POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE285-SOBERANÍASEn la cúspide de las perversiones, cuando hace cierto rato que se cumplió la lista de las fantasías sexuales sugeridas por las revistas sobre vida femenina, se encuentra la mamá de las parafilias. El delirio último de toda mujer con ganas de exorcizarse hasta el último demonio, la última preocupación, el último dolor de piernas y después fumarse el último cigarro, como dicen los manuales que ha de ser. Es, amigxs míxs, el non plus ultra de los afrodisíacos naturales, y también es lo confieso mi sueño más buscado: ser una misma, amarse una misma, desearse una misma.

Y que funcione. Y gustarle a quien nos gusta de la misma forma que nos gustamos a nosotras mismas, no a ellos. Aunque no pase nada, pase poco o pase todo. Por dentro y por fuera (valga el chinazo), y que funcione bien (ídem). Eso es mejor que amarrarse y darse nalgadas y, más importante aún, es más efectivo para cultivar una sana relación de pareja.

Tirar sin meter la barriga. Coger sin forzar posiciones. Hacer lo que queramos si lo queremos, y si no nos da la gana, no. Montarnos, bajarnos, movernos, si lo sentimos necesario para NUESTRO placer. El otro, la otra, que disfrute de esa fiesta y haga lo propio. O dejarnos querer, así, peso muerto, qué se yo: lo que nos dé la gana. Y darnos derecho al descanso y no hacer nada por nadie; y dormir, dormir, dormir o comer algo que no hayamos tenido que cocinar nosotras.

Porque una siempre piensa hacia afuera, hacia el placer del otro, para que no se vaya. El canon machista de la feminidad occidental nos divide en dos grupos: las guapas, que nos gastamos hasta el último centavo en depilaciones, lencería, pestañas, uñas, masajes anticelulíticos, comida baja en calorías, juguetes sexuales, lubricantes, cuerdas y demás artículos del “buena cama starter kit”; y las feas, las que tenemos las prioridades dislocadas, las feminazis piernas pelúas, las insatisfechas, las descuidadas, las dañadas, las que no nos arreglamos. Todo esto, en función de nuestro esfuerzo por el placer del otro, qué asssco.

Ser nosotras mismas y disfrutarlo. Hacer lo que queramos, aunque lo que queramos no sea nada. Mirarnos al espejo y adorarnos, admirarnos, sentir el impulso de levantar los hombros, echarlos hacia atrás, erguirnos, sonreírnos ampliamente mirándonos las formas, nuestras únicas en el mundo formas. No criticarnos, no decirnos cosas feas, no maldecir el tiempo: adorarnos, endulzarnos la mirada con nosotras. No mirar una ventana hacia el infinito, desgarbadas, con cara de que se nos fue la vida, como lo muestra el dibujito de aquí al lado.

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