No era Chaplin, eran los tiempos

En febrero de 1936 se estrenó una extraña y conmovedora película, estadounidense hasta las metras y hasta el último tornillo de sus engranajes. Tiempos Modernos es un retrato de la alienación llamada “trabajo”

Por José Roberto Duque@JRobertoDuque / Ilustración Erasmo Sánchez

De las crisis del capitalismo, el episodio más rotundo y conocido es el que estalló en 1929 en Estados Unidos, conocido como la Gran Depresión. Aunque sólo fue la gota que desbordó el vaso, muchos prefieren seguir proclamando que el origen de todo fue el quiebre de la bolsa de Nueva York. A eso se le llama confundir un síntoma con la verdadera enfermedad, que en poco tiempo fue pandemia o epidemia: todo el mundo capitalista fue arrastrado hacia abajo en la caída del gigante, ejemplo y polo principal del desarrollo industrial.

En Estados Unidos aquel “martes negro” (24 de octubre de 1929) ocurrió un fenómeno de larga y compleja exposición, pero que puede resumirse así: millones de estadounidenses habían probado, durante los años 20, las mieles de la especulación financiera cuando invirtieron muchos dólares en la bolsa de valores, en una forma de apuesta que no había manera de que no sonara fácil: invertías 100 dólares en las acciones más populares y prometedoras (de empresas de inmuebles, automotrices, etcétera) y, pocos días después, ya tenías 120, porque casi todas las acciones iban al alza. Facilito y sabroso: compro 20 acciones, espero que suban, las vendo y ya, gané. Si una persona o dos hacen eso no pasa nada, y qué buena suerte tuvieron esos dos. Pero si millones de individuos andan en lo mismo y comienzan a comprar, y a comprar, y a comprar, y los precios de las acciones no paran de subir, llega un momento en que la perra realidad te da en la cara: epa, la cantidad de dólares no es infinita; hay un momento en que esos precios van a estallar y a desplomarse, como una burbuja, y burbuja se les llama a esos sistemas basados en la especulación, en la fantasía del mercado.

Imagina que tú te embulles comprando dólares a cualquier precio porque “alguien” te convence de que el dólar seguirá subiendo para siempre. Y, de pronto, el dólar se lanza en picada desde 80.000 soberanos hasta 3.000. Y tú, pendejo, que compraste dólares a 20.000 y después a 30.000, a 45.000 y a 70.000, creyendo que un día iba a llegar a 10 millones y que ibas a poder comprarte la casa en España y el yate, de repente te encuentras con un motón de billetes que ni siquiera sirven para limpiarte porque son como rasposos. Eso le sucedió a millones de gringos en el año 1929. Y la bonita película de fantasía se convirtió en una película de terror.

Tiempos modernos

Cuando la burbuja gringa estalló los precios de las acciones se derrumbaban en cuestión de horas, la gente empezó a intentar vender acciones a toda carrera pero, repentinamente, no había quien las comprara: todo el mundo quería, por el contrario, vender las suyas. Familias que lo invirtieron todo incluso se endeudaron para seguir comprando y comprando y comprando lo que sea, con la esperanza de ganar plata fácil y automáticamente, se vieron arruinadas y con una cola de cobradores sacándolas de sus casas, quitándoles el carro y otras propiedades. Las ciudades más prósperas (esa idea de prosperidad que tan bien se aprecia cuando las ciudades industriales parece que funcionan) empezaron a quebrar una tras otra, las empresas y la maquinaria industrial a detenerse y a cerrar; millones de obreros y empleados despedidos, hordas de delincuentes conformándose en pandillas depredadoras; otra buena cantidad de personas “de clase media”, obreros especializados, oficinistas y funcionarios de todo cuño quedaron en la calle, y en la calle se les veía deambulando sin nada que hacer, sin un CLAP salvador, sin nadie que le tendiera una mano a nadie. Los más desesperados o decididos se suicidaron de varias formas, a un ritmo desolador y de espanto.

Y ya, paremos esto, pobrecitos los gringos, no nos regodeemos en su desgracia. Hablemos mejor de cine: el personaje que Charles Chaplin había moldeado durante años, desde mucho antes de la Gran Depresión, era uno de esos obreros devastados. Ya Charlot era un personaje popular gracias a la magia del cine mudo; cuando los trabajadores de las grandes ciudades del mundo quedaron reducidos a desempleados, después de haber sido esclavos, Charlot ya no fue un personaje, sino una profecía masivamente cumplida: millones de Charlot se entregaron a la mendicidad, a la humillación sin esperanza, al deambular medio cómico y medio trágico. La conocida pesadilla anticomunista: el sifrinaje de Caurimare espantado de que el castrochavismo lo expulse de sus quintas y apartamentos, o sea. Eso le ocurrió al Charlot de la vida real y al de la película. De paso, era un Charlot mudo, como en el cine; en la tiranía del capital los únicos que parecen tener voz, análisis y respuestas son los banqueros, los “expertos” y los políticos.

Llega 1936 y Charlot habla por primera vez. En la realidad, Franklin Delano Roosevelt había logrado reactivar la economía mediante unas cuantas medidas, donde se incluía la restitución del antiguo estatus de los ciudadanos quebrados y humillados: prometió sacarlos de la condición de desempleados y volvió a convertirlos en esclavos. Los empleó en oficios inútiles y en otros inútiles pero espectaculares; en 1931 se inauguró el Empire State Building, que fue el edificio más grande del mundo durante buena parte del siglo XX, y a lo largo de esa década las grandes ciudades gringas se poblaron de otros gigantes de hormigón semejantes.

En Tiempos modernos Charlot es uno de esos empleados de piezas producidas en serie; el personaje es un “aprieta tuercas” que debe trabajar a un ritmo enloquecedor. Charlot es el símbolo del sujeto empobrecido que recibe una paga por apretarle las tuercas al capitalismo, mientras el capitalismo le afloja todos los tornillos a él: Charlot termina tragado por la maquinaria industrial y, al salir de sus engranajes, ya tiene la mente devastada y el cuerpo destruido y choreto. Exprimido y despojado de su dignidad, del producto de su trabajo (plusvalía) y de su condición humana pronto será desechado y escupido para ser sustituido por otro u otros.

Dato real: en el plan de Roosevelt (el New Deal) una de las formas de estimular la agroindustria fue premiar con créditos y recompensas a los agricultores que se comprometieron a producir pocos alimentos. Llenar de alimentos las calles no era conveniente porque tantos indigentes, ahora con plata, podrían comprarlos y agotarlos, lo cual haría bajar los precios: la idea era poner en el mercado pocos productos para que solo los adquirieran unos pocos y, con ello, subir los precios y poner ganar a los industriales.

Dato dos, también real: cuando estalló la II Guerra Mundial Estados Unidos vio el momento de cobrar, ahora sí, y de acelerar la producción de objetos industriales, empezando por la industria bélica. Como los países europeos estaban volviéndose chicha entre ellos y tenían la producción de todo reducida a casi cero, los vivitos estadounidenses empezaron a producir en masa para venderles ese “de todo” a sus “aliados”, incluyendo las armas y los proyectiles para continuar la matanza. Charlot dejó de deambular sin destino y comenzó su reconversión en pieza de un engranaje, de una máquina, de un sistema coñoemadre que siempre parece que estalla, pero que todavía no colapsa ni se detiene… por ahora.

ÉPALE 358