Morella Jurado: no hay una estética revolucionaria en Venezuela

Artista visual y militante, está convencida de que  el burocratismo ha encadenado el hecho cultural  a los intereses personales dentro de la gestión pública, abortando cualquier esfuerzo por apoyar  a los creadores

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Fotografía Cortesía

Morella Jurado es una artista visual que, de alguna manera, representa a una generación formada en los estertores de la Cuarta República, sumergida de pie y cabeza en el fragor del nuevo período histórico que ha vivido el país durante los últimos veinte años. No solo ocupando los escenarios aislados de la otredad, sino como creadora orgánica, adquiriendo papeles protagónicos en los cambios paradigmáticos del país.

Ha sido artista, pero también funcionaria pública, activista y militante de la causa revolucionaria. En ese tránsito, se ha movido en territorios equidistantes: desde sus estudios en la Escuela Cristóbal Rojas, la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, el Centro de Enseñanza Gráfica (CEGRA), el Instituto Universitario de Estudios Superiores en Artes Plásticas Armando Reverón, la Universidad de San Carles en Valencia, España, hasta estar a cargo de la gerencia del Museo Alejandro Otero y del Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio (IARTES).

Dos veces motor organizativo de la Bienal de Sur, Pueblos en Resistencia, que logró reunir a cientos de artistas de todo el mundo, primero en el Museo de Bella Artes de Caracas y luego en el Museo de Arte Contemporáneo Armando Reverón, además de sus labores particulares como curadora, le han dotado de amplios conocimientos en torno al movimiento plástico del país.

–¿En medio de la revolución nació una vanguardia artística? Es decir, ¿hubo renovación del arte desde planteamientos divergentes, con énfasis en su función social?

–Desde las artes visuales no podría leerlo como vanguardia. No hay un parámetro común o movimiento aglutinante. Hay individualidades muy importantes que quizá con el tiempo podamos estudiar sus similitudes y unirlos en una sola categoría crítica. En cuanto a la última pregunta, la función social del arte siempre está, incluso cuando con alevosía pareciera retiniano y decorativo. Allí también cumple una función social, porque el arte pertenece al territorio de lo político. Y lo político es una función social.

–¿Hay una estética revolucionaria en el país, como la hubo en la revolución rusa, cubana, mexicana, en la Primera República Española?

–No hay una estética revolucionaria en Venezuela. Digamos que las estéticas revolucionarias estaban permeadas de un objetivo de Estado. Este, permitió y coadyuvó a procurar artistas que trabajaban desde los temas y las preocupaciones que cada revolución sostenía. En pocas palabras, cada uno de los países que nombras desarrolló planes y estrategias de mecenazgo, para hacer surgir esos artistas que experimentarían y trabajaban con las preocupaciones estéticas ligadas a cada revolución.

–Tu trabajo, ¿qué rescata del pasado y qué aporta a este momento histórico?

–Mi trabajo, en toda su longitud de 40 años, ha pasado por diversas etapas de relación con la realidad y conmigo misma. Puedo decir que, en este momento, he logrado unificar y comprender que mis preocupaciones individuales, también son preocupaciones colectivas. Allí reside la verdadera obra de arte, en expandir el símbolo desde lo  profundamente personal, para tener resonancia hacia el otro, generacional, y transgeneracional. Por ello, El jardín de las delicias del Bosco, la luz de Macuto de ese Reverón abstracto, o Saturno devorando a sus hijos, de Goya, no pierden vigencia. Le habla a ese espectador del futuro, desde los temas humanos, que son siempre los mismos.

Hija de un militar caraqueño interesado por la poesía y la historia, y de una oriental de Caripito, Morella es la única artista de su núcleo familiar, que impresionó a sus cercanos cuando con 14 años comenzó a pintar desde el fastidio, con suficiente habilidad.

Alumna de José Ignacio Cabrujas, Inocente Palacios y de su admirado Manuel Espinoza, está convencida de que sus maestros impactaron su vida, dejando en sus preocupaciones intelectuales y espirituales un legado decisivo.

–El arte y la cultura, en general en el país, ¿están signados por la burocracia, o realmente hay un sistema orgánico atendiendo los requerimientos de los creadores y exhibiendo sus logros?

–En nuestro país hay una maldición conferida por José Ignacio Cabrujas: la cultura es la guinda de la torta. Nada de eso ha variado. Es más, se ha acrecentado. Hoy todo es yermo.  Producto no solo del bloqueo, que hace que la cultura se vea como algo superfluo ante el avasallamiento de necesidades. Es también porque no ha habido nunca en esta revolución un verdadero plan de apoyo a los creadores. Cada ministro acomoda sus planes según su propia personalidad. Al final, el Ministerio de Cultura debe servir para que los artistas puedan existir. Puedan crear. Puedan vivir medianamente de lo que hacen y siguen haciendo más allá del ministerio. Eso no ha sido posible, porque no ha habido ninguna política exenta del ego personal.

–Y las mujeres y sus luchas históricas, ¿están representadas en esa búsqueda artística y espiritual? ¿De qué forma?

–No existe un arte femenino. Existen artistas. Las luchas femeninas son las luchas de todos los seres humanos. Porque en el capitalismo todos somos víctimas. Y la lucha femenina es sobre todo una lucha de clases.

–Un artista visual, ¿no goza más con la luz del trópico que en cualquier otra parte del mundo?

–Esa pregunta es algo difícil para mí. Yo solo puedo hablar desde mi manera de asistir a la vida. Y la luz del trópico, todo el trópico me bañará el alma inexorablemente. Pero puedo contarte una anécdota. En el año 1992, cuando fui a exponer a Moscú, conocí algunos estudiantes que estaban viendo una materia en el instituto de cine. La materia era storyboard, que consiste en recrear escenas de una película desde la imagen plástica, para luego llevarlas a la pantalla. El ejercicio al cual pude asistir era dibujar escenas de un cuento de García Márquez, Un señor muy viejo con unas alas enormes. Todos los estudiantes hicieron un gran esfuerzo por recrear el color local del realismo mágico, pero todas las escenas estaban impregnadas de la bruma, el frío y el invierno de treinta grados bajo cero, de los moscovitas. Hermosos trabajos.

–En este momento: ¿para qué se hace arte?

–Se hace arte para seguir haciendo lo que nos separa de todos los otros animales. Se hace arte para simbolizar la realidad.

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