POR HUMBERTO MÁRQUEZ / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE 228 BOLEROS

Por el camino que vamos, debería titular tangos que curan el alma, aunque ciertamente aticen la enfermedad del amor. Y es que este tango, escrito en 1936 en Buenos Aires por el poeta Enrique Cadícamo, pareciera ser más bien un apunte biográfico de su compositor Juan Carlos Cobián, quien sí supo de eso, de emborrachar su corazón, para después poder brindar por los fracasos del amor… y de los éxitos también; porque su labia, el esmoquin sostenido y ser un verdugo del piano —el Chopin del tango le decían— le hicieron un exitoso levantador de mujeres ricas de su propio vergel; porque tocaba el piano en las clases de tango de Juan Carlos Herrera, un gran bailarín cuya clientela eran señoras de altos recursos.

Sin ánimos de irme del tango, no puedo dejar de mencionar que nuestro héroe “singón” arrancó tocando en cervecerías y cines, musicalizando películas mudas. Después de varios tríos armó un sexteto que disolvió, vendió su piano y compró un pasaje de ida a Nueva York, detrás de una cupletista española que le llevaba 15 años. En medio de ires y venires con la cupletista volvió a Buenos Aires, y al tiempo regresó con Cadícamo a Nueva York, en 1937. Cuentan los cronistas que se casó en Montevideo con una mujer rica, pero al fracasar el matrimonio y divorciarse la mujer le depositó 50.000 dólares. Por andar de pinga loca se empató con la dueña del edificio donde vivía, en eso conoce a Kay O’Neill y el 1° de febrero de 1938, tres meses después de su llegada a Nueva York, se casó con ella provocando la ira de la dueña, quien —obvio microbio— los corrió del apartamento.

Una de las versiones más famosas del tango “Nostalgias” es la de Gardel, grabada a fines de la década del 30. La primera fue de Rodríguez Lesende en un café de Buenos Aires, a fines de 1936; luego Julio Sosa, Astor Piazzolla, Anibal Troilo. Charlo la escuchó, pidió la partitura y la cantó por Radio Belgrano.

“Nostalgias” es la versión tanguera de los cantares al amor perdido. Bandoneón desgarrado, alcohol y tristeza triangulan el dolor de querer olvidar y no poder: Si su amor fue flor de un día ¿por qué causa es siempre mía esa cruel preocupación? Quiero por los dos mi copa alzar, para olvidar mi obstinación, y más la vuelvo a recordar.

 

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