ÉPALE268-LIBREMENTE

POR MIGUEL POSANI • @MPOSANI / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Es inevitable que en la situación actual, llena de incertidumbres de varios tipos, además de retroalimentarnos de miedo estemos produciendo momentos de rabia e ira que dirigimos hacia desconocidos o amigos, o que generalmente revientan en nuestro hogar.

Son siempre situaciones desagradables. La ira y la rabia son venenos, sentimientos venenosos que en una fase de la evolución del ser humano, cuando debía enfrentarse al peligro o a lo desconocido, funcionaban muy bien a la hora de defender la integridad física de uno o de los demás integrantes del núcleo familiar.

Pero fuera de ahí, pierden su sentido originario y se transforman en respuestas defensivas generalmente sobredimensionadas que se suceden en cualquier momento de la cotidianidad y que surgen cuando sentimos que nos están agrediendo de alguna forma, no respetando nuestros derechos, nuestro turno, nuestra edad, nuestra situación de necesidad, etc.

Cuando nos roban, cuando algo que creíamos nuestro o estable se muestra contrario a nuestra expectativa comienzan a apoderarse de nosotros la rabia y la ira.

Y las dirigimos fuera de nosotros o hacia nosotros mismos, cuando hacemos algo mal, cuando nos desilusionamos, cuando nos sentimos atrapados. Tengamos en cuenta que cuando una persona habla llena de ira es porque está sufriendo mucho.

La ira enceguece, y hay que mediar con ella para que no nos siga perjudicando tanto externamente como internamente, porque cada ataque de ira es un cúmulo de sustancias que el organismo genera para que nosotros actuemos en consecuencia y si eso se repite dos y tres veces o más al día entonces estamos sometiendo al organismo y nuestros órganos a mucho estrés, a sobrecargas emocionales y químicas que son dañinas por lo consecutivo.

Y este sufrimiento genera amargura.

Por eso cuando estés así no tomes decisiones ni abras la boca.

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