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LA PIEZA-HOMENAJE QUE SIMBOLIZA EL ANHELO VENEZOLANO DE ALBERGAR AL GENERALÍSIMO EN EL PANTEÓN NACIONAL INCLUYE UN NICHO O TÚMULO CON LAS PUERTAS ABIERTAS: ES VENEZUELA ESPERANDO QUE EL HOMBRE HUYA (¡TAMBIÉN!) DESDE LA CARRACA PARA VENIR A REPOSAR EN SU CIUDAD NATAL

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Todos los seres con capacidad de locomoción han debido huir alguna vez en su vida. Pegar el carrerón, camuflarse o rendirse ha sido, desde la alborada de los tiempos, un mecanismo biológico bueno para que los individuos y las especies sobrevivan. Contra esos designios genéticos y corporales, nuestra especie debe pagarle la prote a una cosa llamada ética, y a causa de esa alcabala llamada “honor” debió en algún momento convertir en ofensiva la noción de huida, del arte de escabullirse. A ningún león, tiburón blanco, rinoceronte o culebra mortal se le ha llamado nunca bobo, cobarde o maricón por haber tenido que rehuir un combate o reaccionar retrocediendo ante el miedo, ese mecanismo que ha salvado tantas vidas. Ah, pero si uno decide pensar a Miranda en estos términos: “La metáfora global de su vida es la del hombre que tuvo que escapar siempre”, entonces ya uno es sospechoso de dudar de su enorme valor, en al menos dos de sus acepciones: hombre valeroso y hombre crucial para la historia de varios países. Arriesguémonos entonces y metámonos por los bordes de esa tesis desconsiderada.

Francisco de Miranda, y antes que él su padre Sebastián, tuvieron que huir, en primer término, de su origen. Mucha amargura, mucha vejación, y al final mucho dinero, les costó a estos señores hacerse respetar en aquella sociedad de racistas y comemierdas, para quienes tener un ancestro no peninsular ni blanco criollo era motivo de persecución y segregación. El Miranda padre era español, pero ya va: una cosa era haber nacido en la península y otra cosa era ser canario; un canario era casi un africano, y ya más o menos sabemos lo que significaba ser africano para aquella secta de inquisidores y su burocracia.

Oficialmente los Miranda eran “blancos de orilla”, es decir, vegetaban en un limbo entre las castas dominantes y las oprimidas. No eran ni esclavos ni amos; casi siempre eran comerciantes, y eso era suficiente para ser acusado de ser “mulato, mercader, aventurero e indigno”, como reza la causa “judicial” que se abrió contra Sebastián, porque ¿qué se creía este vulgar vendedor como para creer merecer el rango de capitán del Batallón de Milicias de Blancos de Caracas, sin ser mantuano ni peninsular?

Había una forma de sacudirse el estigma de la impureza de la sangre, y era a punta de billetes. Como le iba tan bien en los negocios, el viejo Sebastián pudo “blanquear” su apellido y entonces pudo acceder a privilegios sociales reservados a blancos de verdad. Sus hijos pudieron ir a la universidad; por una módica o escandalosa cifra, el humilde y esforzado comerciante consiguió que su familia fuera considerada, de la boca para afuera y a los efectos de todo acto legal, “ilustre y distinguida”. Tal vez ese mismo impulso proclive a superar obstáculos para meterse coleado donde no era un invitado natural ni bienvenido lo heredó Francisco: allá está su nombre, esculpido para la posteridad, en el Arco del Triunfo, en París, y de paso en calidad de único nacido en América que figura en esa élite de forjadores de la Revolución Francesa.

Volvamos a su padre: tremendo logro, la verdad, eso de conseguir aceptación para su familia. Pero la “raya” de ser hijo de un sospechoso de tener sangre guanche, lo que equivalía a decir que era casi pardo, no se la pudo quitar jamás Francisco. Toda su vida estuvo huyéndole a España, y cuando por fin se alió a la causa de los mantuanos caraqueños y cometió el primer error de esa etapa de su carrera militar (¿cuál error?: capitular para no ser destruido) estos se la cobraron entregándolo a la España medieval. Tanto ser protegido por gobiernos europeos para terminar entregado por sus hermanos venezolanos: bochinche.

DE QUÉ MÁS HUYÓ

El joven Francisco estudió Medicina en la Universidad de Caracas. Él afirmó haber terminado sus estudios en esa especialidad, pero la Historia ha convertido ese dato en controversia y a estas alturas nadie quiere o le importa recordar a un Miranda presuntamente médico. A los 20 años de edad, hastiado por los obstáculos que seguían poniéndole a su familia a pesar de haber comprado privilegios (ilustre y distinguida, recuerden) Francisco de Miranda volvió a huir, esta vez de la sociedad mantuana. Pero en cierta forma huyó hacia adelante: se largó demasiado, pero para servir en el Real Ejército español. Era el año 1771; casi 40 años tuvieron que transcurrir antes de que regresara a Venezuela a servirle a una causa venezolana.

No lo llamemos huida entonces; digamos que su periplo incluyó viajes, batallas y proezas por España, EEUU, Bahamas, Cuba, Jamaica, Inglaterra, Prusia; las actuales Bélgica, Suiza, Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Kiev (actual Ucrania), Holanda, Grecia, Italia, Turquía, Francia, Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Argelia, Marruecos. Es fama que tuvo participación en los grandes movimientos históricos y políticos de su tiempo: la Guerra de Independencia de Estados Unidos, la Revolución Francesa y las guerras de independencia hispanoamericana. ¿En realidad es justo decir que toda esa acción internacionalista tuvo como combustible originario la necesidad de huir? Lo es. Rigurosamente, fue así.

Su Patente de Capitán del Ejército español lo obtuvo como mejor lo sabía hacer: con esfuerzo y talento, y mediante el pago de 85.000 reales de vellón. En dos años ya estaba sumando proezas a su historial: en el sitio de Melilla (diciembre de 1774-marzo de 1775) las fuerzas españolas doblegaron al sultán de Marruecos, y esto le abrió las puertas a otras misiones estelares. Peleó en Argel, y aunque las tropas españolas fueron derrotadas su desempeño personal también pasó a la Historia en clave de hazaña memorable: herido en las piernas y desarmado en combate, logró escapar “milagrosamente”. Vocación: huir.

Increíblemente, a pesar de todos sus méritos y de la leyenda que ya comenzaba a labrarse, un conde apellidado O’Reilly le impone un arresto por una falta en el uso del uniforme, a la par que en la metrópoli comenzaban a mirarlo de cerca y con desconfianza a causa de sus coqueteos con la masonería y por la clase de literatura que le sorprendieron leyendo. Salvado por buenos abogados, fue enviado a combatir en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Allí tuvieron lugar varias acciones entre ellas la de Pensacola, de la que Miranda y “su gente” (ustedes saben, la España monárquica que ya comenzaba a asediarlo) salieron con un triunfo; el venezolano fue ascendido a teniente coronel por su labor en la planificación y estudio del terreno.

FUE A ÉL A QUIEN PRIMERO SE LE OCURRIÓ LA IDEA DE UNA NACIÓN LLAMADA “COLOMBIA”. ESTO FUE EN 1798, CUANDO TODAVÍA SIMÓN BOLÍVAR NO SABÍA NI PARA DÓNDE IBAN SUS SUEÑOS

Fue enviado a Jamaica en labores de espionaje y mediación con el Gobierno inglés, y regresó con buenos informes y resultados. Pero al regresar a Cuba lo esperaban con una especie de acusación de 155 hojas: la Inquisición lo acusaba de varios delitos, entre ellos la tenencia de libros prohibidos y pinturas obscenas.

La orden de enviar a Miranda de regreso a España, en cumplimiento de la sentencia del 5 de febrero de 1782 del Supremo Consejo Inquisitorial, no llegó a cumplirse debido a diversos fallos de fondo y forma en el proceso administrativo que hacían que la orden se cuestionase, y también en parte por el apoyo incondicional del comandante Cajigal. La intención era capturarlo y enviarlo a Madrid para ser juzgado, pero como su superior inmediato era un Juan Manuel Cajigal que lo quería y respetaba se lo llevó para comandar un ataque a las Bahamas. Allí derrota a los ingleses. Triunfo para España, gracias a que Miranda consiguió la cesión de varias islas para su majestad, pero no por ello dejó de ser solicitado y perseguido: ocho años más debió huir Miranda de sus jefes. En 1806 se cansó Francisco (por fin) de trabajarle al enemigo y se vino a Venezuela a bordo del Leander. Y entonces pasó lo que ya nos han contado que pasó.

Fue a él a quien primero se le ocurrió la idea de una nación llamada “Colombia”. Esto fue en 1798, cuando todavía Simón Bolívar no sabía ni para dónde iban sus sueños.

Generalísimo y dictador con plenos poderes, debió capitular y entregar el ensayo llamado Primera República en 1812; sus tropas eran un puñado de hombres que combatían sin saber exactamente qué cosa era una República (es que eran o intentaban ser republicanos), los próceres mantuanos discurseaban sabroso pero el pueblo pobre no les guardaba ninguna simpatía. Los viejos rivales de su padre y de su origen tuvieron ocasión de cobrarle a él la afrenta de haber sido derrotados años atrás, en aquel fastidioso juicio con el viejo comerciante, y he aquí que el sexagenario Miranda ya no pudo huir más: el pardo o guanche fue entregado por los blancos criollos a los blancos peninsulares, y en ese acto clasista de los poderosos contra el impuro y coleado se acabó su fabuloso bochinche personal. Truncado por el bochinche que era Venezuela.

Luego de un ir y venir por cárceles caribeñas terminó en el penal de las Cuatro Torres del Arsenal de La Carraca, en San Fernando de Cádiz. Al poco tiempo de permanecer en ese sitio sin gloria y sin ventanas murió de un derrame cerebral el 14 de julio de 1816.

La pintura de Arturo Michelena lo muestra echado en una cama pobre, preso, pero con una pierna en el piso, como esperando a ver si le tocaba otra vez pegar la carrera. La ventana del mausoleo que lo homenajea en el panteón caraqueño sigue con la ventana abierta, esperándolo.

ÉPALE 271

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