Menos mal…

Iniciar y desarrollar la discusión de cómo se sobrevive (primero), se construye y se consigue la felicidad en una ciudad colapsada, nos salvó de la postpandemia… que fue peor que la pandemia

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Daniel Pérez

En 2021 murió o fue derrotada la covid-19, y hubo razones para desparramar chorros de felicidad. Menos mal.

En Venezuela, la felicidad duró justo lo suficiente para que aquellos venezolanos, quienes padecieron un año 2020 de encierro y mala vibra, se dieran cuenta de que la covid-19 no era su verdadera o más grande tragedia. Que la tragedia de esa Venezuela residía en que Estados Unidos le había montado el ojo (y una pata y media) al país y a su funcionamiento. Menos mal que, a esas alturas del campeonato, ya los venezolanos estaban conscientes de eso y así pudieron seguir organizando sus formas de resistencia. Un traguito aquí, otro más allá, un homenaje a la Chiquinquirá…, pero nada de volverse locos, matarse en las carreteras ni andar creyendo que la covid-19 era la culpable de la falta de energía. Menos mal.

Ya que nombramos una o dos veces la palabra clave (energía), vamos a ver cómo fue que llegaron los venezolanos a ese momento de la historia (década de los 20) haciéndose dueños de las claves del funcionamiento de sus ciudades.

La normalidad de antes

Energía es todo lo que mueve a los seres vivos, y eso incluye a las ciudades: alimentos, agua, electricidad, gas, combustible. En otros países también se movía, en ese entonces, la sociedad con otras formas energéticas: la nuclear o atómica, la solar, la dendroenergía (derivada de la combustión de árboles muertos) y la eólica. Estas últimas parecían muy eficientes, hasta que la humanidad sacó cuentas y entendió que esas opciones pueden funcionar en localidades pequeñas y con un enorme control, pero no son recomendables ni viables a gran escala para resolverle el rollo a aglomeraciones de millones de personas. Menos mal.

Así que ya la Revolución se había encargado de informar a las mayorías de lo que vendría después de la covid-19: el colapso de las ciudades capitalistas industriales era un hecho que estaba ahí, que mostraba uñas y dientes en todo el mundo, y ese iba a ser el signo de la vida cotidiana postpandemia. Ciudades sin energía o sin la posibilidad de acceder a ella fácilmente o a bajo precio: eso se llamaba colapso.

Con todo, mucha gente prefería creer que esa sensación de encierro, de estrangulamiento, de escasez de dinero y de escasez de perspectivas era algo pasajero. Cierto espíritu rumbero se les metía, desde afuera y desde los adentros, y les decía: “Tranquilo, papi, cuando derrotemos a la covid-19 volveremos a ser como antes”.

Esa gente que nunca entendió que el “como antes” pasaba por ponérsele en cuatro patas a Estados Unidos para que nos hiciera el favor de desbloquear el funcionamiento de las ciudades diseñadas y creadas por ellos mismos, sucumbieron a la depresión, a la no comprensión del momento, a la enorme tristeza que les significó descubrir que el virus EEUU nos iba a estrangular hasta hacer que colapsáramos junto con las ciudades. Pero esos, los vencidos por la tristeza, fueron minoría. Menos mal.

Desde entonces, somos comuneros

Nuestros antepasados también lograron resolver el absurdo del suministro del agua en una ciudad como Caracas, que pasó casi un siglo surtiéndose de una fuente ubicada a 100 km de distancia y a 600 m.s.n.m: por debajo de su nivel. Se desataron los caraqueños a recuperar sus manantiales y cursos naturales olvidados bajo la ciudad y, poco a poco, fue disminuyendo la dependencia de ese charco del estado Aragua que, de paso, empezó también a contaminarse y a bajar su nivel. Menos mal.

Poco a poco, además, fue pasando la fiebre ciudadana de ir a “divertirse” en unos camastrones ineficientes e inútiles llamados “centros comerciales”, que se llevaban por los cachos 60 % de la energía eléctrica de cada ciudad. Menos mal.

Menos mal que, poco a poco, fuimos entendiendo la necesidad, no de destruir físicamente a las ciudades, sino de vivir en ellas generando y empleando la energía de otra forma; menos mal que, poco a poco, se fue paralizando y extinguiendo el sistema Guri, y cada comuna dentro de cada región debió crear sus propias formas de generación y acceso a la electricidad.

Menos mal que prosperaron las comunas como forma de organización de la gente: antes había que perder cuatro horas del día en un maldito sistema de transporte, dizque público, para llegar a los puestos de trabajo; ahora las comunas le dan trabajo y ganas de vivir a sus habitantes, y de la comuna sólo se sale a intercambiar cosas con otras comunas, a divertirse y a conocer gente.

Menos mal que logramos salvar a la Revolución de las amenazas imperiales y de la incomprensión de tantos venezolanos de la época, los confundidos, los que creyeron que volvería el tiempo de la gasolina gratis y la electricidad que llegaba mágicamente y sin esfuerzo.

Uy, menos mal…

ÉPALE 386