POR FREDDY FERNÁNDEZ  • @FILOYBORDE /  ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE298-FILO Y BORDEMe gusta imaginar el momento social, político, geográfico y militar del nacimiento de los mandamientos, ese reducido tesoro de normas de respeto y convivencia orientados a la unidad y la paz interna de la pequeña nación que procuraba un territorio.

Quizá no pudo ser peor el espacio geográfico elegido. Palestina era el punto de confrontación entre migraciones procedentes de África, Asia y Europa; el terreno de choque de todos los imperios, desde antes de Moisés hasta hoy.

Para ese pueblo pequeño, sin experiencia militar, sobrevivir en ese espacio y momento requería presentar un solo bloque sólido frente a cualquier amenaza externa.

Los mandamientos son llamados en hebreo “las diez palabras”, “los diez dichos” o “los diez asuntos”, pero las piedras que los contenían son llamadas “las tablas del pacto”.

La lectura con entrega de la Biblia nos hace sentir que no hay división entre Dios y el pueblo allí elegido. Las tablas son un pacto con Dios, pero Dios es el pueblo. Es un solo Dios, un solo pueblo unido en esas normas.

La versión original del octavo mandamiento prohíbe el falso testimonio contra el prójimo. No incorpora aún a la mentira. Sospecho que no existía como la conocemos hoy. Nace en un período
pre-Goebbels, una época sin Julio Borges, María Corina, Almagro, Ramos Allup, Marco Rubio ni Capriles.

¿Recuerdan cuando George W. Bush dijo que en Irak había armas de destrucción masiva?, su falso testimonio propició la “intervención quirúrgica” contra Sadam Husein, que se tradujo en más de un millón de asesinatos perpetrados contra el pueblo iraquí.

No faltó el alegato del “deber de proteger” pero, poco después, Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, reveló que el motivo fue el control de las reservas petroleras para evitar que la Unión Europea, China o India se acercaran a ese petróleo.

Soy ateo, dudo que exista el infierno. Me conformaría con que hubiésemos aprendido la lección, pero no parece.

Las empresas de noticias, unas comprometidas, otras idiotamente arrastradas a la agresión, son las grandes exponentes del falso testimonio cotidiano. Es así desde el siglo XIX. Hoy, su campaña aspira a la masacre y la dominación de mi pueblo. Se justifican en “ayuda humanitaria” y en “el deber de proteger”.

Quieren ignorar que todos los pueblos tienen la fuerza para quitarse de encima cualquier tiranía. De hecho, crecen en el  aprendizaje de su propia rebelión y nada daña tanto a una nación como una intervención militar extranjera.

Los venezolanos hemos defenestrado a las élites que gobernaron nuestro destino en el siglo XX. Nos costó. Lo hicimos en contra de la voluntad de Estados Unidos, de la alta jerarquía católica y de las élites  de nuestro continente, de allí se deriva todo su falso testimonio orientado a restaurar su viejo dominio.

Los restauradores piden e imponen bloqueos, sabotajes y guerra. Nosotros resistimos con nuestro pacto. Unos incorporan a Dios. Todos nos entendemos en Bolívar y Chávez. Nuestro es el testimonio de la independencia, la democracia y la justicia social.

ÉPALE 298

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