A Satiricol view of London, en donde el autor John Curri lo distingue del homicidio y lo establece como un análogo. Lo cierto es que el femicidio se queda ahí: es el asesinato de una mujer por el simple hecho de ser mujer. Por eso la necesidad de separarlo del término homicidio: generalmente un femicidio se ampara en una violencia simbólica, en una cosmovisión que hace al hombre sentirse dueño no solo del cuerpo sino de la vida de una mujer. Que la sensación de creerse dominador, de creerse más fuerte lleve al asesinato, hace que el acto ya no sea un simple homicidio sino un femicidio.

Por otro lado, el término feminicidio fue desarrollado por la antropóloga mexicana Marcela Lagarde. Ya no habla del simple asesinato de una mujer sino que integra un componente político dentro del concepto. Un feminicidio es un acto de violencia misógina que termina en el asesinato de una mujer, pero que se consuma cuando no hay medios ni herramientas superiores —como los poderes del Estado— que ejerzan una autoridad justa e igualitaria. Es la violencia dada por dos direcciones: por el agresor que lastima y por el Estado y sus autoridades negligentes que cierran filas dentro de sus lógicas conservadoras.

Tanto Úrsula, miembro del colectivo Las Comadres Púrpuras, como Daniella Inojosa, activista de colectivos como La Araña Feminista, explican que, a pesar de tener una legislación avanzada hay algo en la puesta en práctica de las leyes venezolanas que no traduce lo escrito y que devela la resistencia al cambio que persiste dentro de la burocracia. Inojosa indica que uno de los problemas básicos es que los fiscales del país no tratan los casos de violencia de género como unos delitos públicos, sino que lo hacen como delitos privados. Cuando un delito es público es el Estado el que mueve las instancias pertinentes, a través de la Fiscalía, para que el mismo sea enjuiciado e imputado. Los delitos privados, en cambio, son los delitos civiles, de personas naturales, donde el Estado no se hace parte.

“Estamos teniendo problemas en la Fiscalía para hacer las denuncias, ya que ni siquiera permiten que sean mujeres quienes las hagan. Pero en el caso de que las acepten, son las mismas mujeres quienes tienen que promover pruebas para demostrar que son violentadas. Es decir, el Estado sí se hace parte, pero no como lo hace en un robo o en un homicidio ya que no investiga, no promueve pruebas, no tiene órganos especializados en materia de mujeres dentro de las policías. Todo esto a pesar de que nuestra ley establece que son delitos públicos, que son delitos contra la sociedad, contra la nación’’, continúa Inojosa.

“NO SE LES PUEDE PEDIR A LAS MUJERES QUE RESUELVAN UN PROBLEMA EN EL QUE ELLAS MISMAS SON LAS VÍCTIMAS’’

(DANIELLA INOJOSA)

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Otro problema que señala Daniella, esta vez a nivel del Poder Ejecutivo, es el mal funcionamiento de las Casas de Abrigo. Estas son establecimientos que debe llevar el Instituto Nacional de la Mujer (Inamujer) para ofrecer protección a quienes son violentadas. Con el tiempo, con distintas coyunturas y con el descuido del Estado, muchos de estos lugares se perdieron. Para Inojosa estas casas son de gran importancia porque permiten a la mujer salir del círculo de la violencia en el que se integra junto a su pareja. Con esto se refiere al espacio cualquiera en donde se dé la convivencia. No es posible salir del círculo metafórico sin salir, en la vida real, de la convivencia con el agresor. Para esto están estas casas, para que salir de la relación que te flagela, tanto emocional como físicamente, no implique quedar a la intemperie, en el abandono.

“No hay protección real para las mujeres. Como para la policía estos no son delitos reales, entonces, cuando la Fiscalía o cualquier otro órgano receptor de denuncias pone una orden de alejamiento a la pareja para que la mujer esté protegida, no hay un verdadero esfuerzo de hacer cumplir la ley por parte de los órganos. Hay casos de mujeres que han denunciado hasta cinco veces y que tienen órdenes de alejamiento que no se hacen cumplir. Ellas llaman a la policía, pero no hay respuesta. Lo que suele suceder, entonces, es que el hombre las agrede o las asesina, y la policía no se hace parte sino cuando hay un hecho de sangre, concreto. Ahí es cuando los órganos realmente se apersonan, y eso tiene que ver con un problema cultural’’.

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¿QUÉ HACER? ENTRE CAMPAÑAS Y DEBERES

Inojosa explica que, en materia de campañas, los formatos han venido cambiando, sobre todo desde hace aproximadamente unos siete años. Esto, porque “no se les puede pedir a las mujeres que resuelvan un problema en el que ellas mismas son las víctimas’’. Por eso, ahora las campañas buscan cambiar el hecho cultural, hacer entender que la violencia contra la mujer nos afecta a todos y a todas.

“Hay que sensibilizar a los hombres. Primero, porque ellos son tan víctimas del patriarcado como nosotras. Segundo, hay que enseñarles que violentar a una mujer está mal, que no es un delito dentro de las cuatro paredes de su casa sino que es un delito contra la sociedad que, tarde o temprano, se le va a salir de las manos’’.

El cambio, según Daniella, también está en la formación de los fiscales: “No basta con ser abogados. Tienen que estar sensibilizados con los hechos, tienen que saber qué es violencia machista, qué es violencia de género, qué es violencia sexista; tienen que conocer todo nuestro proceso histórico, todo lo que hemos luchado las mujeres contra la violencia. Asimismo, en el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) actualmente hay una dirección para tratar casos contra la violencia de la mujer, pero no se dedica a investigar los casos de violencia, de acoso, que son delitos públicos. Faltan Casas de Abrigo. Faltan medidas de contención comunitaria, ya que estas solo han sido exclamativas, pero no hay un trabajo completo, de formación. Tenemos un problema como Estado, que es el seguimiento de las políticas públicas’’.

A pesar de eso, indica que en el país hay avances, ya que se tiene la ley. Somos el único país en el que se tipifican 21 formas de violencia contra las mujeres. Lo que se tiene que hacer, según Daniella, es trabajar por su cumplimiento, y esto es tarea de los organismos públicos.

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Un grupo de jóvenes que visten máscaras en la calle, cuyos integrantes responden a pseudónimos como “Úrsula”, “la Santa” o “la India”, son quienes nos acompañan mientras caminamos por los espacios del Teresa Carreño. De pronto se calzan unas máscaras de animales: una cerdita, una yegua y una vaca, y posan para la cámara de Michael con gestos de empoderamiento y de fuerza corporal. Con las máscaras la identidad no importa. Sirven para sacar la fuerza unificada que hay en el simple hecho de ser mujer, para dejar la individualidad atrás y amalgamarse como uno solo.

Úrsula dice: “Las Comadres Púrpuras es un grupo de mujeres y hombres que viene conformándose desde hace más de un año y medio y que va tratando de consolidar la posibilidad de transformar la cosmovisión que tenemos impuesta actualmente, tanto en nuestro país como en otras latitudes, de lo que es el sistema patriarcal: unas relaciones de poder y de subordinación de la figura femenina ante lo masculino’’.

Se trata de un grupo de jóvenes que se organiza no solo para protestar sino para hacerles acompañamiento a otras mujeres, para hablar de sexualidad, para investigar y para hacer análisis de coyuntura política, con el fin de tomar otra postura dentro de un feminismo “no dominado, no domado’’, desde un discurso más armónico y empático con lo que se está viviendo actualmente en el país. Para ello busca un tratamiento discursivo que sea claro y conciso con el fin de no dejarse absorber, como cierto tipo de feminismo institucional, por las instancias burocráticas. Su interés es señalar las contradicciones entre lo legal y la puesta en práctica. Para eso sus voces están reflejadas, entre otros sitios, en este portal web: https://www.lascomadrespurpuras.com/.

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