POR TATUN GOIS •LASHADAS1974@GMAIL.COM / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE250-SOBERANÍASDesde que tengo memoria y conciencia para ello me ha gustado hablar de sexo, sobre todo con mis parejas. Quizá, porque la genitalidad abre puertas y dimensiones en la intimidad que no podrían alcanzarse en la ausencia de ella con nadie, y no porque no se pueda hablar abiertamente con un amigo o amiga de sexo, porque claro que se puede.

No es eso lo que digo. Simplemente quiero dejar en claro que una amiga (en el caso de las mujeres) o un amigo (si el narrador es hombre) pueden, quizá, comprender lo que siente una pero no pueden decirnos si al momento de amar estamos tocando y besando bien, a menos que se acueste con nosotros, y ese es otro tema. En cambio, nuestra pareja sí, nuestra pareja puede corregirnos movimientos, indicarnos pausas, llevarnos a hacer tremenduras, maldades y demás cositas que en la consecución de su placer nos pueden dar placer también.

Hace tiempo tuve una pareja que me resultaba impenetrable a la hora de hablar de sexo. Me escuchaba atentamente y atendía todas mis peticiones, sí, pero no soltaba prenda sobre si mi desempeño era tan bueno para ella como lo era el suyo para mí. Solo me decía que le encantaba y ya, y cuando me ponía muy preguntona me calmaba la crisis de inseguridad con una respuesta que me sonó siempre a comercial de TV. Me decía: “¿Mami, tú no ves cómo me pones…?”. Díganme ustedes ¿qué clase de ego se resiste a eso? Porque el mío no. El mío caía redondito, con todo y el sonido a cuña novelera.

El caso es que esta persona aprendió a conocerme tanto que llegó al punto de que, en ese ámbito en particular, se me hizo no solo inolvidable sino el referente casi obligado de todas las parejas que le siguieron después. Fue una de esas personas con quienes la frase “nadie como tú…” es una realidad absoluta y sin ninguna retórica. Y creo que la razón fundamental de que se volviese tan insuperable en la cama para mí fue precisamente eso: me escuchaba decir, me complacía. Permitía que mis palabras la fuesen moldeando para mí.

Hay que saber hablar y saber escuchar para que de verdad exista la buena comunicación y entiendo, además, que para que esta fluya de verdad debe ir y venir. Hay que atreverse a pedir y atreverse, también, a dar. Quedarte callado puede convertirte en un buen amante, okey; pero así el placer para ti podría quedarse a medias, podría incluso ni siquiera existir y me parece que eso es triste. Sobre todo porque, definitivamente, todos tenemos el mismo derecho a experimentar esa deliciosa explosión de adrenalina que nos produce el sentir que le estamos dando pasión “con todas las salsas” a esa persona que nos parte el hoyo… y ver en su cara que está gustándole, que está disfrutándolo. ¡Chaaacho! ¡Pa volvese loco compái!

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