ÉPALE270-CRONICAS

EL FENÓMENO DE LAS RUMBERAS, DESARROLLADO POR EL CINE MEXICANO DURANTE SU ÉPOCA DORADA, MERECE ENTENDERSE CON SU ANTES Y SU DESPUÉS. CUESTIÓN ANTROPOLÓGICA QUE NO PIERDE VIGENCIA Y AUN EXPLICA DEMASIADAS COSAS SOBRE EL ROL DE LA MUJER EN LATINOAMÉRICA

POR FRANCISCO AGUANA MARTÍNEZ

Son dos dimensiones sensoriales distintas: una cosa era verlas en la pantalla en blanco y negro, technicolor o mexiscope moviendo las caderas electrificadas con desenfreno, los hombros y las piernas convulsionadas y percutivas en armoniosa cadencia y otra cosa, muy diferente, era sentirlas en vivo, en el recinto cerrado del teatro donde la multitud exudaba lujuria atizada por el tam tam de los tambores.

ÉPALE270-CRÓNICAS 1El cine de cabareteras que comienza con Santa (1932) al que luego se le agregan las rumberas mexicanas, puertorriqueñas y cubanas es un subgénero del melodrama mexicano; un ornitorrinco dramático construido con retazos de diversos géneros del cine pero siempre tratando asuntos sentimentales: dramas del corazón. La trama maniquea de estas producciones oscilaba entre dos extremos. Por un lado, en el que la heroína era una tragavenado o devoradora de hombres que tomaba para su construcción dramática aspectos de la vamp y la femme fatale popularizadas por las cinematografías de Estados Unidos y Europa, una trituradora de naranjas que convertía a los hombres, mediante la seducción y el engaño, en simples bagazos, víctimas de la ambición sin límite de estas mujeres, por la fama y el dinero. El otro extremo era el de la pobre muchacha, impoluta y virginal, que llegaba del campo a la ciudad para buscar el dinero con qué curar a su pobre madrecita gravemente enferma y evitar también la muerte, por inanición, de sus catorce hermanitos. Se alojababa en el quinto patio de una mugrienta casa de vecindad y un día, en mala hora, se atravesaba en su camino un hombre malvado, todo un bicho, chulo y cruel cuyo objetivo era seducirla, poseerla y  quitarle lo más preciado para ella: el virgo. No conforme con esto la bestia esa la prostituía y la involucraba con una red mafiosa o gansteril, agregándole suspenso y misterio a la trama con lo que le hacía un guiño al cine negro o policial. Por estrategia de mercado los hombres víctimas en estos filmes eran los galanes buenos mozos del momento; los villanos eran los actores “cara‘e camión” encasillados en esos roles. Algo similar ocurría con las actrices: el rol perruno lo interpretaba una bien agraciada actriz, de rostro duro pero atractivo; el de la plañidera y mala suerte era interpretado por la damita joven, de aspecto frágil que pudiera conmover al espectador por sus desgracias.

CINE QUE PROMOVÍA EL MACHISMO PATRIARCAL: EL HOMBRE ERA EL QUE LLEVABA LOS PANTALONES

ÉPALE270-CRÓNICAS 2La muchacha pobre, engañada, desvirgada y prostituida, rehén de unos tratantes de blancas y traficantes de drogas, ya había sido tragada por la vorágine de la ciudad. Ahora dirigiría sus energías por los caminos de la redención y con la duda existencial de si seguir en la victimaria ciudad o regresarse a su pueblo: pobre, menoscabada moralmente y ¡sin virgo! donde la vieja interesada de su madre —seguramente Sara García— le gritaría en su cara: “¡Arrabalera, aventurera, perdida, cabaretera, piruuuuja! (o sea, ¡puuuuuutaaa!). La bicha malvada caía de su pedestal de barro, de hinojos a los pies del galán rehabilitado por la triple A y se arrastraba cual patética culebra pidiendo perdón y regreso; el hombre la veía con absoluto desprecio, escupía al piso, daba la media vuelta y se iba con el sol cuando moría la tarde. El cadáver del abyecto truhan aparecía tendido, en el Paseo Reforma, con un pico atravezado en el pecho y la muchacha mancillada era premiada con fama y fortuna (¡chan chan!). Allí radicaba el efecto catártico y moralizante de esos filmes. En el fondo promovían el orden existente, en todos los sentidos, castigando y premiando a los que se ajustaban a sus mandatos; promovía el machismo patriarcal: el hombre era el que llevaba los pantalones: el mero macho, pues la mujer debía ser sumisa, obediente, dependiente y, además, ¡decente! Procuraban el equilibrio poblacional desalentando, con sus tramas pesimistas, el desplazamiento interno de millones de migrantes del campo a la ciudad que por los años 40 y 50, tenía lugar en Latinoamérica. Algo así como “si te vienes para la ciudad , mira lo que te pasará”. Y, finalmente, enviaban el mensaje de la separación de clases sociales: algo así como “ustedes los ricos y nosotros los pobres”, o juntos pero no revueltos. Aunque los adinerados fueran presentados, con frecuencia, como seres crueles e indolentes sociales debían gozar de privilegios propios de su condición; si eras pobre debías ser conforme con estar vivo, rezarle a la virgencita de Guadalupe y soñar siempre, y solamente, con un mundo más justo.

La música era otra protagonista en las películas de rumberas y cabareteras que se crearon como respuesta del cine mexicano a las grandes producciones musicales de Hollywood y fue con la música cubana con la que se nutrieron esas producciones.

Desde finales del siglo XIX los barcos cubanos recalaban en los puertos de Veracruz dejando su cargamento melodioso. Primero con el bolero, luego el danzón que Acerina convirtiera en rasgo cultural de esa región al punto de reclamar la nacionalidad de ese ritmo para los mexicanos. Después vinieron la rumba, la guaracha, el guaguancó y el chachachá. Esto es, el bastimento necesario para que las cabareteras murieran de dolor y pena con fondo de bolero o las rumberas latiguiaran sus cuerpos como poseídas por el demonio.

SOBRE UNA TUMBA UNA RUMBERA

A medida que pasó el tiempo el género se fue degenerando por sus tramas simples y predecibles muchas veces tomadas, incluso sus títulos, de populares canciones. Tanto fue su desgaste que en el propio México comenzaron a llamar a esas películas “churros”. Cesaron los tambores y el plumífero y raído traje de la rumbera lucía ya como pajarraco destartalado.

En los años 70 se quiso revivir a la industria mexicana del cine con las películas de cabareteras fronterizas aunque ya no la movía la pasión por el deseado macho sino el instinto de supervivencia. El escenario donde se desarrollaban sus desgracias ya se había despojado de suntuosidades y de sonoridades; solo le hacía compañía una triste rocola. La cabaretera ya no era la figura de atracción que otrora despertara emociones descontroladas sino una marchita flor en medio del árido desierto; ya no eran los chulos descarados que atentaban contra su pureza virginal sino un grupo de desalmados miembros de carteles de drogas y otros zombis sociales tratando de saltar el muro de los lamentos hacia una falsa vida de prosperidad. Mientras tanto, la Calaca vestida de rumbera bailaba sobre las miles de tumbas de las mujeres asesinadas en las ciudades fronterizas.

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