Entrevista para la Revista Epale CCS

UN VETERANO DE MIL BATALLAS QUE NO SE SIENTA CUANDO SE FAJA EN LOS CUEROS Y QUE DURANTE 36 AÑOS HA HECHO ZAPATEAR, CON SU SALERO, A VARIAS GENERACIONES DE BAILADORES EN EL MUNDO

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO ⁄ FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Ayyyy papachongooooo, aúlla la exótica Angie para abrirle paso, en medio de la noche, a un huracán desbocado que se arrima a la multitud con la erótica furia del Caribe. Nadie puede dejar de bailar mientras el percusionista ejecuta la tambora merenguera y las congas a la vez, atento a los compases que va marcando Iliana Capriles, la hija del desaparecido Renato, quien ni se inmuta mientras sus chicos siguen en trance pidiendo: ¡Dame un poco más, dame, dame más!

Que ri-i-co, sabro-o-so, tan du-ul-ce… rico, sigue el coro y el muchacho (bueno, lleva 36 años tocando para Los Melódicos, pero aún es un carajito) parece animarse e improvisa la coreografía mínima de un paso pa’lante y un paso pa’trás, y voltea y le regala una sonrisa a los de los metales que no le devuelven sino una metralleta de saxofón, trombón y trompetas.

Ahora todo el mundo: con las palmas arribaaa, suelta una de las voces masculinas y tácata tácata tan, repican los cueros de Nicanor “Nikol” Madera, quien seguramente ni se acuerda, en pleno trance de la descarga, que se empató en la música como a los 16 años viendo a sus tíos tocar guitarra y a su papá cantar para entretener a la familia. Primero fue sastre, y en esa labor se fue haciendo músico junto a dos de sus cinco hermanos: Enrique Madera, que se inclinó por el vallenato y ahora está residenciado en Colombia, y José Madera, otro reconocido intérprete de la percusión y artista plástico. Nacido en Cartagena, Colombia, su familia migró a Venezuela y los hijos se hicieron adolescentes en San José, donde él fue recogiendo los sonidos del barrio en su contacto juvenil con la calle y la guataca. Formalmente arrancó con los hermanos Rasines que luego pasaron a ser la Juventud Latina. Lo influyeron, por entonces, el Sexteto Juventud, Los Blancos (de Maracaibo), Federico y su Combo, Los Dementes, Casabe, Los Satélites. “En esa época, comezando los años 70, estaba de moda la salsa venezolana.”

En Berkeley le enseñó a un profesor de percusión cómo es que se le pega a los cueros

En Berkeley le enseñó a un profesor de percusión cómo es que se le pega a los cueros

Serááááá que a ti te gusta el merecumbéééé, y le sonríe a Iliana, a quien tiene de frente dirigiendo a ese gentío mientras intenta soltarse el moño, pero se resiste porque debe concentrarse en el manoteo, como los míticos Giovanni Hidalgo o Ray Barreto. Aprendió en la tarima y preguntando durante los ensayos o antes del concierto, entendió de música y hasta lee partituras, pero por pura intuición. Entre el 1975 y 1976 lo llaman para hacer una suplencia en Los Dementes, y accedió: “Siempre digo que sí, a mí me matan en el ring. Luego me llamaron de la organización de Renato Capriles cuando él tenía seis orquestas (los Solistas, La Inmensa, La Grande, La Chica, La Bomba y Los Melódicos), por las que pasé en su totalidad hasta que desemboqué en las grandes ligas”.

Ay ombe, a brincar todo el mundo, suelta como un susurro carnal Angie, y brinca el público y los músicos sobre el bálsamo divertido y esterilizado del formato “banda de música bailable” de Los Melódicos, que tanto éxito le ha merecido en todo el mundo, donde han pasado a ser como de la casa. En los carnavales de Tenerife y Barranquilla, en Estados Unidos, en todo el Caribe, en Venezuela son patrimonio musical. Nikol ha participado de ese éxito, aunque se ha ido y regresado varias veces —en una de ellas para residenciarse en Estados Unidos, donde le enseñó a un profesor de la prestigiosa Universidad de Berkeley cómo es que se toca la tambora dominicana— reconoce que Los Melódicos es su casa, incluso luego de haber acompañado a grandes figuras como Daniel Santos, Blanca Rosa Gil, Rolando Laserie, Orlando Contreras y Noel Petro cuando vino pegado con “La araña”.

Y llegó… tu cocha… pechocha, uy, uy, cantan en retahíla y, de pronto, el hombre de las manos de acero se engancha la tambora en la pechera y percute por igual las congas, operación de su performance que impresionó a los gringos cuando lo vieron ejecutar todo junto, siempre parado, con esa alegría sabrosa que, sin embargo, no pudo contagiar a sus hijos, quienes son de todo menos músicos. Él, mientras, deshoja la margarita de grabar su propio disco, un día de estos, como una cosa personal.

ÉPALE 259

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