Madre e hija (1)

POR NIEDLINGER BRICEÑO PERDOMO • @FCIZQUIERDA / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

“Eso es dar de mamar. Dejar aflorar nuestros rincones ancestralmente olvidados o negados, nuestros instintos animales que surgen sin imaginar que anidaban en nuestro interior. Y dejarse llevar por la sorpresa de vernos lamer a nuestros bebés, de oler la frescura de su sangre, de chorrear entre un cuerpo y otro, de convertirse en cuerpo y fluidos danzantes”.

Luego de esta magnífica definición de Laura Gutman, en su texto La maternidad y el encuentro con la propia sombra, quiero contarles mi proceso de destete: la presión social nos lleva a despegar prematuramente a lxs niñxs de nuestro lecho pero, en este caso, lo que hoy me lleva a pensar en el destete es el agotamiento físico que genera esta práctica amorosa durante más de tres años. Sin nada de culpa, manifiesto que ha dejado de ser placentero. Cuando pido recomendaciones para destetar a mi pequeña de 4 años, me salen con ese truco de echar algo desagradable en los pezones para que la niñx crea que las tetas se enfermaron, algo así como pintura de uñas, sábila y hasta ají picante. Esas prácticas siempre me han parecido poco respetuosas y, para una niña grande, poco creíbles y engañosas. Ojo: no juzgo a las madres que las usan, solo que no me empato en esa.

Disminuir las tomas no ha sido fácil porque entiende poco las limitaciones, le cuento que estoy cansada y que necesito autonomía en todo mi cuerpo, me afirma con su cabeza pero, ¿cómo entender que fue a demanda desde que nació y ahora tiene límites? Mi sueño es que la deje porque entiende que mamá necesita espacio y puede decidir en su cuerpo, pues esa teta que pudo contener, calmar, relajar, apoyar, cobijar y transmitir seguridad, necesita ahora sentirse libre, necesita sentirse únicamente de la mujer a quien pertenece desde hace 28 años. Extrañaré sentir ese cuerpo sobre el mío mamando de mis fluidos, extrañaré calmarla en cualquier situación porque la teta es el espacio donde se siente segura, extrañaré que me pida la otra porque una está vacía y, sobre todo, extrañaré las caricias que le hacía a una mientras mamaba de la otra (radio-teta), cosa que me confundió al inicio de su práctica porque sentí placer al tener a mi hija en ese momento íntimo que es amamantar.

Dar teta no puede ser un sacrificio para ninguna madre. Somos mamíferxs y eso nos hace poderosas. Solo hay que buscar dentro de nosotras mismas esa necesidad de expresar el ser, el sentir.

Nos llaman las “malas madres” cuando decidimos ir contra la corriente, cuando queremos cambiar los patrones de crianza impuestos, cuando mandamos todo al carajo para adentrarnos en nuestros instintos. Ser seres sin ataduras nos permite ofrecer la máxima expresión de soberanía alimentaria: la lactancia materna.

ÉPALE 307 

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