Mi primera vez… parto orgásmico

POR NIEDLINGER BRICEÑO • @COLECTIVATEJEDORA  / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

Hace poco nos convocamos para escribir sobre nuestra primera vez. Una invitación abierta que nos permite recordar todas esas primeras veces de nuestras vidas. Por ejemplo: esa primera vez que… nos vino el período, nos dimos un latazo, tuvimos sexo, tuvimos un orgasmo, tuvimos una experiencia lésbica, interrumpimos un embarazo (deseando que sea la última), incluso el parto de ese ser deseado.

Hoy me atrevo a contar acerca de ese último que menciono, mi primer y único parto. Con 40 semanas de embarazo no había síntomas de nada y cuando la ansiedad atacaba fuertemente empezamos a pensar que estaba tan cómoda en mi vientre que ella ni pendiente de salir. Pero ya era el momento, mis piernas no podían más con aquel peso, mi espalda estaba casi jorobada y mis tetas ya necesitaban expulsar leche: iban a estallar.

Ese viernes por la noche me tomé un té de malojillo calentito e hicimos el amor limitadamente, pero con mucha pasión (durante todo el embarazo estuve muy caliente y lujuriosa). Justo esa madrugada empezaron unos malestares en las caderas muy leves. ¿Será o no será?, pues nadie te describe eso que llaman “dolores”, esas contracciones que van abriendo paso a una nueva vida. Si tú, que estás leyendo esto, nunca has parido ni parirás (por ser hombre), o decides no hacerlo jamás (siendo mujer), o crees que vas pa esa en algún momento, te lo describiré: se trata de una lejana presión, tipo corrientazo, que se va alojando en las caderas; luego que está bien situada va bajando hacia las piernas y llega a los pies.

Eso de compararlo con un dolor de vientre es muy poco: un dolor de parto es un dolor de parto y punto; pero a partir de acá dejaré de llamarlo “dolor”. Mi doula (acompañante en la gestación el parto y el puerperio), Tamara Petkoff, hacía referencia más bien a las “expansiones” y, sí, pensándolo bien sientes cómo las caderas se van expandiendo poco a poco. Mi vagina se abre como una flor para verte llegar”.

Las expansiones estuvieron a un mismo ritmo y tiempo (de 8 a 10 minutos) hasta el sábado por la noche, cuando empezaban a ser más intensas y cada 4 minutos. Todo estaba listo para recibirla: entre aromas a coco, velas y compresas de agua caliente fui entrando en un momento muy íntimo y delicioso. El placer me hacía danzar y gemir al mismo tiempo. Esa misma noche fue que conocí las maravillosas historias de parte de la familia de Tamara en la lucha armada. Ella, una mujer encantadora que trasmite paz y serenidad en su mirada, una diosa que entendió lo importante que es recibir a un ser deseado en el mundo, decidió, como otrxs, acompañar y cuidar a las mujeres en ese camino.

Así pasamos la noche: danzando, sintiendo, observando, oliendo, besando… con todos los sentidos activos y preparados para avanzar. Ya era domingo y nos fuimos a la clínica apenas salió el Sol. Allá estaba Beltrán Lares, un doctor de referencia y confianza que dice que no sabe cómo parir (porque nunca lo ha hecho ni lo hará), pero sí sabe ser respetuoso a la hora de recibir a una gestante empoderada y decidida. Todo el día estuve en labores ejercitantes para que llegara el momento, pues ya llevaba varias horas en eso y las expansiones iban para atrás y para adelante.

Viéndome muy agotada me da la opción del Pitocín. ¿Pito qué?, pensé, pues yo estaba negada a usar cualquier acelerador que no expulsara naturalmente mi cuerpo; pero ya no podía más, mi cansancio era evidente y no iba a tener fuerzas ni para pujar. Acepté esa opción y luego de que la aplicaran me metí en el agua. Sí, decidimos un parto en agua porque ella venía de un líquido calentito y salir a este mundo tan bruscamente sería muy violento (eso, olvidando la nalgada con la que lxs reciben normalmente).

Allí empezó el juego. Era un coctel de hormonas descontroladas que venían cada vez más fuertes, en ráfaga. Yo no podía creer lo excitante que podía ser todo lo que ocasionaba la expansión en mi cuerpo. Entre puje y puje los gritos salían sin miedo, pero nada que salía la muchachita, hasta que el padre de la criatura entró a la bañera y me sostuvo en la espalda mientras yo pujaba con más fuerza. Fue allí cuando el doctor me ayudó un poco y, finalmente, aquel cuerpito atravesó mi vagina. La satisfacción fue grande al sentirla salir y… si ustedes no creen en el parto orgásmico, empiecen a creer: fue el momento más íntimo y delicioso que he experimentado hasta ahora.

ÉPALE 345