ÉPALE275-PICHONES

POR RODOLFO CASTILLO • @MAGODEMONTREUIL / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

ÉPALE275-PICHJONES 1La historia de Lilia Azócar de Campos —tía del pelotero Oscar Azócar y prima de Luis Raúl Matos Azócar— es un ejemplo más de lo guerrera e indómita que es la mujer venezolana.

Con cuatro hijos por quienes velar estuvo durante ocho años en condición de madre soltera, situación que le obligó a “inventarse una”. En principio, vendía a sus vecinos pastelitos y dulces como merienda, tocando de puerta en puerta. Hasta que hace 15 años un golpe de suerte tocó a la suya. ÉPALE275-PICHONES 55Mientras la Gobernación realizaba labores de impermeabilización en el conjunto donde habita (Urb. Quebrada Caraballo, calle El Retiro. Parroquia San José. A una cuadra del Hospital Vargas), ella les vendía su arte a los trabajadores. Cuando le llegó la propuesta de uno de los ingenieros: montar un quiosco y tener la posibilidad de vender más. Obviamente, aceptó.

Desde entonces, el Quiosco N° 1 (que todos conocen como el Quiosco de las Empanadas de Lily) ha sido una colmena de actividad comercial: no se conformó con el proyecto inicial
—venta de empanadas— sino que en el espacio se han desarrollado diversas actividades mercantiles, todas ellas relacionadas con la comida… y la bebida (cerveza y cocuy incluidos). Oriunda de Güiria (Sucre), hija y nieta de las panaderas del pueblo e influenciada por la cultura patuá, ha desarrollado un arte en la preparación de sus comidas donde la constante es la ausencia de calibración, los ÉPALE275-PICHONES 2ingredientes son “lanzados” por sus sabias manos al ojímetro, al ojo por ciento. Lo que no quiere decir que el resultado sea cualquier condumio azaroso; por el contrario: la sazón de sus laboriosas manos vale la pena ser probada.

Con la ayuda de sus dos hijas —Lilianny (economista) y Lilibeth (trabajadora social)—, de lunes a lunes procuran que el negocio esté viento en popa. Lilibeth también estudio cocina pero, como ella misma confiesa, se apega rigurosamente a las medidas de las recetas, pues tiene a su cargo la dulcería no tradicional: tortas, trufas, ponquecitos, todos de inenarrable sabor. Por su parte, Lilianny funge como el cerebro organizativo, contable y mercantil. Pero quien lleva la batuta de la sazón es la madre. El fotógrafo y yo coincidimos: no recordábamos la última vez que nos comimos un mondongo tan bueno: exquisito sabor, bien resuelto y de una perfecta viscosidad. Los dulces de la matriarca, también sin calibración, denotan ese regusto atávico, transgeneracional: pan de leche, besitos de coco, arroz con coco, domplinas, torrejas, torta de quesillo, suspiro… y un largo etcétera. Su clientela cautiva es el vecindario, pero seguramente el sabor de sus manos traspasará esos linderos.

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