Mileidy y Trina: la mujer nueva

MILEIDY PANTOJA Y TRINA FLORES, “LA YAYA”, SON DOS VENEZOLANAS ANÓNIMAS, A PESAR DE SER LAS HEROÍNAS QUE TAMBIÉN SON. ESO PROBABLEMENTE PASE PORQUE VENEZUELA ESTÁ POBLADA DE GENTE HEROICA Y TAN DESCONOCIDAS COMO ELLAS. VAYA ESTA VISIBILIZACIÓN QUE LES HAGA JUSTICIA EN TIEMPOS DE PAZ

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

No debería haber ninguna razón o motivo para que Mileidy Pantoja y Trina Flores, La Yaya sean las mujeres anónimas que son, a pesar de ser las heroínas que también son. Probablemente tiene que ver con que Venezuela está poblada de gente tanto o más heroicas que ellas, y no hay espacio en los medios o en nuestra memoria para recordarlas todos los días. Pero, verga, sigue sin gustarme para nada eso de que las hayamos sepultado bajo tantas toneladas de silencio.

Uno de los hitos de su drama comenzó en diciembre de 2010, cuando los jaguares enfurecidos de la lluvia castigaron a Caracas y el Litoral. Como en 1999 y 2005, muchas viviendas se derrumbaron, sectores completos quedaron reducidos a escombros y los barrios pobres de la capital fueron declarados en emergencia. Los damnificados fueron cerca de 130.000, un total de 21.000 familias quedaron sin casa esas Navidades. Chávez emitió una orden: habilitar las sedes de ministerios y organismos públicos como refugios temporales para los afectados. “Les prometo que dentro de un año ustedes tendrán su vivienda propia”, les dijo a los damnificados para que aceptaran ir a refugiarse en aquellas habitaciones de emergencia. Allá se trasladó el drama de nuestros barrios pobres con todos sus matices (violencia, malnutrición, disolución de lazos familiares y otros).

Los refugios se distribuyeron por toda Caracas y durante todo el año 2011 se hizo común la convivencia de los “refugiados” con los empleados de las instituciones. El Estado construyó, en corto tiempo, una infraestructura de dormitorios y sanitarios con su mobiliario básico, mientras proveía diariamente de tres raciones de alimentos a cada damnificado en cada refugio. Los militantes chavistas fuimos convocados a trabajar en esos refugios como voluntarios. Nos pusimos a colaborar en el refugio habilitado en la sede de Venezolana de Televisión (VTV).

Refugiados: seres humanos que habían perdido sus casas y ahora tenían todo un año para convivir en espacios pequeños, muchas veces hacinados, mientras alimentaban la esperanza de recibir sus casas nuevas. Eran 52 familias (más de 150 personas) tratando de rehacer sus vidas en un espacio medianamente habitable: ni muy deplorable ni exactamente óptimo. Pero era la única opción que ofrecía el Gobierno ante la destrucción de miles de casas.

PEQUEÑOS DRAMAS MAYORES

Entre esas personas estaban Mileidy y La Yaya. La primera muchacha de menos de 30 años, madre de tres hijos, militante y guerrera había visto y sentido fracturarse la mitad de su casita en un sector rural cerca de Guatire, adyacente a una quebrada de aguas mansas que, con los aguaceros, se convirtió en torrente destructor. Y La Yaya, pues, una noche se disponía a dormir con sus dos chamos en su rancho de Macayapa (parroquia Sucre) y, de pronto, alguien le cayó a patadas a su puerta para que saliera porque aquello se estaba derrumbando. Cuando amaneció, ya Macayapa parecía un chiste macabro, una joda de la naturaleza: un barrial y un montón de casas bajando por el cerro como en un tobogán. La Yaya padecía unas migrañas insoportables hacía muchos años y, en aquellas circunstancias, se agravaron.

En marzo de 2011, mucho antes del plazo de la promesa del comandante, la Revolución comenzó a asignar apartamentos, en cumplimiento de la palabra que garantizaba construcción y entrega gratuita de viviendas a los damnificados. Pero esas construcciones y entregas eran graduales y parciales, de modo que todavía no había casas para todos los grupos familiares. En el refugio de VTV había 52 familias y funcionarios de la Vicepresidencia anunciaron que ya estaban listas para habitar las primeras 35 viviendas para los ocupantes de ese refugio. Así que los damnificados debían discutir y organizarse entre ellos mismos para decidir, colectivamente, quiénes se iban de inmediato a ocupar sus viviendas y quiénes debían quedarse un tiempo más en el refugio.

DEMOCRACIA PARTICIPATIVA Y PROTAGÓNICA

Los facilitadores o acompañantes acudimos a la asamblea decisiva conscientes de la enorme tensión imperante, pues 17 de aquellas familias debían sacrificar su opción y quedarse esperando. Conversábamos en reuniones cerradas sobre el hecho de que, en situaciones extremas de tragedia o calamidad, suelen aflorar resentimientos y tendencias primarias o, simplemente, de defensa clánica y territorial; y, contra eso, debíamos imponer los principios de paciencia, serenidad y generosidad. En vista de las tensiones y el temperamento alterado de aquellas personas que habían esperado por más de tres meses, aquello podía terminal mal. Había buenas o malas razones para ello.

Comenzó la asamblea el 30 de marzo de 2011; alguien propuso que los derechos de palabra se refirieran estrictamente a los casos más notables de miseria, maternidad múltiple y solitaria y casos de salud precaria. Uno a uno fueron enumerándose los casos y las viviendas fueron asignándose a los más empobrecidos: asignadas las viviendas numeros 35, 34, 33, y así sucesivamente. Los casos más dramáticos fueron cubiertos, pero en la medida en que se terminaban las casas surgían o se recordaban más situaciones lamentables; todos los casos eran dramáticos y urgentes. Entonces, llegó el momento de la asignación de las últimas casas. Había 30 familias celebrando, emocionadas hasta las lágrimas. Y 22 familias con idénticos dolores, derechos y expectativas. Pero solo había cinco casas por asignar.

Cuando quedaban tres viviendas por repartirse ocurrió lo inesperado. Los representantes de las familias que quedaban sin casa intervinieron, uno a uno, para exponer las razones por las que no podían ceder su turno. Trancado el juego, tomaron su derecho de palabra Mileidy y La Yaya, muchachas empobrecidas, enfermas, abandonadas y esclavizadas. Su posición: “Aquí hay familias más jodidas que la mía; yo le cedo mi chance a cualquier familia que necesite con más urgencia su casa”. Aquello fue una explosión de llanto, aplausos y optimismo. El problema, de pronto, fue que nadie quería las últimas casas porque todos se contagiaron del espíritu supremo de solidaridad de esas chamas. Les hice un video en el que cuentan qué cosa las movió a efectuar esa jugada, que las hizo grandes. Está disponible en Youtube: buscar “Asamblea de damnificados VTV (I): Mileidy y La Yaya sacrifican su oportunidad” o vaya directo a la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=3Q1q6MKWTnQ.

La última vez que las vi estaban ya instaladas en sus respectivos apartamentos en La Limonera, Baruta. Pero las fui perdiendo en las telarañas del camino como pierde uno las cosas maravillosas, pero pasajeras.

 

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