Nuestro sino

LA VOCACIÓN PACÍFICA DEL VENEZOLANO HA SIDO DRAMÁTICAMENTE EXIGIDA EN LOS ÚLTIMOS 20 AÑOS. SIN ELLA, DIFÍCILMENTE NOS HABRÍAMOS SALVADO DE UNA EXPLOSIÓN SOCIAL DE CONSECUENCIAS PROFUNDAS. LOS EXPERTOS EXPLICAN QUE FORMA PARTE DE NUESTRA IDIOSINCRASIA, ASÍ COMO TAMBIÉN NUESTRA REBELDÍA Y SED DE JUSTICIA

POR MARLON ZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA, JESÚS CASTILLO Y ARCHIVO

“… hospitalario, generoso, humano, moderado, paciente, amigo de la paz y lleno de virtudes…”, nos describía José Ignacio Pombo en su informe del Real Consulado de Cartagena de Indias a la Suprema Junta Provincial en 1810. Era una carta grandilocuente que, al igual que muchas que se conservan de antes de la Guerra de Independencia, hacía referencia a la idiosincrasia de los hombres y mujeres de estas tierras, con evidente admiración. La paz se menciona, en muchos casos, como un vértice fundamental de nuestra actitud ciudadana.

Ciertamente, eran los días fundacionales de una lejana noción de venezolanidad que 200 años después conserva, increíblemente, el sino de la fraternidad pese a los muchos factores que han querido sembrar minas en el empedrado camino de la convivencia, en un país que también destaca por la fiereza y rebeldía de sus gentes, “ese profundo espíritu liberal” que nos atribuía Zúñiga Cisneros, deslumbrado frente a nuestro empeño heroico en las luchas independentistas de media América Latina.

Asombra, sobre todo hoy, que Venezuela no haya entrado en una vorágine de ofensiva formal, aunque existen síntomas de un estado de preguerra desde distintas vertientes y de conformidad con el concepto de “guerra asimétrica” con que se explican las confrontaciones del siglo XXI. Intentos de encender la llama abrasiva de la conflagración ha habido de sobra en los últimos 20 años, pero ninguno ha alcanzado el fulgor definitivo que nos sumerja en un inimaginable punto de no retorno.

El paro petrolero 2002-2003 fue el primer ensayo de guerra económica en el contexto de guerra no convencional. Salimos airosos

El golpe a Chávez de 2002, el paro petrolero, las guarimbas, la “salida”, el decreto de Obama, el ataque a nuestra moneda, la “ofensiva final”, el atentado explosivo al presidente Maduro durante un acto oficial y las amenazas públicas y notorias de la administración Trump y el Grupo de Lima, en connivencia con la oposición radical del país en gira por el mundo y en pleno desarrollo, han intentado abrir, sin lograrlo, el boquete de la locura belicista en un país que enterró las lanzas en los años 60, cuando la guerra de guerrillas quiso revivir la épica libertaria. Por menos de eso, la vecina Colombia se sumió en una guerra interna de más de seis décadas y miles de muertos, la ex-Yugoslavia se desintegró como nación unitaria luego de una violencia salvaje que se saldó con pasmosos crímenes de lesa humanidad y el Medio Oriente se desangra, día a día, bajo el asedio higienizado de las potencias occidentales y su maquinaria de muerte.

ASOMBRA, SOBRE TODO HOY, QUE VENEZUELA NO HAYA ENTRADO EN UNA VORÁGINE DE OFENSIVA FORMAL

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Un analista y asesor político brasileño, Amauri Chamorro, intentaba en cierta ocasión traducirlo, a ver si alguien en la esfera internacional lograba entenderlo desde la comprensión convencional: “No se puede ignorar que el chavismo tiene experiencia acumulada tras sobrevivir al golpe de 2002, la huelga petrolera y guarimbas muy violentas”.

Lo que quizás no sepa Chamorro, y nadie que no esté empapado del alma convulsa de la venezolanidad, es que la gente aquí se ríe de su tragedia cada día, a punta de memes vertiginosos y chistes autoinfligidos, con la misma agudeza con que extrae fórmulas mágicas de la imaginación para procurarse el pan en un país maniatado por un novedosísimo estado de excepción donde, al parecer, todo está permitido, incluso la guerra silenciosa.

Con la violencia volvemos a la sinrazón, advierte la historia

¿CÓMO NOS VEN?, ¿CÓMO NOS VEMOS?

En su admirable trabajo de investigación, Ideología, alienación e identidad nacional, Maritza Montero hace un acopio de un siglo de impresiones propias y externas sobre las características del ser venezolano. En un apartado de conclusiones, se pasea por los principales rasgos positivos y destaca la opinión de Núñez de Cáceres, quien en 1823 señalaba que los venezolanos no eran rencorosos, perdonaban siempre y se mostraban magnánimos hacia sus enemigos. Consideración que afianzaba el propio Zúñiga Cisneros al advertir que la sociedad venezolana tiende hacia la democracia y la igualdad, y nuestros conflictos bélicos (Guerra de Independencia, montoneras, Guerra Federal) han sido planteados bajo ese signo. ¿Acaso destino? o ¿código impostergable de nuestro temperamento pacifista?

“HAY QUIENES SE ATREVEN A DECIR QUE TIENE QUE VER CON EL FENÓMENO DEL 27 DE FEBRERO DE 1989”.

(ALEXANDER TORRES IRIARTE)

Alexander Torres Iriarte, presidente del Centro Nacional de Historia, cree que aún faltan estudios históricos, sociológicos, antropológicos y hasta psicológicos para comprender cómo en este estado de desmoralización general, de desinstitucionalización del Estado y, sobre todo, de asedio económico criminal la gente se mantiene incólume y fiel a la paz. “Hay quienes se atreven a decir que tiene que ver con el fenómeno del 27 de febrero de 1989 que, hace 30 años, demostró que la solución en Venezuela no era por la vía violenta. No obstante, me atrevo a generar una hipótesis mayor: pienso que hay una madurez política del pueblo venezolano, proceso que experimentamos desde hace 20 años con la Revolución Bolivariana y que ha llevado a la gente a tener una postura más firme y cercana, desde el punto de vista político y social, a la Venezuela profunda”.

La manipulación del cambio bolívar-dólar ha sido una poderosa arma en contra

Para Iriarte hay un nivel de criterio e intuición del pueblo venezolano, que reconoce que los responsables de la crisis que estamos viviendo son agentes foráneos junto a factores endógenos que no aceptan diálogo ni negociación ni profundización de la democracia. Al parecer, también hemos comprendido que “con la violencia perdemos todos, volvemos a la sinrazón, a la prehistoria, a la ley del más fuerte, y no a la posibilidad de respetarnos en la diferencia”.

“Como que sí”, podría agregar cualquiera. No parece lógico que en medio de tanta conmoción pública, mediada y alimentada por odios artificiosos construidos por la habilidad de ciertos artesanos del mal, la violencia descarnada no se haya apoderado de las calles. Por eso, aún escuchamos desde el Gobierno llamados al reencuentro, atendidos por algunos voceros (los menos virulentos) de la oposición. Por eso, aunque al fotógrafo Ronaldo Schemidt lo alzaran sobre un podio para elogiarlo, al adjudicarle el prestigioso premio internacional World Press Photo 2018 por su aterradora gráfica de un opositor en llamas durante las guarimbas de 2017, el venezolano de a pie destierra de su imaginario semejante extravío y se alía en la chamba y en el bonche, en la construcción solidaria del acontecer diario que, últimamente, está plagado de homéricos hitos de aguante.

No todos desean la paz, obviamente. Muchos apuestan a la guerra como una salida forzosa y definitiva del enemigo histórico, que no es otro que el comunismo comeniños, el socialismo ponzoñoso del siglo XXI, el chavismo, el presidente Maduro. Esta postura viene alimentada de ingentes esfuerzos por narrar nuestro acontecer cotidiano desde la derrota, administrando la desazón con un discurso apocalíptico que encuentra fácil penetración en el territorio de lo simbólico. Por eso, los esfuerzos optimistas y milagrosos son invisibilizados en los medios masivos de comunicación y en las redes sociales, mientras se imponen las postales del desastre, no como una circunstancia azarosa, sino como la razón de ser.

Somos pacíficos, pero también rebeldes y amantes rabiosos de la libertad

ALERTA CON LA CHISPA

Juan Carlos Ugueto, psicólogo con maestría en Relaciones Internacionales, advierte que incluso la gente se está dando cuenta de que las redes del Gobierno se siguen articulando, nucleadas alrededor de los consejos comunales, y las ayudas sociales siguen creciendo, a pesar de que son pequeñas y no alcanzan frente a la terrible escalada de la inflación y la devaluación. Considera evidente que el discurso de la oposición se ha venido deslegitimando por las últimas acciones del dirigente del ala extrema, Juan Guaidó, lo que ha desarticulado las intenciones de acción de fuerza que tiene calada en pequeños grupos exaltados.

Psicólogo de la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad (UNES), nos hace una revelación en el ámbito de lo concreto: “La policía y el Gobierno se dieron cuenta de que debía hacerse un trabajo de inteligencia. De hecho, la UNES dedicó toda una promoción a formar policías para trabajar de encubierto, que se han infiltrado en muchos grupos y células organizadas desde la derecha, con un impacto efectivo sobre posibles operaciones violentas”.

Otro elemento que asoma Ugueto en el gran tablero del terror es el descalabro de los esfuerzos desde el Grupo de Lima y el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), hasta los problemas internos de los gobiernos de EEUU y Argentina, pasando por los desaciertos de nuestros vecinos Colombia y Brasil, cuyas operaciones contra nuestro país (especialmente las mediáticas) se han derrumbado por su propio peso.

La tranquilidad y alegría cotidianas son las principales armas del ciudadano de a pie

Es así como la paz se ha mantenido a pulso, pero no sin efectos dolorosos. La situación actual, hija de las presiones internacionales, bloque financiero, boicot, saboteo interno, corrupción gubernamental, desaciertos y crispación política permanente, ha llegado a un extremo límite que parece insuperable.

Es lo que el psicólogo clínico y psicoterapeuta Miguel Posani denomina “paz triste”, en contraste con la otra paz, la contenta. “¿Por qué la gente no ha saltado? Bueno, son 20 años de escuálidos diciendo que esto es una dictadura y la gente se lo está creyendo, y hay miedo. Miedo a los malandros, al FAES, a los colectivos, y todas estas historias. Tal vez no se ha desarrollado nada porque no se ha iniciado la chispa precisa. ¿Cuál? No sé. Generalmente, después de que se enciende es que nos damos cuenta de cuál era. ¿Qué paz va a haber cuando no hay paz interior tampoco? La gente anda constantemente estresada, angustiada, somatizando los problemas. Tú puedes ponerme música clásica, pero eso no significa paz. Lo que hay es una inmensa angustia, a mi parecer”.

“… el clamor de Venezuela es libertad y paz: nuestras armas conquistarán la Paz, y vuestra sabiduría nos dará la Libertad”, proclamaba en 1818 el Libertador Simón Bolívar, cuando ya la Guerra de Independencia había devastado a casi la totalidad del país.

Los síntomas de una guerra velada están en la calle, alegóricamente, a partir de la ofensiva del sobreprecio, la escasez y la crisis de los servicios públicos, además de las amenazas abiertas desde potencias extranjeras y naciones vecinas. Pero, en contrapartida, parecen vislumbrarse también los indicios de una resistencia heroica, movida por las pasiones básicas del ser venezolano que, desde tiempos inmemoriales, como destaca en su tratado Maritza Montero, expresa al menos tres rasgos positivos persistentes: el igualitarismo, el coraje y la generosidad.

Sin duda, esa tríada se exhibe descarnadamente en la vía donde a veces, para algunos, resulta casi ofensivo el trapicheo de felicidad chancera en las esquinas licenciosas, donde se articulan la joda, el bochinche y la paz en medio del caos generalizado. Por algo Venezuela se erigió, por muchos años, como uno de los países más felices del mundo, medido meticulosamente.

Parece que a veces nos cuesta entender, por un asunto de autoimagen y estereotipos, que por esa razón, quizás, no hemos traspasado definitivamente la frágil barrera que separa a la paz del fanatismo fratricida.

Los jóvenes optan por la cultura y la música en lugar de las armas y la violencia

ÉPALE 344

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