Mujer hecha y torcida

                       Por Nebai Zavala Guevara@nebalun • feminismosartes@gmail.com                            Ilustración Solángel Roccocuchi@ocseneba

“Árbol que nace doblao jamás su tronco endereza”.

Solemos disfrazarnos todo el año de roles con varios tonos de colores, aunque se empeñan en escogernos el disfraz en gama de rosas y violetas pasteles para nuestras pieles. Las torcidas decidimos nuestros disfraces, combinamos los tonos, o estallamos el rosa #pink en fucsia, esperanza. Cansadas de las diversiones impuestas, celebramos las propias fiestas del amor, la amistad y la locura, por ello nos cuestionan y etiquetan. Caras lavadas, sin el antifaz de la hipocresía social, nos mostramos como queremos.

“Ese tronco nació doblao”, dicen. Los astros conspiraron para “estar jechas”, como las frutas maduras, con todos sus jugos y “torcidas” como las ramas dobladas de cualquier árbol dicotiledón que busca luz para crecer. Soy y somos muchas mujeres contemporáneas, valientes, transgresoras, quienes retamos las costumbres y tradiciones impuestas.

Por estas latitudes no nos mutilan el clítoris cuando somos niñas, nos encierran en el traje de princesa inútil que espera ser salvada, teniendo un aire angelical de bobas útiles a la espera de alguien que limpie las babas chorreantes de la sonrisa perfecta, imposibilitadas a tragar su propia saliva porque la sonrisa estampada en la máscara facial se torcería en una mueca grotesca, echando a perder el selfie, para los millones de likes.

Como dice el poema de Gabriela Mistral titulado Miedo: “Yo no quiero que a mi niña la vayan a hacer princesa. Con zapatitos de oro, ¿cómo juega en las praderas?”

Las “hechas y torcidas” jugamos, disfrutamos, corremos liberadas, aunque nos digan horrendas, desparpajadas, mal-decidas y empecinadas.

ÉPALE 402