POR MARÍA GABRIELA BLANCO • @PILARTOSH / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE275-SOBERANÍASMi experimento más reciente para incomodar al capacitismo heteronormativo llegó cuando decidí cortarme el cabello. La realidad es que estaba aburrida de mi corte mohicano largo y quería un “cambio”. Así le expresé a Paola, quien lo tomó como chalequeo político MUDramático nada risible; bueno sí, un poco, si imagino la voz mandibuleada con la que pude haberme escuchado si hubiera dicho: “¡Marica!, tenemos que poner en marcha la transición hacia la democracia, ¿hasta cuándo la dictadura de mi cabello? Culpa’e Maduro”.

Paola tenía razón, sonaba muy exagerada. Sin embargo, eso quería yo: un corte funky punk bien bajito que me liberara del costumbrismo y me arrastrara a sentirme más una sinsombrero transgresora, a lo Maruja Mallo de su época, “mitad ángel, mitad marisco”. Un estilo con el que pudiera sentirme una rebotada del sistema binario femenino-masculino, régimen demasiado fósil, incluso para nuestra sociedad religiosadicta. Y creo que lo logré. Pensaba que este tanteo en mi imagen sería moderado, sin ningún efecto en el entorno. “Muchas mujeres llevan el cabello corto, María Gabriela, no solo las lesbianas machorras son las propietarias”. Me equivocaba. No es el cabello solamente, es todo el conjunto. Quizás suene ingenua, pero el cabello largo te circunscribe en la norma de los cuerpos capaces, aun cuando tu forma de vestir esté alejada de la femineidad obligatoria. Los hombres heterosexuales se sienten capaces de cuadrarse a una jeva machorra con el cabello largo, solo por la noción de poder “normalizar” ese cuerpo desorientado. Con el cabello corto, se lo piensan.

En las y los chamos es diferente. Por experiencia propia, quienes están entre los tres y cuatro años de edad son más abiertos a comprender lo innecesario de las etiquetas. Una semana después del “cambio” me encontraba en el Metro de Caracas, parada frente a una niña que estaba sentada en las piernas de su mamá. La pequeña jugaba con una libreta de ahorros, en su diversión ella era una especie de maestra que corregía un cuaderno. De repente, me observa y pregunta: “¿Eres un boy o una girl?”. Qué vaina estos preescolares a los que no han terminado de enseñarles a escribir bien en español y ya los quieren convertir en bilingües. A mí me encantó igual, le sonreí y dije: “Una girl”. La niña-maestra divagaba: no, no, no, ¿o sí? Un boy no, ¿una girl? No. Ella sabía la respuesta, pero seguro ya en ese preescolar le están hablando del capacitocentrismo heteronormado. Es cuestión de tiempo.

Opté por ignorarla pero volvió a preguntarme, noté seriedad esta vez: “¿Un niño o una niña?”, le devolví un: “No lo sé, ¿tú qué crees?”. Volvió a titubear: una niña… no, no, un niño… ¿o no? Necesitaba que le respondiera y yo ya debía salir del vagón, su mamá se disculpó diciendo que así es como me veía. “¿Cómo un niño?”, me pregunté. No creo. El género indefinido la confundió. ¿Será que sí necesitaba una respuesta?

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