POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE294-FILO Y BORDESeguramente no habrá otro mandamiento tan irrespetado como el séptimo. El “No robarás”.

Como sabemos, los diez preceptos de Moisés fueron dictados en condiciones de severa precariedad, como puede esperarse de la situación que vivía el pueblo bíblico de Israel, recién liberado de la esclavitud en Egipto y en pleno tránsito por un territorio disputado por pueblos más grandes, mejor armados y con más experiencia militar.

La rapiña y el saqueo practicado por los vencedores sobre los vencidos (vieja costumbre que sigue siendo practicada por los más modernos ejércitos, como lo probó el de Estados Unidos en Iraq) era ya suficiente amenaza como para permitirse disputas internas por temas de propiedad sobre ganados u otras posesiones. Sacralizar la prohibición de apropiarse de lo ajeno podía garantizar mejores condiciones de convivencia y paz interna.

La prohibición de robar debería abarcar un amplio terreno ético que genere una conducta distinta en sectores muy poderosos, que parecieran creer que este mandato es para pobres.

Para verificar la existencia de este problema podemos revisar la economía mundial. Todo el engranaje económico y financiero del planeta tiene un diseño orientado a que los países más ricos todos cristianos se apropien de las riquezas y del trabajo de los países más pobres. La riqueza viaja desde el Sur hacia el Norte, mientras que la miseria tiene la ruta contraria. El esquema lo repiten las élites de los países pobres, y no solo porque se apropian de todo por distintas vías, incluyendo la corrupción, sino porque, además, mantienen una relación de dependencia cultural y política con los poderosos del Norte. Lo que roban lo invierten en Estados Unidos y Europa. Un ejemplo muy claro es el hecho de que, en el último año, venezolanos han comprado más de 7.000 apartamentos en Salamanca, la zona residencial más cara de Madrid. Claro que no se trata de un fenómeno que solo ocurre en Venezuela. Estarán informados de las investigaciones sobre corrupción que fueron frenadas en España, porque todo indicaba que involucraban al propio rey Juan Carlos.

Aún así, enterados de cómo opera el mundo, casi todos tenemos una óptica clasista en este tema. Pensamos que el robo es asunto de pobres, hasta el punto de normalizar la expresión “pobre pero honrado”, como sí ambos adjetivos fuesen excluyentes.

En cambio, solo en momentos de elevada indignación llamamos “ladrón” a quien percibimos como corrupto o estafador.

Sé que el respeto por el séptimo mandamiento hoy en Venezuela, en plena Revolución Bolivariana, marcaría una gran diferencia en nuestra vida. Imaginen el país sin corrupción, sin evasión de impuestos, sin mercado negro, sin especulación, sin matracas, sin robos, hurtos ni atracos.

No soy tan ingenuo como para creer que estas condiciones se logren solo por respeto a Dios. Siendo ateo, como lo soy, todavía menos lo creo. Sin embargo, tomo una expresión de Roberto Malaver para decir que “basta con ser gente”. Eso creo, por eso lucho y eso espero.

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