TRAS EL DISCURSO POR RODOLFO CASTILLO • @MAGODEMONTREUIL

ÉPALE276-DETRÁS DEL DISCURSODespués de la II Guerra Mundial, durante los albores de la Guerra Fría, dicha conflagración de “baja intensidad” se dio, fundamentalmente, en el terreno de la mente humana: el visceral anticomunismo de Occidente debía tener un sustrato teórico-metodológico. Los pasos iniciales más importantes en la formación de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) no se dieron en el área militar-estratégica sino en la intelectualidad que hacía vida en las universidades norteamericanas. Es así cómo logias secretas del ámbito académico gringo (Skull and Bones) funcionan como caldo de cultivo perfecto para el reclutamiento de los agentes pioneros de la Agencia. Este, grosso modo, es el tema principal del segundo filme como director de Robert de Niro, El buen pastor (The good shepherd, EEUU, 2006).

Estos mercenarios “intelectualoides” tenían que obedecer a un perfil definido, de manera tal que pudiera darse su captación: compartir el furibundo anticomunismo, un enfermizo sentido del patriotismo y profesar una lealtad a la institución por encima de cualquier acontecimiento. Por supuesto que la narrativa fílmica está orientada a idealizar los constructos semánticos que definen por “antonomasia” al servicio de inteligencia: la historia de un ente que, bajo el camuflaje de “guardián de la democracia”, llega a ser un importante factor desequilibrante del poder, que intimida de forma brutal a todo aquello que represente una amenaza para su omnipotencia.

Pero estas características mafiosas con las que nace y opera se ven atenuadas al insistir en el aura humana del agente Edward Wilson (Matt Damon). Parte importante de la narración fílmica se centra en sus problemas emocionales, construye un personaje que se enfrenta al dilema del hombre moderno: su trabajo o su familia, ser fiel a la Agencia y a su país en detrimento de su matrimonio, de su esposa, de su hijo. Así, la conducta mafiosa y mercenaria queda relegada, en segundo plano, y el espectador se vuelca al disfrute del thriller y sus subyugantes códigos porque, después de todo, la acción y el suspenso nunca dejan huérfano a quien regenta la sala. Como cabría suponer, en Occidente, una vez más, la lógica del mercado se impone.

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